La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 14 — El alguacil Zarza
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Capítulo 14 — El alguacil Zarza

Pedro Zarza había pasado veinte años investigando delitos en los barrios periféricos de la ciudad, tiempo suficiente para desarrollar un instinto capaz de distinguir entre las supersticiones habituales que corrían de boca en boca entre la gente humilde y los hechos concretos que merecían la atención de la justicia.

Sin embargo, el caso de la mujer de blanco que aparecía junto al canal representaba un desafío distinto de cualquiera que hubiera enfrentado antes, precisamente porque involucraba a una condenada oficialmente desaparecida cuya fuga nadie en la guardia lograba explicar de manera satisfactoria.

El virrey, presionado por el escándalo creciente que amenazaba con extenderse más allá de los límites del barrio original, ordenó una investigación formal que Zarza asumió con la meticulosidad de siempre, aunque desde el principio reconoció que este caso exigiría métodos distintos de los que empleaba habitualmente para esclarecer robos o riñas callejeras.

Comenzó por interrogar de nuevo a los guardias que habían tenido a su cargo la celda de Catalina la noche de su desaparición, hombres experimentados que juraban no haber escuchado ni visto nada fuera de lo común durante su turno.

—La puerta seguía cerrada con llave a la mañana siguiente —le explicó uno de los guardias, todavía visiblemente perturbado por el recuerdo—. No había marcas de forcejeo, ni rastros de que alguien hubiera entrado o salido por la fuerza. Simplemente ya no estaba dentro.

Zarza documentó cuidadosamente cada detalle de esos testimonios, aunque en su fuero interno reconocía que ninguna explicación racional lograba dar cuenta completa de lo ocurrido.

Decidió entonces entrevistar a Nonoalca por segunda vez, esperando encontrar en la curandera alguna pista sobre el paradero real de su hija, ya fuera oculta en algún escondite conocido solo por la familia o, como empezaban a sugerir los rumores, transformada en algo que escapaba a las categorías habituales de su oficio.

Nonoalca recibió al alguacil con una calma que a Zarza le resultó, desde el principio, más inquietante que cualquier muestra de nerviosismo o evasión.

La curandera respondió a sus preguntas con una franqueza que no había mostrado durante el primer interrogatorio, consciente quizás de que ya no tenía sentido proteger a una hija cuyo destino parecía haber escapado por completo del alcance de la justicia ordinaria.

—Mi hija ya no es de este mundo, alguacil, aunque tampoco pertenece del todo al otro —dijo Nonoalca, eligiendo las palabras con el cuidado de quien sabe que está a punto de decir algo que la mayoría de sus oyentes rechazará de inmediato—.

Lo que usted busca capturar no puede encerrarse en ninguna celda que los hombres construyan.

Zarza, hombre criado en la fe católica pero también expuesto durante años a las tradiciones sincréticas que sobrevivían en los barrios donde trabajaba, no descartó de plano las palabras de Nonoalca, aunque tampoco las consignó tal cual en su reporte oficial, consciente de que semejante declaración podría exponer tanto a la curandera como a él mismo a sospechas de herejía o brujería.

Prefirió, en cambio, continuar su investigación por canales más convencionales, entrevistando a cada uno de los testigos que reportaban avistamientos de la mujer de blanco con la esperanza de encontrar algún patrón que permitiera ubicar el paradero físico de Catalina, viva o muerta.

Los testimonios, sin embargo, resultaban cada vez más difíciles de reconciliar entre sí.

Algunos testigos ubicaban a la aparición cerca de la Acequia Real, otros la reportaban junto al canal donde había ocurrido la tragedia original, y unos pocos incluso aseguraban haberla visto en puntos alejados entre sí por varios kilómetros, en la misma noche y a horas prácticamente idénticas, una imposibilidad física que Zarza no lograba explicar a través de ninguna hipótesis racional que hubiera considerado hasta entonces.

Decidió entonces dedicar varias noches a vigilar personalmente el canal, apostado en las sombras cerca del puente donde, según el relato de Nonoalca, había ocurrido el primer avistamiento confirmado por un miembro de la familia.

Durante las primeras dos noches, no ocurrió nada fuera de lo habitual, solo el murmullo constante del agua y los sonidos ocasionales de animales nocturnos que Zarza conocía bien de sus años de trabajo en esos rumbos.

La tercera noche, sin embargo, hacia la hora en que el toque de queda vaciaba por completo las calles de transeúntes honestos, Zarza escuchó un sonido que no correspondía a ninguno de los que había catalogado mentalmente durante sus vigilias anteriores: un lamento bajo, casi musical en su cadencia, que parecía surgir directamente del agua misma en lugar de provenir de una garganta humana convencional.

Se mantuvo inmóvil en su escondite, con la mano instintivamente apoyada sobre la empuñadura de su espada, mientras el sonido se intensificaba gradualmente.

Entonces la vio, a una distancia que le resultó imposible calcular con precisión debido a la niebla espesa que se había instalado sobre el canal en cuestión de minutos: una figura vestida de blanco que caminaba junto al agua con un movimiento que no se ajustaba del todo a la mecánica normal de un cuerpo humano, como si flotara apenas por encima del lodo sin que sus pies llegaran a tocarlo completamente.

Zarza, hombre acostumbrado a enfrentar delincuentes de toda condición sin que el miedo lo paralizara, sintió esa noche un terror que le resultó completamente ajeno a su experiencia previa.

Intentó acercarse, gritando el nombre de Catalina con la esperanza de obtener alguna respuesta que confirmara su identidad, pero la figura, al escucharlo, giró el rostro hacia él con un movimiento brusco que le permitió, por un instante fugaz, distinguir unos rasgos que reconoció, con un escalofrío que le recorrió toda la columna, como los mismos que había memorizado en el expediente de la mujer que buscaba.

Sin embargo, algo en aquellos ojos, en la expresión congelada entre el dolor y una furia que parecía trascender cualquier emoción humana convencional, le indicó de inmediato que ya no se encontraba frente a la misma persona que había interrogado meses atrás en aquella celda.

La figura se desvaneció entre la niebla antes de que Zarza lograra acercarse lo suficiente para confirmar cualquier detalle adicional, dejándolo con la certeza perturbadora de que su investigación había cruzado un umbral que ningún método convencional de la justicia colonial estaba preparado para abordar.

Regresó a su despacho esa misma noche y redactó un informe que, tras varias horas de deliberación, decidió presentar de manera incompleta ante sus superiores, omitiendo los detalles más inexplicables de lo que había presenciado por temor a que su credibilidad profesional quedara comprometida ante una experiencia que ni él mismo lograba clasificar dentro de las categorías habituales de su trabajo.

En privado, sin embargo, Zarza continuó investigando el caso durante los meses siguientes, consultando con discreción a algunos ancianos del barrio que conservaban memoria de historias similares transmitidas por generaciones anteriores.

Un anciano tlacuilo, guardián de tradiciones que se remontaban a la época anterior a la conquista, le explicó, con la paciencia de quien ha repetido esa historia numerosas veces a lo largo de su vida, que la figura que buscaba probablemente ya no correspondía a una mujer viva en el sentido convencional del término, sino a una manifestación que la tradición indígena asociaba desde tiempos antiguos con la diosa Cihuacóatl, capaz de tomar la forma de mujeres específicas cuando estas cargaban con culpas relacionadas con la pérdida de sus propios hijos.

—Esa mujer que busca ya no le pertenece a la justicia de los hombres, alguacil —le dijo el anciano, con una certeza que Zarza, a pesar de sus reticencias iniciales, comenzaba a encontrar cada vez más difícil de descartar—.

Pertenece ahora a un orden más antiguo que cualquier ley que la Corona haya traído a estas tierras.

Zarza cerró finalmente el expediente oficial del caso semanas después, clasificándolo ante sus superiores como una fuga sin resolver, un desenlace administrativo que le permitió evitar mayores complicaciones burocráticas mientras, en privado, continuaba cargando con la certeza incómoda de haber presenciado algo que trascendía por completo su comprensión racional del mundo.

La ciudad, mientras tanto, continuó alimentando el mito de la mujer de blanco con cada nuevo avistamiento reportado, transformando gradualmente la tragedia concreta de Catalina en una leyenda que empezaba ya a circular más allá de los límites del barrio donde había comenzado su historia.