Capítulo 2
El Peso de un Nombre
La casa de Ewan Falkner emergió de la oscuridad como una isla de luz en el corazón del invierno.
Cuando Liathen cruzó el umbral, el calor del hogar fue devolviendo poco a poco la sensibilidad a sus manos. Permaneció inmóvil unos instantes, dejando atrás el frío de las montañas y el peso del viaje.
Entonces lo vio.
A su padre.
El tiempo parecía haber tratado con dureza a Eamon MacLeith y, sin embargo, aún conservaba esa energía indomable que siempre había desafiado tanto a la prudencia como a la edad. Liathen se acercó a él sin pensarlo dos veces.
—Padre.
—Hija mía. ¿Cómo está mi pequeña loba?
Una sonrisa afloró en sus labios.
Ese apodo pertenecía a una vida más simple. A una época en la que aún creía que las personas podían elegir su propio destino.
—Medio muerta de frío.
—Entonces aún estás viva.
La respuesta era tan típica de Eamon que la hizo reír.
Durante unos minutos se permitió disfrutar del reencuentro. Saludó a Ruairidh Falkner, cuya timidez había sobrevivido intacta al paso de los años, y entonces su mirada se cruzó inevitablemente con la de Ewan.
Su corazón dio un vuelco.
No porque se sorprendiera.
Precisamente porque no fue así.
Ewan siempre había sido difícil de ignorar. Había algo en él que parecía pertenecer a las propias montañas: una fuerza silenciosa y antigua, imposible de domar.
—Ewan.
—Hola, muchacha.
Nada más.
Y sin embargo, esas dos palabras abrieron una distancia entre ellos que antes no existía.
Hubo un tiempo en que nunca necesitaron medir sus silencios.
Hubo un tiempo en que Liathen había creído que su vida algún día se uniría a la de él.
Pero los sueños de juventud rara vez sobreviven a las decisiones de los adultos.
Apartó la mirada antes de que los recuerdos pudieran reclamarla por completo.
La reunión comenzó poco después.
Un vaso de whisky apareció en su mano. El calor del licor se deslizó por su garganta mientras observaba cómo la expresión de su padre cambiaba lentamente.
La cordialidad se desvaneció.
Solo quedó la preocupación.
—Los ingleses están subiendo los impuestos otra vez.
Liathen asintió.
No era una noticia.
Era una sentencia.
Cada nuevo decreto vaciaba otra despensa. Cada moneda exigida por Londres significaba hambre en algún hogar de las Tierras Altas.
—¿Y qué piensa Alastair?
La pregunta cayó en la habitación como una piedra.
Liathen comprendió de inmediato lo que había detrás de ella.
No estaban preguntando por la opinión de su marido.
Estaban cuestionando su lealtad.
—No está de acuerdo con ello.
Varias expresiones se endurecieron.
Varios silencios dijeron más que las palabras.
Liathen sintió que algo en su interior se tensaba.
—Si desconfiáis de Alastair, entonces también desconfiáis de mí.
Nadie respondió de inmediato.
Porque todos sabían que era verdad.
Alastair ocupaba un lugar en su corazón que ninguno de ellos podía desafiar.
—Es amigo de hombres peligrosos —dijo finalmente uno de ellos.
—La amistad no convierte a un hombre en aquello contra lo que lucha.
Su respuesta llegó de inmediato.
Demasiado rápido.
Porque aquella discusión no era nueva.
Llevaba años librándola.
A veces contra otros.
A veces contra sí misma.
Alastair servía a una causa que ella nunca abrazaría por completo. Sin embargo, conocía al hombre bajo el uniforme y se negaba a permitir que nadie lo juzgara sin conocerlo realmente.
Eamon levantó una mano para restablecer la calma.
—No estamos aquí para hablar de Alastair.
Y entonces se dio cuenta de que había algo más.
Algo mucho más importante.
Su padre apoyó ambas manos sobre su bastón.
Por primera vez parecía cansado.
—Los ingleses pretenden llevarse hasta la última moneda que posee esta tierra.
Liathen permaneció en silencio.
—Y creo que es hora de que les devolvamos el favor.
Las palabras despertaron un leve desasosiego en su pecho.
Porque conocía esa mirada.
La había visto antes.
Era la misma expresión que aparecía en el rostro de Eamon MacLeith cada vez que estaba a punto de desafiar al mundo entero.
—¿Qué estás planeando?
—Lo que siempre he hecho.
Una leve sonrisa asomó a sus labios.
—Quitarles a quienes ya tienen demasiado para ayudar a quienes no tienen nada.
Durante varios segundos solo se oyó el crepitar del fuego.
La idea era simple.
Tan simple como peligrosa.
Las casas de los oficiales ingleses, los comerciantes ricos y aquellos que prosperaban mientras Escocia se empobrecía se convertirían en objetivos.
El dinero volvería a las aldeas.
A los granjeros.
A los hambrientos.
A la gente que nadie protegía.
Liathen estudió a los hombres reunidos alrededor del fuego.
Jóvenes.
Fuertes.
Decididos.
Y de pronto comprendió por qué la habían convocado.
—¿Por qué me contáis todo esto?
Eamon le sostuvo la mirada.
—Porque todo grupo necesita un líder.
El silencio se hizo más denso.
Instintivamente, buscó a Ewan entre las sombras.
Era la opción obvia.
El hombre al que todos seguirían.
—Supongo que Ewan ya ha aceptado.
Ewan dio un paso adelante.
La luz del fuego iluminó parte de su rostro.
—No.
Liathen frunció el ceño.
—¿No?
—Tu padre tiene otra idea.
Algo cambió en el aire.
Algo inevitable.
Ewan le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Te quiere a ti.