La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 18 — El encuentro final
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Capítulo 18 — El encuentro final

—¡Alto ahí! —gritó uno de los soldados, apuntando su arcabuz hacia las tres figuras que emergían de entre la niebla, mientras sus compañeros se apresuraban a rodearlos con la misma cautela que hubieran empleado ante cualquier sospechoso de brujería.

Zarza, reconociendo de inmediato a Nonoalca y a fray Melchor entre los recién llegados, ordenó a sus hombres bajar las armas, aunque su propia sorpresa ante la presencia de Rodrigo de Aldama en aquel lugar y a esas horas resultaba evidente en su expresión desconcertada.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó el alguacil, con un tono que combinaba la autoridad profesional con una curiosidad genuina que la situación despertaba en él.

Fray Melchor, consciente de que cualquier explicación completa expondría planes que preferían mantener ocultos de las autoridades eclesiásticas, optó por una versión parcial que, sin ser del todo falsa, tampoco revelaba la naturaleza exacta de su misión.

—Venimos a intentar hablar con ella, alguacil, antes de que sus hombres cometan un error que ninguno de nosotros pueda deshacer después —dijo el fraile, con una firmeza que sorprendió incluso a Nonoalca por la determinación con la que defendía aquel plan ante la autoridad establecida.

Zarza, que llevaba meses cargando con la sospecha incómoda de que aquel caso escapaba por completo a las categorías convencionales de su oficio, consideró por un momento la posibilidad de simplemente cumplir con las órdenes recibidas y proceder con la captura planeada, pero algo en la sinceridad evidente de fray Melchor y en la desesperación contenida que mostraba Rodrigo lo llevó a tomar una decisión que contradecía directamente las instrucciones de sus superiores.

—Tienen un tiempo limitado antes de que mis hombres y los frailes exorcistas lleguen desde el otro extremo del canal —dijo finalmente Zarza, bajando su propia arma—.

Si logran algo con esa conversación, mejor para todos.

Si no, no podré evitar que el resto de la partida proceda según lo planeado originalmente.

Nonoalca agradeció el gesto con una inclinación de cabeza, consciente de que aquella concesión inesperada representaba probablemente la única oportunidad real que tendrían de evitar un desenlace violento para lo que quedaba de su hija.

Avanzaron hacia el centro del puente, el mismo lugar donde años atrás Catalina y Rodrigo se habían conocido en circunstancias completamente distintas, mientras Zarza mantenía a sus hombres a una distancia prudente, listos para intervenir si la situación lo requería, pero dispuestos también a conceder el margen de tiempo que había prometido.

La niebla se espesó de manera notable en cuestión de minutos, envolviendo el puente en una densidad que dificultaba la visibilidad más allá de unos pocos metros.

Nonoalca colocó la figurilla de piedra verde sobre la baranda del puente, pronunciando en voz baja las palabras rituales que Xoco le había enseñado semanas atrás, mientras Rodrigo permanecía inmóvil junto a ella, sintiendo que el frío de la noche se intensificaba de una manera que no correspondía enteramente a las condiciones climáticas habituales de esa época del año.

Entonces la vieron aparecer, emergiendo de la niebla con esa forma de desplazamiento antinatural que Zarza había descrito en su informe: una figura vestida de blanco que se acercaba lentamente hacia el puente, con el rostro parcialmente oculto por un velo improvisado de la misma tela desgastada de su vestimenta.

Rodrigo sintió que las piernas le flaqueaban ante aquella visión, reconociendo, pese a los cambios evidentes en la apariencia general de la figura, los rasgos inconfundibles de la mujer que había amado años atrás.

—Catalina —dijo Rodrigo, con una voz que apenas lograba salir de su garganta contraída por el miedo y la emoción simultánea.

La figura se detuvo a pocos pasos de distancia, y cuando finalmente levantó el rostro para mirarlo directamente, Rodrigo distinguió unos ojos que combinaban un dolor infinito con una furia que parecía trascender cualquier emoción humana convencional, una mirada que lo atravesó con una intensidad que le resultó físicamente dolorosa de sostener.

—Viniste finalmente —dijo la aparición, con una voz que parecía surgir simultáneamente de su garganta y del murmullo constante del agua que corría bajo el puente—. Después de tanto tiempo, cuando ya nada de lo que digas puede devolverme a mis hijos.

Rodrigo, siguiendo las instrucciones de Nonoalca, se obligó a sostener la mirada de aquella figura pese al terror que le provocaba, comprendiendo que cualquier muestra de cobardía en ese momento podría destruir la última oportunidad real que tenían de alcanzar algún tipo de resolución.

—Tienes razón en odiarme —dijo Rodrigo, con una voz que se fortalecía gradualmente conforme avanzaba en su confesión—.

Los abandoné cuando más me necesitaban, elegí mi propia comodidad y la aprobación de mi familia por encima de mi responsabilidad hacia ti y hacia nuestros hijos.

No hay excusa que pueda ofrecerte capaz de justificar lo que hice.

La aparición permaneció en silencio un momento, y el lamento que emanaba de ella pareció intensificarse durante esos segundos, un sonido que hizo eco entre las paredes cercanas y que provocó que varios de los hombres de Zarza, apostados a cierta distancia, se persignaran instintivamente ante la manifestación evidente de un dolor que superaba cualquier categoría humana convencional.

—Las palabras no bastan —dijo finalmente Catalina, avanzando un paso más hacia Rodrigo, quien sintió que el aire mismo se enfriaba ante la proximidad de aquella figura—. No bastan para devolverme lo que perdí, ni para deshacer la desesperación que me llevó a hacer lo que hice.

—Lo sé —respondió Rodrigo, y en ese instante, siguiendo un impulso que ni él mismo lograba explicar del todo, cayó de rodillas frente a la aparición, exponiendo su vulnerabilidad completa ante aquella mujer que tenía todo el derecho de destruirlo si así lo decidía—.

No espero que las palabras basten, ni que tú puedas perdonarme jamás por lo que hice.

Solo quiero que sepas que cargaré con esta culpa el resto de mi vida, que no ha pasado un solo día desde entonces sin que piense en Tomás y en Isabel, sin que me pregunte qué habría pasado si hubiera actuado diferente cuando todavía tenía oportunidad de hacerlo.

Nonoalca, observando la escena desde unos pasos de distancia, sintió que algo en la energía que envolvía el puente comenzaba a modificarse gradualmente, como si las palabras de Rodrigo, por insuficientes que resultaran para reparar la tragedia consumada, estuvieran generando alguna especie de resonancia que la propia Catalina necesitaba escuchar desde hacía meses sin haber tenido oportunidad de recibirla.

—Mis hijos merecían un padre que los protegiera, no promesas que se desvanecían cada vez que resultaba conveniente —dijo Catalina, y por primera vez desde el inicio del encuentro, Nonoalca percibió en la voz de su hija un rastro de la humanidad que parecía haber ido perdiendo gradualmente durante los meses de transformación—.

Merecían un mundo que no los despreciara por la sangre que llevaban, y ni tú ni yo logramos ofrecerles ese mundo cuando todavía estábamos a tiempo de intentarlo.

—Tienes razón en cada palabra —admitió Rodrigo, sin levantar la vista del suelo empedrado del puente—.

Fallé como padre, fallé como hombre, y ninguna disculpa tardía puede cambiar lo que ya ocurrió.

Pero te pido, aunque no tenga derecho a pedirte nada, que encuentres alguna manera de liberarte de este dolor que te mantiene atrapada, aunque sea por respeto a la memoria de Tomás y de Isabel, quienes merecen que su madre encuentre descanso en lugar de vagar eternamente junto a este canal.

El silencio que siguió a esas palabras se extendió durante varios segundos que a todos los presentes les parecieron interminables, mientras la niebla parecía arremolinarse alrededor de la figura de Catalina con una intensidad renovada.

Nonoalca, sintiendo que el momento decisivo se aproximaba, se atrevió finalmente a intervenir directamente, acercándose hacia su hija con la figurilla de piedra verde extendida entre las manos.

—Hija mía —dijo, con una ternura que combinaba años de amor maternal con el dolor específico de haber perdido, en cierto sentido, a la persona que Catalina había sido antes de aquella noche trágica—.

Nadie puede devolverte lo que perdiste, pero puedes elegir si quieres seguir cargando esta condena para siempre o si prefieres encontrar, aunque sea parcialmente, algo de paz junto a la memoria de tus hijos en lugar de junto a la venganza que hasta ahora te ha mantenido atada a este lugar.

Catalina se giró hacia su madre con una expresión que, por primera vez desde su transformación, mostraba algo parecido a la vulnerabilidad que Nonoalca recordaba de su hija en circunstancias mucho más felices, años atrás, cuando ambas trabajaban juntas preparando remedios sin que ninguna tragedia hubiera todavía marcado el destino de la familia.

—No sé si puedo perdonarlo, madre —dijo Catalina, con una voz que oscilaba entre el lamento sobrenatural y algo mucho más cercano a la fragilidad humana—. Ni siquiera sé si puedo perdonarme a mí misma por lo que hice esa noche.

—El perdón no tiene que llegar todo de una vez —respondió Nonoalca, acercándose lo suficiente para colocar la figurilla directamente en las manos, ya casi translúcidas, de su hija—.

Puede empezar simplemente con la decisión de dejar de cargar esta ira que te mantiene atrapada entre dos mundos, sin pertenecer del todo a ninguno.

En ese momento, mientras Catalina sostenía la figurilla de Cihuacóatl entre sus manos, el lamento que había caracterizado su presencia durante todos esos meses comenzó a transformarse gradualmente en algo distinto, un sonido que conservaba el dolor original pero que perdía progresivamente la furia sobrenatural que lo había acompañado hasta entonces.

Rodrigo, todavía de rodillas, observó con una mezcla de esperanza y terror cómo la figura de Catalina empezaba a desvanecerse gradualmente entre la niebla, no con la brusquedad habitual de sus apariciones anteriores, sino con una lentitud que sugería algo distinto de la simple huida.

—Cuida de la memoria de nuestros hijos —fueron las últimas palabras que Rodrigo alcanzó a escuchar, pronunciadas ya con una voz que sonaba considerablemente más cercana a la de la mujer que había amado antes de la tragedia que a la aparición aterradora que había atormentado la ciudad durante meses—.

Y encuentra la manera de vivir contigo mismo sabiendo lo que hiciste, porque esa será tu propia condena, distinta de la mía pero igual de duradera.

La figura terminó de desvanecerse completamente entre la niebla, dejando tras de sí un silencio que contrastaba notablemente con el lamento constante que había caracterizado el ambiente del canal durante los últimos meses.

Zarza, que había presenciado la escena completa desde su posición cercana, se acercó finalmente al puente, incapaz de encontrar palabras adecuadas para describir lo que acababa de presenciar ante sus propios ojos.

—¿Se ha ido para siempre? —preguntó el alguacil, dirigiéndose principalmente a Nonoalca, quien permanecía con la mirada fija en el punto donde su hija se había desvanecido finalmente.

—No lo sé con certeza —respondió Nonoalca, con una voz cargada de un cansancio que parecía acumular todos los meses de angustia atravesados desde la tragedia original—. Pero creo que, al menos por ahora, ha encontrado algo parecido a la paz que necesitaba.