La loba de Auran (Corazones y reinos nº 1) Capítulo 3
13%

Capítulo 3

La lealtad de los corazones

La lluvia golpeaba las ventanas con la persistencia de un juicio.

Liathen estaba junto a la ventana, contemplando la oscuridad. Siempre había amado las tormentas. De niña, se escapaba de casa para cabalgar bajo la lluvia, convencida de que la libertad olía a tierra mojada y sabía a viento en el rostro.

En aquel entonces, había creído que algún día llegaría un marido y le arrebataría esa libertad.

La ironía le arrancó una sonrisa amarga.

Alastair nunca lo había hecho.

A pesar de todo lo que los separaba, él nunca había intentado convertirla en alguien que no era.

Y eso era precisamente lo que hacía tan difícil traicionarlo.

—Te has quedado callada, hija.

La voz de Eamon la trajo de vuelta a la habitación.

Liathen se volvió lentamente.

—¿Qué esperas que diga? No me estás pidiendo ayuda. Me estás pidiendo que quebrante la ley.

—Nunca hemos vivido bajo esa ley.

—Quizá no. Pero existe. Y si nos descubren, pagaremos el precio.

Miró a su padre.

Lo amaba profundamente.

Pero también veía lo que los años ya no podían ocultar: el cansancio, el exilio, una vida consumida por una guerra silenciosa contra el poder.

—Mírate, padre. Llevas años escondido. ¿Es eso realmente lo que quieres para el resto de nosotros?

Eamon le sostuvo la mirada sin pestañear.

—¿Sabes por qué te elegí a ti?

Esa era la pregunta que había estado evitando desde su llegada.

—No.

—Porque puedes ir adonde ninguno de nosotros puede.

El razonamiento era simple.

Ella y Alastair asistían a reuniones, recepciones y casas que nunca admitirían a hombres como Ewan o Tavish. Veían documentos. Oían conversaciones. Caminaban por pasillos donde otros solo podían imaginar lo que sucedía.

Su posición era una ventaja.

Y eso era exactamente lo que la hacía tan peligrosa.

Liathen sintió que el peso de la propuesta se volvía real.

Ya no era una idea.

Era una decisión.

Y toda decisión importante tiene un precio.

—No quiero arrastrar a Alastair a esto.

El silencio que siguió fue revelador.

Algunos entendieron sus palabras.

Otros no.

—Tu marido eligió un camino diferente —dijo finalmente Eamon—. No puede saber nada.

Liathen levantó la cabeza.

Las palabras tocaron una herida que nunca había sanado del todo.

—¿Entonces tendría que mentirle?

Nadie respondió.

Porque todos sabían que la respuesta era sí.

La ira llegó antes de que pudiera contenerla.

—Entonces, ¿por qué me obligasteis a casarme con él?

Las palabras estallaron con la fuerza de años de contención.

—Si no es digno de confianza ahora, tampoco lo era entonces. ¿Por qué no preguntasteis lo que yo quería? ¿Por qué decidisteis por mí?

La habitación quedó en silencio.

Aquella discusión ya no trataba de impuestos ni de robos.

Trataba de una hija que había aprendido a amar el destino que otros habían elegido para ella.

Y que aún no sabía si sentirse agradecida o resentida.

Eamon no respondió.

Quizá porque no tenía respuesta.

Quizá porque ambos sabían que algunas decisiones nunca pueden justificarse del todo.

Liathen apartó la mirada.

De pronto se sintió cansada.

Profundamente cansada.

—Será mejor que me vaya a casa.

La lluvia seguía cayendo con fuerza.

Los hombres protestaron. El camino era peligroso. Los dragones ingleses patrullaban la zona en busca de rebeldes y simpatizantes jacobitas.

Pero Liathen apenas los escuchaba.

Necesitaba distancia.

Necesitaba silencio.

Necesitaba a Alastair.

Entonces una voz llegó desde el otro extremo de la habitación.

—Iré con ella.

Ewan.

Liathen cerró los ojos un instante.

Era precisamente el acompañante que menos necesitaba.

Y quizá el único que no podía rechazar.

Antes de marcharse, se volvió hacia su padre.

Lo encontró mirando el fuego.

Más viejo de lo que recordaba.

Más solo.

—Cuídate.

Eamon asintió sin levantar la vista.

Y por primera vez, Liathen comprendió que el tiempo también lo estaba alcanzando.

El viaje transcurrió bajo una lluvia cada vez más débil.

Durante largos minutos, ninguno de los dos habló.

El silencio entre ellos no era incómodo.

Era peor.

Estaba lleno de recuerdos.

Al fin, Liathen no pudo soportarlo más.

—¿Estás bien?

Ewan tardó varios segundos en responder.

—Solo pensando.

—¿Sobre qué?

La respuesta llegó sin vacilar.

—Sobre ti.

Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo.

No porque las palabras fueran inesperadas.

Sino porque siempre habían sido inevitables.

—¿Y a qué conclusión llegaste?

Una leve sonrisa asomó al rostro de Ewan.

—Que sigues siendo la misma. Siempre has necesitado demostrar que podías hacer cualquier cosa que hiciera un hombre.

Por primera vez en toda la noche, ella sonrió.

—Entonces debes estar sorprendido de que no aceptara.

—Lo estoy.

La sinceridad en su voz la obligó a mirarlo.

—¿Por qué?

—Porque esta vez no estás pensando en ti misma.

Liathen bajó la mirada.

Porque sabía que tenía razón.

Estaba pensando en Alastair.

En el hombre que ni siquiera sabía que esa conversación había existido.

En el hombre que nunca le había pedido que eligiera entre el amor y la libertad.

—¿Por qué no eres tú el líder?

Ewan soltó una breve risa.

—Porque tu padre es más listo de lo que parece.

Luego se puso serio de nuevo.

—Y porque mis ambiciones están en otra parte.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Liathen comprendió que estaban hablando de mucho más que de una banda de ladrones.

También comprendió que Ewan nunca había olvidado lo que hubo una vez entre ellos.

No el beso.

No las promesas que nunca pronunciaron en voz alta.

—Podrías haber intentado convencer a mi padre.

Ewan clavó la mirada en la oscuridad del camino.

—Hubo un tiempo en que habría intentado convencerte a ti.

El corazón de Liathen se encogió.

La confesión había llegado demasiado tarde.

Y eso era precisamente lo que más dolía.

Durante unos instantes, recordó aquella lejana noche del beso, cuando el futuro parecía un terreno abierto en lugar de una cadena de decisiones irreversibles.

—Nunca quise casarme con Alastair.

Ewan se volvió a mirarla.

En sus ojos apareció algo que Liathen conocía demasiado bien.

Esperanza.

Dolor.

Resignación.

Las tres a la vez.

Parecía dispuesto a responder.

Dispuesto por fin a decir lo que ambos habían dejado sin pronunciar durante años.

Pero el destino llegó primero.

Un disparo desgarró la noche.

Los caballos se sobresaltaron.

Otro disparo resonó entre la lluvia.

Entonces vieron los uniformes rojos.

Soldados ingleses.

Ewan desenfundó su pistola antes siquiera de pensar.

—Nos han encontrado.

Liathen hizo lo mismo.

—No voy a dejarte atrás.

—No te lo estoy pidiendo.

La miró con una intensidad que hizo que el tiempo pareciera detenerse.

—Te lo estoy ordenando.

Las balas silbaban entre los árboles.

Ewan espoleó el caballo de Liathen.

—Vete.

—Ewan...

—Mientras respire, no dejaré que te cuelguen.

Las palabras se grabaron a fuego en su memoria.

Porque comprendió que eran ciertas.

Porque comprendió que siempre lo habían sido.

Y porque se dio cuenta, con una claridad insoportable, de que algunos hombres aman precisamente lo que nunca pueden poseer.

La lluvia volvió a cerrarse entre ellos.

Liathen disparó un último tiro a las sombras de casacas rojas que avanzaban entre los árboles y dejó que su caballo la arrastrara hacia la oscuridad.

Sin saber si volvería a ver a Ewan Falkner con vida.