Capítulo 17 — La cacería
Mientras Rodrigo, fray Melchor y Nonoalca preparaban en secreto el encuentro que esperaban pudiera liberar a Catalina de su condena, la ciudad entera avanzaba en una dirección completamente distinta.
Los avistamientos de la mujer de blanco, multiplicados ya por decenas de testimonios que circulaban de barrio en barrio, habían despertado en las autoridades eclesiásticas una preocupación que trascendía por completo el ámbito de la justicia ordinaria que hasta entonces había manejado Pedro Zarza.
El obispo, alertado por varios párrocos que reportaban un aumento notable en las consultas de feligreses atemorizados, convocó una reunión con los principales miembros del cabildo eclesiástico para discutir lo que ya empezaba a calificarse, en los círculos más conservadores, como una manifestación demoníaca que amenazaba con corromper la fe de los habitantes más humildes de la capital.
Fray Melchor, presente en esa reunión por su posición como confesor de familias principales, se vio obligado a guardar silencio sobre el conocimiento profundo que había adquirido en las últimas semanas, consciente de que cualquier mención de las tradiciones que Nonoalca y Xoco le habían compartido lo expondría a él mismo a sospechas de complicidad con prácticas que la Iglesia consideraba herejía pura.
—Es necesario organizar una expedición formal que ponga fin a esta situación antes de que el pánico se extienda más allá de lo manejable —propuso uno de los canónigos presentes, un hombre de convicciones rígidas que veía en cada manifestación popular de temor una oportunidad para reafirmar la autoridad de la Iglesia sobre las almas de sus feligreses—.
Debemos capturar o exorcizar a esa criatura antes de que la superstición termine minando la obediencia debida a nuestra santa doctrina.
El obispo, convencido por los argumentos del canónigo, autorizó la organización de una partida compuesta por soldados de la guarnición local, dos frailes exorcistas traídos especialmente desde un convento cercano, y un grupo reducido de voluntarios civiles que se ofrecieron motivados tanto por fervor religioso genuino como por la curiosidad morbosa que el caso había despertado en toda la ciudad.
Pedro Zarza, aunque escéptico sobre la efectividad de semejante despliegue frente a un fenómeno que él mismo había presenciado y que escapaba a cualquier categoría convencional de delincuencia, recibió la orden de coordinar los aspectos logísticos de la expedición.
La noticia de la cacería llegó a oídos de Nonoalca apenas dos días antes de la fecha planeada para el encuentro que ella misma había organizado con Rodrigo, una coincidencia que la llenó de una angustia considerable al comprender que ambos planes, el suyo propio orientado hacia la liberación de su hija y el de las autoridades eclesiásticas orientado hacia su captura o destrucción, convergerían inevitablemente en el mismo lugar y en fechas cercanas.
—Debemos adelantar el encuentro —le dijo a fray Melchor esa misma noche, con una urgencia que el fraile reconoció de inmediato como justificada—.
Si esos hombres llegan al canal antes que nosotros, cualquier posibilidad de ayudar a Catalina desaparecerá junto con ella, ya sea que logren capturarla o que la ataquen directamente pensando que combaten a un demonio.
Fray Melchor, consciente de los riesgos que implicaba enfrentarse indirectamente a una decisión ya tomada por sus propios superiores eclesiásticos, aceptó sin embargo colaborar con Nonoalca para adelantar la fecha del encuentro, movido por una convicción que había ido fortaleciéndose en las últimas semanas: la certeza de que la verdadera solución al sufrimiento de Catalina no residía en la violencia ni en el exorcismo forzado, sino en el reconocimiento sincero de responsabilidades que llevaba meses evitándose.
Rodrigo, informado de la premura repentina, se debatió entre el temor renovado ante la posibilidad de un encuentro apresurado sin la preparación adecuada, y la conciencia de que cualquier demora adicional podía costarle la última oportunidad de intentar reparar, aunque fuera parcialmente, el daño causado.
Decidió finalmente confiar en el criterio de Nonoalca, quien conocía mejor que nadie los detalles precisos de la tradición que sustentaba aquel plan improvisado.
La partida organizada por el obispo se congregó dos noches después en la plaza principal, un despliegue considerable de hombres armados con espadas, arcabuces y crucifijos, además de los dos frailes exorcistas cargados con agua bendita y libros rituales que rara vez encontraban aplicación práctica fuera de los casos más extremos documentados en la historia eclesiástica de la Nueva España.
Zarza, al frente del contingente civil, sentía una inquietud considerable ante la posibilidad de que aquella expedición terminara provocando más daño del que pretendía evitar, aunque sus objeciones, planteadas discretamente ante sus superiores durante los preparativos, no habían logrado modificar en absoluto el plan ya trazado.
La comitiva avanzó hacia el sistema de canales poco después de la medianoche, dividiéndose en varios grupos menores para cubrir simultáneamente los distintos puntos donde se habían reportado apariciones durante las últimas semanas.
Zarza, encargado del grupo asignado precisamente al canal original donde había ocurrido la tragedia de Tomás e Isabel, avanzó con una cautela que contrastaba notablemente con el entusiasmo casi festivo que mostraban algunos de los voluntarios civiles menos experimentados en ese tipo de operaciones.
Mientras tanto, apenas a unas calles de distancia, Nonoalca, Rodrigo y fray Melchor se dirigían hacia el mismo destino, ignorantes por completo de que la expedición oficial ya se aproximaba desde otra dirección.
Nonoalca llevaba consigo los objetos rituales que Xoco le había proporcionado, incluyendo la figurilla de piedra verde que representaba a Cihuacóatl y que, según le había explicado la anciana, podría servir como punto focal para facilitar la comunicación con el espíritu atrapado de su hija.
—Cuando lleguemos, debes hablarle directamente, sin rodeos ni justificaciones —le recordó Nonoalca a Rodrigo, mientras caminaban a paso apresurado por las calles vacías—.
Reconoce lo que hiciste, pídele perdón si logras encontrar las palabras adecuadas, pero sobre todo, no intentes huir sin importar lo que veas o escuches, porque cualquier muestra de cobardía en ese momento solo confirmará todo lo que ella ya cree sobre ti.
Rodrigo asintió, sintiendo que el miedo le atenazaba el pecho con una intensidad que apenas lograba controlar, pero también reconociendo que había llegado demasiado lejos en aquel proceso como para retroceder ahora.
Continuaron avanzando hasta que, al doblar hacia la última calle que los separaba del puente donde esperaban encontrar a Catalina, escucharon voces y pasos apresurados que provenían precisamente del destino hacia el que se dirigían.
—Alguien más está ahí —susurró fray Melchor, deteniéndose bruscamente al reconocer el sonido inconfundible de armadura entrechocando y órdenes militares pronunciadas en voz baja.
Nonoalca sintió que el corazón se le encogía ante la posibilidad de que su plan cuidadosamente preparado se viera arruinado por la interferencia de fuerzas que ella no había logrado anticipar.
Se acercaron con la mayor discreción posible hasta un punto desde donde lograron distinguir, entre las sombras proyectadas por la niebla nocturna, la silueta de varios hombres armados que rodeaban gradualmente el puente, guiados por Zarza, quien avanzaba con la espada desenvainada y una expresión que combinaba la determinación profesional con una inquietud que no lograba disimular del todo.
—Tenemos que llegar antes de que ellos la encuentren —dijo Nonoalca, con una urgencia que ya no admitía cautela adicional—. Si atacan a Catalina antes de que Rodrigo tenga oportunidad de hablar con ella, perderemos cualquier posibilidad de liberarla de esta condena.
Los tres avanzaron entonces hacia el puente con una premura que los expuso inmediatamente a ser descubiertos por los hombres de Zarza, quienes, al notar movimiento entre las sombras cercanas, se giraron con las armas listas, convencidos por un instante de haber localizado finalmente a la aparición que buscaban capturar.