La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 13 — La mujer de blanco
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Capítulo 13 — La mujer de blanco

Las primeras noticias sobre la aparición de una mujer vestida de blanco junto al canal comenzaron a circular apenas dos semanas después de la desaparición de Catalina de su celda.

Un carbonero que transitaba de madrugada por el camino hacia la Alameda fue quien reportó el primer avistamiento, describiendo ante quienes quisieran escucharlo una figura femenina que caminaba junto al agua envuelta en un lamento que le heló la sangre de manera que ningún encuentro anterior en sus años de oficio nocturno le había provocado.

—Se movía como si flotara sobre el lodo, sin hundirse ni mancharse el vestido —relató el carbonero a un grupo de vecinos reunidos en la pulquería del barrio, varios días después del suceso—.

Cuando me vio, se detuvo un instante y volteó el rostro hacia mí, pero no logré distinguir sus facciones, como si la niebla misma se las ocultara.

El relato, recibido inicialmente con el escepticismo propio de quien atribuye ese tipo de historias al exceso de pulque consumido durante la noche, ganó credibilidad considerable cuando, en las semanas siguientes, otros testigos independientes comenzaron a reportar experiencias similares en distintos puntos del sistema de canales que atravesaba la ciudad.

Una lavandera que trabajaba de madrugada cerca de la Acequia Real describió haber escuchado un llanto desgarrador que parecía provenir del agua misma, un sonido que la obligó a abandonar su labor y refugiarse en su casa hasta que amaneció por completo.

Los relatos, transmitidos de boca en boca con la velocidad característica de los rumores urbanos, comenzaron a asociar de manera cada vez más explícita a la mujer de blanco con la historia reciente de Catalina, aunque nadie lograba explicar con certeza cómo una condenada que oficialmente debía encontrarse recluida en un convento podía aparecerse por las noches junto al canal.

Algunos vecinos, más versados en las tradiciones antiguas transmitidas por sus propios abuelos, empezaron a mencionar en voz baja historias similares que se remontaban a generaciones anteriores, relatos sobre mujeres que, tras cometer actos terribles impulsadas por la desesperación, quedaban condenadas a vagar eternamente sin encontrar descanso.

Nonoalca, que había perdido todo contacto con su hija desde su desaparición de la celda, escuchó estos rumores con una mezcla de terror y una comprensión profunda que pocos en la ciudad podían compartir.

Recordaba con precisión dolorosa las palabras de su propia madre sobre el destino de su abuela, sobre cómo esta había quedado atrapada entre la vida y la muerte tras el infanticidio, condenada a manifestarse junto al agua sin que ningún ritual conocido lograra liberarla de esa condena.

Una noche, incapaz de resistir la necesidad de comprobar por sí misma la veracidad de los rumores que circulaban por todo el barrio, Nonoalca se dirigió al canal poco después de la medianoche, desafiando el toque de queda con el riesgo que eso implicaba para una mujer de su edad y condición.

Encontró el lugar envuelto en una niebla más densa de lo habitual para esa época del año, y durante un momento que le pareció eterno, permaneció inmóvil escuchando el murmullo del agua contra las piedras.

Entonces la vio. A cierta distancia, junto al mismo puente donde Catalina había conocido a Rodrigo años atrás, una figura vestida de blanco permanecía de pie, con la mirada fija en el agua que corría a sus pies.

Nonoalca reconoció, con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, la silueta inconfundible de su propia hija, aunque algo en su postura, en la inmovilidad casi antinatural con la que se mantenía frente al canal, revelaba que aquella figura ya no correspondía por completo a la mujer que había criado durante veintitantos años.

—Catalina —susurró Nonoalca, dando un paso vacilante hacia la figura.

La mujer de blanco no respondió con palabras, pero giró lentamente el rostro hacia su madre, y en ese instante Nonoalca comprendió, con una certeza que le heló hasta los huesos, que algo del don heredado de Cihuacóatl había terminado por consumir por completo lo que quedaba de su hija, transformándola en algo que ya no pertenecía enteramente al mundo de los vivos ni tampoco al de los muertos, sino a un territorio intermedio reservado para quienes cargaban con una culpa demasiado grande para encontrar descanso en cualquiera de los dos.

Antes de que Nonoalca pudiera acercarse más, la figura se desvaneció entre la niebla con una rapidez que desafiaba cualquier explicación racional, dejando tras de sí únicamente el eco distante de un lamento que se perdió gradualmente entre el murmullo constante del agua.

Nonoalca permaneció ahí durante largo rato, incapaz de moverse, comprendiendo que la historia de su familia, lejos de haber terminado con la tragedia del canal, apenas empezaba a escribir su capítulo más oscuro, uno que probablemente se extendería mucho más allá de su propia vida y de la de cualquiera que hubiera conocido a Catalina antes de que la desesperación la transformara en la leyenda que la ciudad entera empezaba ya a temer.