La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 10 — La noche del canal
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Capítulo 10 — La noche del canal

Durante algunas semanas, el arreglo mediado por fray Melchor pareció ofrecer cierta estabilidad a la vida de Catalina.

Las contribuciones económicas, aunque modestas, le permitieron mejorar la alimentación de sus hijos y reducir la dependencia constante del apoyo de Nonoalca, cuya propia situación económica también se veía afectada por la crisis prolongada que atravesaba la familia.

Sin embargo, esa estabilidad resultó ser más frágil de lo que Catalina había esperado.

Todo cambió una tarde de septiembre, cuando Inés de Aldama descubrió, a través de una revisión meticulosa de las cuentas domésticas que su hijo administraba con menos cuidado del habitual, indicios de sumas de dinero que no lograba justificar dentro de los gastos ordinarios de la casa.

La confrontación entre madre e hijo resultó más violenta que cualquiera de las anteriores, culminando en una amenaza explícita de Inés de desheredar completamente a Rodrigo si continuaba destinando recursos familiares hacia lo que ella calificaba, sin ambages, como el mantenimiento de una amante y sus bastardos.

Rodrigo, atemorizado por la posibilidad real de perder su posición económica y social, cedió finalmente a las exigencias de su madre, comunicando a fray Melchor, en una conversación breve y cargada de vergüenza evidente, que no podría continuar enviando ayuda alguna a Catalina en el futuro inmediato.

El fraile, consciente de la gravedad de esa decisión para la familia que dependía de esos recursos, intentó persuadir a Rodrigo de reconsiderar, pero encontró en él una determinación que reflejaba, más que convicción propia, el miedo genuino ante la ira de su madre.

La noticia llegó a Catalina a través de fray Melchor, quien se presentó personalmente en su casa para comunicarle, con evidente pesar, que la ayuda económica de Rodrigo cesaría de manera definitiva.

Catalina recibió la información con una calma que preocupó al fraile más que cualquier reacción de ira o desesperación abierta, una serenidad que no correspondía con la gravedad de la noticia que acababa de recibir.

—Entiendo, padre —dijo simplemente, sin ofrecer más comentario sobre el asunto, dejando al fraile con una inquietud que no supo cómo abordar antes de retirarse esa tarde.

Los días siguientes transcurrieron para Catalina en un estado que ella misma describiría después, en los pocos momentos de lucidez que le quedarían, como una especie de niebla constante que le impedía distinguir con claridad los límites entre lo que sentía y lo que la rodeaba.

Los sueños con el agua desbordada, que habían mermado ligeramente durante las semanas de relativa estabilidad económica, regresaron con una intensidad que superaba cualquier episodio anterior, acompañados ahora de una voz que Catalina identificaba, con un terror que no lograba explicar del todo, como la voz de su propia abuela.

Nonoalca, alarmada por el estado de su hija, intentó en varias ocasiones acercarse a ella para ofrecerle el apoyo que le había prometido años atrás, la noche en que le hizo prometer que acudiría a ella antes de tomar cualquier decisión irreversible.

Sin embargo, Catalina, sumida en un aislamiento que se profundizaba día tras día, evitaba esas conversaciones con excusas cada vez más evasivas, encerrándose durante horas en la habitación que compartía con Tomás e Isabel, sin permitir que nadie, ni siquiera su propia madre, se acercara a comprender la magnitud real de lo que atravesaba.

La noche decisiva llegó un jueves de finales de septiembre, bajo un cielo cargado de nubes que anunciaban una tormenta tardía para esa época del año.

Nonoalca había salido esa tarde a atender un parto complicado en un barrio cercano, confiando en que Catalina, ya más tranquila en apariencia durante los últimos días, podría cuidar sola de los niños durante las horas necesarias.

Lo que ocurrió exactamente esa noche, Catalina nunca lograría reconstruirlo después con precisión completa, como si su propia mente hubiera decidido proteger algo de sí misma fragmentando el recuerdo en pedazos inconexos.

Recordaría el peso de Isabel dormida contra su pecho, la mano pequeña de Tomás sujetando la suya mientras caminaban juntos hacia el canal bajo la luz escasa de una luna oculta entre nubarrones, y una convicción que se había instalado en su mente con la fuerza de una certeza absoluta: que el mundo que esperaba a sus hijos, marcados desde el nacimiento por el desprecio y el abandono, resultaba más cruel que cualquier alternativa que ella pudiera ofrecerles esa noche.

El agua del canal, crecida por las lluvias recientes, corría con una fuerza inusual para esa época del año.

Catalina se detuvo en el mismo puente donde años atrás había conocido a Rodrigo, donde habían compartido las primeras conversaciones que ella todavía recordaba con una ternura que contrastaba dolorosamente con la desesperación que sentía en ese momento.

Permaneció ahí un tiempo que le resultó imposible calcular después, sosteniendo a sus dos hijos, escuchando el murmullo del agua que su madre siempre había descrito como una memoria viva de todo lo que ocurría junto a ella.

No hubo, en el recuerdo fragmentado que Catalina conservaría de esa noche, un momento único y definido de decisión consciente, sino más bien una sucesión de instantes que se deslizaron uno tras otro sin que ella lograra, o quisiera, detener su curso.

Cuando finalmente la lucidez regresó a su mente, ya era demasiado tarde para deshacer lo que sus propias manos habían consumado, y el canal que tantas veces había sido testigo silencioso de su vida entera se convirtió, en cuestión de minutos, en el escenario de la tragedia que definiría el resto de su existencia.