Capítulo 11 — El grito
El grito que salió de la garganta de Catalina esa noche, según contarían después quienes vivían cerca del canal, no se parecía a ningún sonido humano que hubieran escuchado antes.
Se extendió por las calles vacías con una intensidad que despertó a medio barrio, un lamento que combinaba el dolor más profundo con algo que varios vecinos describirían después como una especie de locura instantánea, el quiebre definitivo de una mente incapaz de sostener el peso de lo que acababa de ocurrir.
Nonoalca regresó del parto que había atendido esa noche para encontrar la casa vacía, un silencio que la alarmó de inmediato dado el conocimiento profundo que tenía del estado de su hija durante las últimas semanas.
Corrió hacia el canal guiada por un instinto que no necesitó palabras para orientarse, y encontró a Catalina de rodillas junto a la orilla, empapada hasta la cintura, sosteniendo entre los brazos los cuerpos ya sin vida de Tomás e Isabel.
La escena que se desplegó ante los ojos de Nonoalca superaba cualquier temor que hubiera albergado a lo largo de los años sobre el destino que el don heredado pudiera imponerle a su hija.
Se arrodilló junto a Catalina, intentando en un primer momento revivir a los niños con técnicas que su experiencia como curandera le decía inútiles desde el principio, aunque la desesperación la llevó a intentarlo de todas formas durante minutos que después le parecerían eternos.
—Catalina —dijo finalmente, tomando el rostro de su hija entre las manos temblorosas—, ¿qué has hecho?
Catalina no respondió con palabras coherentes.
Su mirada permanecía fija en un punto indefinido más allá del hombro de su madre, y de su boca solo salían fragmentos inconexos, referencias a Rodrigo, al mercado, a un futuro que describía como imposible de soportar para sus hijos, mezclados con el mismo lamento gutural que había alertado a los vecinos minutos antes.
Los primeros curiosos empezaron a acercarse al lugar, atraídos por los gritos que todavía resonaban en el aire nocturno, y Nonoalca comprendió de inmediato que necesitaba actuar con rapidez para proteger a su hija de una situación que amenazaba con volverse todavía más terrible si la autoridad llegaba a intervenir antes de que ella lograra evaluar completamente lo ocurrido.
Con la ayuda de un vecino de confianza que había llegado entre los primeros curiosos, logró sacar a Catalina y los cuerpos de los niños del agua, trasladándolos de vuelta a la casa antes de que la multitud creciente pudiera presenciar directamente la magnitud completa de la tragedia.
Esa noche, mientras velaban en silencio los cuerpos de Tomás e Isabel, Nonoalca intentó, sin éxito, obtener de Catalina algún relato coherente de lo sucedido.
Su hija permanecía en un estado que oscilaba entre el mutismo absoluto y episodios breves de llanto incontrolable, incapaz de articular una explicación que ni ella misma parecía comprender del todo.
Nonoalca reconoció en ese estado los mismos síntomas que, según le habían contado, había mostrado su propia madre en circunstancias similares décadas atrás, una desconexión de la realidad que la tradición familiar asociaba directamente con la manifestación más extrema y trágica del don heredado de Cihuacóatl.
Al amanecer, la noticia de la muerte de los dos niños ya circulaba por todo el barrio, transformándose con cada repetición en versiones cada vez más dramáticas de lo ocurrido.
Algunos vecinos hablaban de un accidente, atribuyendo la tragedia a un descuido momentáneo de una madre agobiada por las dificultades económicas; otros, sin embargo, ya empezaban a murmurar sobre la posibilidad de un acto deliberado, alimentados por rumores previos sobre la relación de Catalina con Rodrigo y sobre la ruptura reciente que había dejado a la joven madre sin ningún sostén económico.
Fray Melchor se enteró de la tragedia esa misma mañana, a través de un mensajero que llegó apresuradamente a la casa de los Aldama con la noticia.
El fraile sintió un peso de culpa inmediato al recordar su última conversación con Catalina, la calma inquietante con la que había recibido la noticia de que la ayuda de Rodrigo cesaría definitivamente, una serenidad que en retrospectiva reconocía como una señal de alarma que no había sabido interpretar a tiempo.
Se presentó en la casa de Nonoalca esa misma tarde, encontrando a Catalina todavía sumida en el mismo estado de desconexión que había mostrado durante toda la noche anterior.
Intentó ofrecerle algún consuelo espiritual, aunque las palabras que había usado en ocasiones anteriores le resultaban ahora completamente insuficientes frente a la magnitud de lo ocurrido.
—No hay perdón posible para lo que he hecho, padre —dijo Catalina, en uno de los pocos momentos de lucidez que mostró durante esa visita—. Ni Dios, ni mi madre, ni yo misma podremos perdonarme jamás.
Fray Melchor, conmovido por la desesperación evidente en las palabras de Catalina, le recordó la misericordia infinita que la doctrina atribuía a Dios incluso frente a los pecados más graves, pero reconoció en su fuero interno que esas palabras, formuladas con la mejor intención, difícilmente lograrían alcanzar a una mujer que parecía haber cruzado ya un umbral desde el cual el consuelo religioso convencional resultaba insuficiente.