La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 9 — La confesión
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Capítulo 9 — La confesión

En las semanas que siguieron a la ruptura definitiva con Rodrigo, Catalina se encontró sumida en un estado de angustia que ni las infusiones de Nonoalca ni la compañía constante de sus hijos lograban aliviar.

Dormía poco, y cuando finalmente el sueño la vencía, los presagios de agua desbordada regresaban con una violencia que la dejaba temblando al despertar, empapada en un sudor frío que contrastaba con el calor sofocante de las noches de verano.

Nonoalca, preocupada por el deterioro visible de su hija, insistió en que buscara consuelo en la confesión, práctica que Catalina había abandonado casi por completo durante los años de su relación clandestina con Rodrigo, temerosa de que cualquier confesor la juzgara con la misma dureza que ya recibía del resto de la sociedad.

Finalmente, cediendo a la insistencia de su madre, Catalina acudió una mañana a la iglesia de su barrio, donde encontró a fray Melchor de Ubeda oficiando el confesionario para los feligreses más humildes, una tarea que asumía voluntariamente pese a su posición como confesor de familias principales como los Aldama.

El fraile, que conocía perfectamente la historia de Rodrigo y Catalina gracias a las confidencias que el propio Rodrigo le había hecho años atrás, reconoció de inmediato a la mujer que se arrodillaba frente a la reja del confesionario, aunque mantuvo la discreción propia de su oficio sin revelar ese conocimiento previo.

—Hace mucho que no vengo a confesarme, padre —comenzó Catalina, con una voz que apenas lograba mantenerse firme—. Cargo con pecados que no sé cómo nombrar sin que suenen peores de lo que en realidad son.

Fray Melchor la animó a continuar con la paciencia acumulada de años escuchando confesiones similares, y Catalina, envuelta en la penumbra protectora del confesionario, terminó relatando la historia completa de su relación con Rodrigo, el nacimiento de sus dos hijos, el abandono progresivo que había culminado en la humillación pública del mercado y en la ruptura definitiva de hacía apenas unas semanas.

—Me siento condenada, padre —confesó Catalina hacia el final del relato—, no solo por la sociedad que me desprecia, sino por algo más profundo que llevo dentro desde hace meses, una sensación de que una desgracia mayor todavía está por llegar.

Fray Melchor guardó silencio un momento, sopesando cuidadosamente las palabras que ofrecería a una mujer que claramente cargaba con un peso emocional que superaba con creces la capacidad habitual de consuelo que la doctrina podía proporcionar.

Le habló de la misericordia divina, de la importancia de la resignación cristiana ante las pruebas que la vida imponía, de la necesidad de encomendar a sus hijos al cuidado de la Providencia mientras ella continuaba luchando por sacarlos adelante con dignidad.

—Rece cada noche por la fortaleza necesaria para superar estos momentos —le aconsejó el fraile—, y confíe en que Dios no abandona a quienes sufren injustamente, aunque a veces su designio resulte difícil de comprender para nuestro entendimiento limitado.

Catalina escuchó esas palabras con una gratitud sincera, aunque en el fondo reconocía que ningún consejo espiritual, por bien intencionado que fuera, lograba abordar la raíz concreta de sus problemas: la falta de recursos para alimentar adecuadamente a sus hijos, el desprecio constante de vecinos y desconocidos, la ausencia cada vez más definitiva de un padre que había prometido protección y finalmente había optado por el silencio conveniente de su nueva vida matrimonial.

Al salir del confesionario, Catalina se encontró con fray Melchor esperándola en el atrio de la iglesia, fuera ya del contexto formal de la confesión, con una expresión que revelaba una preocupación más personal que la que había mostrado durante el sacramento.

—Conozco a Rodrigo desde niño —dijo el fraile, sin rodeos—, y sé que en el fondo no es un hombre cruel, aunque sus decisiones recientes hayan causado un daño real. Permítame intentar hablar con él, tal vez logre convencerlo de asumir al menos una responsabilidad económica mínima hacia sus hijos.

Catalina aceptó el ofrecimiento con una mezcla de esperanza y escepticismo, consciente de que las palabras de un fraile, por respetado que fuera, difícilmente lograrían lo que sus propias súplicas no habían conseguido en meses de insistencia.

Sin embargo, algo en la sinceridad de fray Melchor le permitió, por primera vez en semanas, considerar que quizás no todo estaba perdido del todo.

El fraile cumplió su palabra días después, buscando a Rodrigo en privado para exponerle la gravedad de la situación en la que había dejado a Catalina y a sus hijos.

Rodrigo escuchó las palabras del confesor familiar con una incomodidad evidente, consciente de que la reputación de fray Melchor ante su madre le impedía descartar completamente sus consejos como había hecho con los reclamos directos de Catalina.

—Sé que he actuado mal —admitió Rodrigo ante el fraile, con un rastro de la culpa que llevaba semanas cargando en silencio—, pero cualquier gesto de apoyo económico hacia esa casa sería descubierto de inmediato por mi esposa o por mi madre, y las consecuencias podrían ser peores para todos, incluyendo para Catalina y los niños.

Fray Melchor insistió en que existían maneras discretas de canalizar cierta ayuda sin comprometer la posición social de Rodrigo, ofreciéndose incluso a servir de intermediario para evitar cualquier contacto directo que pudiera levantar sospechas.

Rodrigo, tras varios días de reflexión, accedió finalmente a enviar una suma modesta a través del fraile, un gesto que, aunque insuficiente para resolver de raíz la precariedad económica de Catalina, representaba al menos un reconocimiento tácito de su responsabilidad hacia los hijos que había engendrado.

El dinero llegó a manos de Catalina a través de fray Melchor una semana después, acompañado de un mensaje breve donde Rodrigo prometía continuar con esas contribuciones de manera regular, aunque siempre a través del fraile para evitar cualquier riesgo de exposición pública.

Catalina recibió la ayuda con sentimientos encontrados, agradecida por el alivio económico inmediato pero dolida ante la confirmación definitiva de que Rodrigo prefería mantener su relación con sus propios hijos reducida a transacciones discretas mediadas por terceros, incapaz de asumir ante su familia y ante la sociedad la existencia real de aquellos dos niños que llevaban su sangre.