Capítulo 15 — Cihuacóatl
Nonoalca dedicó los meses posteriores al encuentro nocturno junto al canal a profundizar en un conocimiento que hasta entonces había mantenido parcialmente oculto incluso para sí misma, consciente de que la transformación de su hija exigía una comprensión más completa de las tradiciones que sus antepasadas habían transmitido de generación en generación envueltas siempre en el cuidado de quien maneja un saber peligroso.
Buscó a una anciana llamada Xoco, sobreviviente de una línea de sacerdotisas que había logrado preservar, con enorme dificultad y en el más absoluto secreto, fragmentos de conocimiento ceremonial anteriores a la llegada de los frailes españoles.
Xoco vivía en un barrio alejado del centro de la ciudad, en una casa modesta donde recibía a un número reducido de visitantes de confianza, siempre bajo la premisa tácita de que lo compartido entre esas paredes no debía salir jamás hacia oídos capaces de reportarlo ante el Santo Oficio.
—Cihuacóatl no es simplemente una diosa que llora —explicó Xoco, mientras compartía con Nonoalca una infusión de hierbas que esta última no lograba identificar del todo—.
Es también la partera de los dioses, la que preside los nacimientos y las muertes, la que anuncia con su llanto las calamidades que se aproximan a nuestro pueblo.
Cuando Tenochtitlan estaba a punto de caer, se dice que ella misma recorrió las calles llorando por sus hijos, presintiendo la destrucción que se avecinaba.
Nonoalca escuchó el relato con una atención absoluta, reconociendo en cada palabra ecos de las historias fragmentarias que su propia madre le había transmitido años atrás, aunque nunca con el nivel de detalle y coherencia que ahora Xoco le ofrecía.
Le preguntó, con una urgencia que no lograba disimular, si existía alguna manera de liberar a una mujer que la diosa hubiera reclamado como su vehículo, algún ritual capaz de devolverle a Catalina, aunque fuera parcialmente, algo de la humanidad que parecía estar perdiendo.
Xoco guardó silencio un momento largo antes de responder, sopesando cuidadosamente lo que estaba a punto de compartir con una mujer cuya propia hija se había convertido en un caso sin precedentes claros dentro de la tradición que ella custodiaba.
—Lo que ha ocurrido con tu hija no tiene un remedio sencillo, Nonoalca —dijo finalmente—.
Cuando una mujer comete el acto que ella cometió, impulsada por la desesperación más extrema, algo de ella queda atrapado entre este mundo y el que sigue, incapaz de encontrar descanso mientras la culpa que cargó en vida siga sin resolverse de alguna manera.
Se convierte en un espejo viviente de la diosa misma, repitiendo eternamente su lamento sin lograr jamás la paz que busca.
Nonoalca preguntó entonces si existía algún camino, por difícil o peligroso que fuera, para ayudar a Catalina a encontrar esa paz esquiva que Xoco describía.
La anciana le explicó que, según la tradición oral que había recibido de sus propias maestras, la única posibilidad remota de liberación pasaba por una confrontación directa entre la mujer transformada y aquel cuya traición había precipitado originalmente la tragedia, un encuentro donde se ofreciera un reconocimiento sincero de responsabilidad que permitiera, aunque fuera parcialmente, aliviar el peso de la culpa que mantenía atrapado el espíritu.
—Pero ese encuentro conlleva sus propios peligros —advirtió Xoco—, porque una mujer transformada por el dolor de Cihuacóatl no siempre distingue con claridad entre el perdón y la venganza.
Muchas veces, lo que busca no es la reconciliación, sino que aquel que la traicionó comparta, de alguna manera, el mismo sufrimiento que ella experimentó.
Esa advertencia se instaló en la mente de Nonoalca con una fuerza particular durante las semanas siguientes, mientras consideraba la posibilidad remota de buscar a Rodrigo para proponerle un encuentro que, según las palabras de Xoco, representaba la única esperanza real de liberar a Catalina de la condena que la mantenía vagando junto al canal noche tras noche.
Sabía, sin embargo, que cualquier acercamiento a la familia Aldama conllevaba riesgos considerables, tanto para ella misma como para la posibilidad remota de que Rodrigo aceptara siquiera considerar semejante propuesta.
Mientras tanto, los avistamientos de la mujer de blanco continuaron multiplicándose por toda la ciudad, extendiéndose ya más allá del barrio original hacia otros puntos del sistema de canales que atravesaba la traza urbana.
Algunos testigos reportaban encuentros relativamente pacíficos, mujeres y hombres que simplemente veían pasar a la figura sin que esta les prestara atención directa, absorta en su búsqueda constante junto al agua.
Otros, sin embargo, describían experiencias considerablemente más perturbadoras, encuentros donde la aparición parecía dirigirse específicamente hacia ellos, preguntándoles, con una voz que combinaba el lamento con una ira contenida, si habían visto a sus hijos perdidos.
Nonoalca, alarmada por estos relatos cada vez más frecuentes, comprendió que la transformación de su hija avanzaba con una velocidad que amenazaba con consumir por completo cualquier rastro de la mujer que había sido antes de aquella noche trágica junto al canal.
Decidió entonces, contra el consejo prudente de Xoco de esperar más tiempo antes de actuar, buscar directamente a fray Melchor, esperando que el fraile, con su conocimiento de ambos mundos, el de la doctrina católica y el de las tradiciones que sobrevivían pese a los esfuerzos por erradicarlas, pudiera ayudarla a encontrar la manera de acercarse a Rodrigo sin provocar una reacción hostil inmediata.
Fray Melchor recibió a Nonoalca con una disposición que la sorprendió gratamente, considerando la distancia social que normalmente separaba a un confesor de familias principales de una curandera indígena sin recursos ni posición reconocida.
El fraile, atormentado también por su propia parte de responsabilidad en la tragedia, tanto por no haber logrado convencer a Rodrigo de asumir plenamente sus obligaciones como por la insuficiencia de su consejo espiritual durante la última confesión de Catalina, se mostró dispuesto a escuchar la propuesta de Nonoalca con una apertura que trascendía los límites habituales de su formación doctrinal estricta.
—Reconozco que lo que me propone se aleja considerablemente de lo que la Iglesia consideraría ortodoxo —dijo fray Melchor, tras escuchar el relato completo de Nonoalca sobre Cihuacóatl y la posibilidad remota de liberación que Xoco había descrito—.
Pero también he visto suficiente sufrimiento en esta ciudad como para no descartar de plano cualquier camino que pueda aliviarlo, venga de donde venga.
Acordaron entre ambos buscar la manera de organizar un encuentro entre Rodrigo y la aparición de Catalina, aunque ninguno de los dos lograba anticipar con certeza cómo reaccionaría el joven ante semejante propuesta, ni tampoco qué consecuencias reales podría tener un encuentro de esa naturaleza tanto para Rodrigo como para el espíritu atormentado que su antigua amante se había convertido.