La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 16 — Rodrigo y la culpa
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Capítulo 16 — Rodrigo y la culpa

Rodrigo no volvió a ser el mismo hombre después de la noche en que Nonoalca le cerró la puerta en la cara.

Durante los primeros meses tras la desaparición de Catalina y la proliferación de los rumores sobre la mujer de blanco, intentó refugiarse en la rutina de su vida matrimonial, convencido de que el tiempo terminaría por diluir el peso de una culpa que se negaba a nombrar abiertamente ni siquiera ante sí mismo.

Beatriz, mientras tanto, había aprendido a vivir junto a un esposo cada vez más distante, ausente de cuerpo presente en las cenas familiares, incapaz de sostener conversaciones que no derivaran, tarde o temprano, hacia silencios prolongados que ella ya no se molestaba en interrumpir.

No conocía los detalles completos de la tragedia que atormentaba a Rodrigo, pero intuía, con la sensibilidad de quien comparte lecho con un hombre roto, que algo relacionado con aquella otra familia que había descubierto meses atrás en el mercado seguía pesando sobre él con una fuerza que ninguna palabra de consuelo lograba aliviar.

Inés de Aldama, por su parte, prefería ignorar el deterioro evidente de su hijo, convencida de que cualquier debilidad mostrada abiertamente solo empeoraría una situación que ella consideraba ya suficientemente resuelta desde el punto de vista práctico.

Le recordaba con frecuencia sus obligaciones hacia el negocio familiar, hacia la posibilidad todavía pendiente de que Beatriz le diera un heredero legítimo, hacia cualquier asunto que pudiera distraer su atención de lo que ella calificaba, con la dureza habitual, como un episodio lamentable pero ya superado del pasado.

Sin embargo, los rumores sobre la mujer de blanco llegaron eventualmente hasta los oídos de Rodrigo a través de comentarios que sus propios criados intercambiaban sin saber que su patrón guardaba una relación directa con el origen de aquella leyenda creciente.

La primera vez que escuchó mencionar la aparición junto al canal, sintió que la sangre se le helaba en las venas, reconociendo de inmediato, sin necesidad de confirmación adicional, la identidad probable de aquella figura que atormentaba las noches de la ciudad.

Comenzó entonces a experimentar él también pesadillas recurrentes, sueños donde Catalina lo confrontaba junto al agua, sosteniendo entre los brazos a Tomás e Isabel, preguntándole con una voz que combinaba el reproche con una tristeza infinita por qué los había abandonado a su suerte cuando más los necesitaban.

Despertaba de esos sueños empapado en sudor, incapaz de conciliar de nuevo el descanso durante el resto de la noche, mientras Beatriz, a su lado, fingía dormir para no tener que enfrentar directamente el sufrimiento evidente de su esposo.

La culpa de Rodrigo se manifestaba también en comportamientos que sus allegados comenzaron a notar con creciente preocupación: descuidaba asuntos comerciales que anteriormente manejaba con eficiencia notable, bebía con una frecuencia que su padre jamás había tolerado, y evitaba sistemáticamente cualquier conversación que pudiera derivar, aunque fuera tangencialmente, hacia el tema de los hijos, un asunto que Beatriz esperaba abordar con creciente insistencia conforme pasaban los meses sin que ella lograra concebir.

Fue precisamente durante uno de esos episodios de aislamiento voluntario, encerrado en la biblioteca familiar con una botella de vino que ya llevaba consumida a medias, cuando fray Melchor lo buscó para plantearle la propuesta que había acordado semanas atrás con Nonoalca.

Rodrigo recibió al fraile con una mezcla de alivio y temor, consciente de que aquella visita probablemente no se limitaría a los consejos espirituales habituales que había recibido en ocasiones anteriores.

—He venido a hablarte de Catalina —dijo fray Melchor, sin rodeos innecesarios, observando la reacción inmediata de Rodrigo ante la sola mención de aquel nombre que llevaba meses evitando pronunciar en voz alta.

Rodrigo escuchó, con una atención que combinaba el terror y una esperanza desesperada, el relato completo que el fraile le ofreció sobre la transformación de Catalina, sobre las tradiciones antiguas que Nonoalca había investigado a través de la anciana Xoco, sobre la posibilidad remota, aunque peligrosa, de que un encuentro directo entre ambos pudiera liberar a la mujer que amaba de la condena que la mantenía vagando eternamente junto al canal.

—¿Está usted sugiriendo que busque conscientemente a un fantasma? —preguntó Rodrigo, con una incredulidad que no lograba disimular del todo el temor genuino que la propuesta le provocaba.

—Estoy sugiriendo que asumas finalmente la responsabilidad que has evitado durante años —respondió fray Melchor, con una firmeza que Rodrigo no le había escuchado antes en ninguna de sus conversaciones previas—.

Ya sea que creas o no en las tradiciones que Nonoalca me ha compartido, lo cierto es que tu inacción contribuyó directamente a la tragedia que hoy atormenta a toda esta ciudad, y quizás enfrentar esa realidad, sin importar la forma que tome, sea el único camino que te quede para encontrar algo de paz.

Rodrigo pasó varios días debatiéndose entre el miedo genuino que le provocaba la posibilidad de un encuentro sobrenatural y la culpa acumulada que llevaba meses consumiéndolo desde adentro sin que ningún remedio convencional lograra aliviarla.

Finalmente, una noche en que las pesadillas resultaron especialmente intensas, decidió que no podía continuar viviendo bajo el peso de aquella incertidumbre, y envió un mensaje discreto a fray Melchor solicitando que organizara el encuentro con Nonoalca lo antes posible.

—Necesito verla, aunque sea por última vez —le confesó a fray Melchor cuando este llegó a recogerlo esa misma noche, ambos dispuestos a dirigirse juntos hacia la casa de Nonoalca para ultimar los detalles de un plan que ninguno de los tres, ni Rodrigo, ni el fraile, ni la propia curandera, sabían con certeza si lograría el resultado esperado o si, por el contrario, desencadenaría consecuencias mucho más terribles que cualquiera de ellos hubiera anticipado.

Nonoalca los recibió esa noche con una seriedad que reflejaba la gravedad del paso que estaban a punto de dar.

Explicó a Rodrigo, con el mismo detalle que había compartido antes con fray Melchor, la naturaleza exacta del encuentro que necesitarían organizar, el lugar específico junto al canal donde las apariciones se habían reportado con mayor frecuencia, y la advertencia final de Xoco sobre los riesgos que implicaba confrontar a un espíritu cuya ira, alimentada por meses de dolor no resuelto, podía resultar impredecible incluso para quienes actuaban con las mejores intenciones.

—Debes estar preparado para reconocer plenamente lo que hiciste, sin excusas ni justificaciones —le advirtió Nonoalca, mirándolo directamente a los ojos con una intensidad que Rodrigo no logró sostener por mucho tiempo—.

Cualquier intento de minimizar tu responsabilidad solo empeorará las cosas, tanto para ti como para lo que queda de mi hija.

Rodrigo asintió, consciente de que las próximas noches determinarían no solo el destino final de Catalina, sino también la posibilidad remota de que él mismo lograra, después de meses de tormento silencioso, encontrar algo parecido a la redención por los errores que había cometido, aunque en el fondo de su conciencia albergaba ya la sospecha inquietante de que ciertos actos, una vez cometidos, resultaban imposibles de reparar sin importar cuántas palabras de arrepentimiento se pronunciaran demasiado tarde.