La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 8 — El desprecio
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Capítulo 8 — El desprecio

La ocasión que Catalina había esperado para exigir una respuesta definitiva de Rodrigo llegó de manera abrupta e inesperada, en circunstancias que ella jamás hubiera podido planear ni desear.

Una tarde de domingo, mientras acompañaba a Nonoalca al mercado con Tomás caminando a su lado e Isabel dormida en el rebozo que le cruzaba el pecho, se topó de frente con Beatriz de Aldama, quien paseaba acompañada de dos criadas por el mismo corredor de puestos que Catalina frecuentaba desde niña.

El encuentro duró apenas unos segundos, el tiempo suficiente para que ambas mujeres se reconocieran sin necesidad de presentación formal alguna.

Beatriz, que evidentemente ya había escuchado rumores sobre la existencia de aquella otra familia de su esposo, observó a Tomás con una fijeza que no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba comparando: los rasgos del niño, la barbilla heredada de Rodrigo, la evidencia innegable de un parecido que ninguna excusa podría desmentir después.

—Así que es cierto lo que se rumora por la ciudad —dijo Beatriz, con una voz que combinaba el desprecio con una tristeza que Catalina no esperaba encontrar en el rostro de su rival—. Mi esposo tiene una segunda familia escondida entre los indios del canal.

Catalina, sorprendida por el encuentro y consciente de las miradas que ya empezaban a converger sobre la escena, intentó mantener la compostura frente a una mujer que, después de todo, también había sido engañada por las mismas promesas incumplidas de Rodrigo, aunque desde un lugar de privilegio muy distinto al suyo.

—No pretendo defender lo que su esposo ha hecho —respondió Catalina, eligiendo las palabras con cuidado—, pero mis hijos no tienen culpa de las decisiones que él tomó antes y después de casarse con usted.

Beatriz guardó silencio un momento, evaluando quizás la honestidad inesperada de aquella respuesta, antes de que su expresión se endureciera de nuevo con la dureza propia de quien ha decidido proteger lo poco que le queda de dignidad ante una humillación pública.

—Puede que sus hijos no tengan culpa —dijo finalmente—, pero usted la tiene entera por haber aceptado ser la amante de un hombre casado, sabiendo perfectamente lo que eso significaba para todos los involucrados.

Las palabras de Beatriz, aunque injustas en su simplificación de una historia mucho más compleja de lo que ella conocía, calaron hondo en Catalina, que sintió sobre sus hombros el peso acumulado de meses de rumores, miradas de desprecio y comentarios susurrados que hasta entonces había logrado ignorar con relativo éxito.

El encuentro terminó ahí, sin más palabras cruzadas, pero la noticia se extendió por el barrio con una velocidad que Catalina no había anticipado.

Esa misma tarde, al regresar a casa, Catalina encontró en la puerta a dos vecinas que habían decidido, sin que nadie se los pidiera, expresarle directamente su opinión sobre el escándalo que su relación con Rodrigo había provocado.

Los comentarios, cargados de un moralismo que Catalina reconocía perfectamente por haber escuchado versiones similares dirigidas hacia otras mujeres del barrio a lo largo de los años, la acusaban de haber destruido un matrimonio legítimo, de haber corrompido con brujería a un hombre honesto, de merecer el desprecio que la ciudad entera parecía dispuesta a ofrecerle sin reservas.

Nonoalca intervino con firmeza para dispersar a las vecinas, pero el daño ya estaba hecho.

Catalina se encerró en la casa el resto del día, incapaz de contener las lágrimas que había logrado reprimir durante meses de dificultades progresivas, mientras Tomás, sin comprender del todo la magnitud de lo que ocurría, la observaba con una preocupación que resultaba conmovedora en un niño tan pequeño.

La noticia del encuentro con Beatriz llegó hasta Rodrigo esa misma noche, a través de comentarios que circularon rápidamente entre los círculos sociales de ambas familias.

Furioso por lo que consideraba una imprudencia de Catalina, aunque el encuentro había sido completamente casual, Rodrigo se presentó en su casa al día siguiente exigiendo explicaciones sobre lo ocurrido en el mercado.

—¿Cómo pudiste dejar que Beatriz viera a los niños? —reclamó, sin ocultar la irritación en su voz—. Ahora tendré que enfrentar preguntas incómodas en mi propia casa por tu descuido.

Catalina, que esperaba encontrar en Rodrigo algún rastro de comprensión ante la humillación que ella misma acababa de sufrir públicamente, sintió que aquella acusación terminaba de romper algo que llevaba semanas resquebrajándose en su interior.

—No fue descuido mío —respondió, con una voz que temblaba de rabia contenida—. Fue un encuentro casual en el mercado donde compro comida para tus hijos, algo que hago cada semana porque tú no apareces con la regularidad suficiente para asegurarte de que tengan qué comer.

La discusión que siguió se extendió durante buena parte de la tarde, ambos acusándose mutuamente de las consecuencias de decisiones que, en realidad, habían tomado juntos desde el principio de su relación.

Rodrigo reprochó a Catalina la vergüenza pública que su situación le provocaba ante Beatriz y ante su madre; Catalina, por su parte, le recordó las promesas incumplidas de Guadalajara, del reconocimiento legal de sus hijos, de una protección económica que nunca había terminado de materializarse en algo concreto.

—Estoy cansada de vivir dependiendo de tus visitas cada vez más espaciadas —dijo Catalina finalmente, con una determinación que sorprendió al propio Rodrigo—. Necesito que decidas de una vez qué vas a hacer con tus hijos, porque yo ya no puedo seguir esperando promesas que nunca se cumplen.

Rodrigo, acorralado entre las exigencias de Catalina y la presión constante de su vida matrimonial, respondió con una frialdad que Catalina no le había conocido hasta entonces, una dureza que probablemente había heredado de su madre y que hasta ese momento había mantenido oculta tras la ternura que solía mostrarle.

—No puedo prometerte nada más de lo que ya te he dado —dijo—. Tal vez sea momento de que aceptes que esta situación nunca va a cambiar de la manera en que tú esperas.

Esas palabras, pronunciadas con una resignación que a Catalina le pareció más cruel que cualquier grito, marcaron el principio del fin de cualquier esperanza que ella todavía conservara sobre un futuro compartido con Rodrigo.

Lo vio marcharse esa tarde con una sensación de vacío que no había experimentado antes con tanta intensidad, consciente de que algo fundamental acababa de romperse entre ambos, algo que ninguna disculpa posterior lograría reparar del todo.