La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 7 — El segundo hijo
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Capítulo 7 — El segundo hijo

Rodrigo cumplió, durante los primeros meses de su matrimonio, con la promesa de continuar visitando a Catalina y a Tomás, aunque cada visita exigía ahora un despliegue de precauciones mucho mayor que antes, pretextos elaborados ante Beatriz y ante su madre, horarios calculados para coincidir con las ausencias del resto de la casa.

Catalina aceptó esas condiciones durante un tiempo, aferrada a la esperanza de que la situación mejorara eventualmente, aunque cada visita le recordaba con dolor renovado el estatus precario que ocupaba en la vida de aquel hombre.

El segundo embarazo llegó hacia finales del primer año de matrimonio de Rodrigo, en circunstancias que Catalina no había planeado ni deseado con la misma intensidad que el primero.

Se lo comunicó durante una de sus visitas nocturnas, observando con atención la reacción de Rodrigo, que esta vez combinó la alegría genuina que sentía hacia sus hijos con una preocupación evidente sobre cómo explicaría a Beatriz una ausencia adicional de su atención, sobre cómo justificaría ante su madre recursos que empezaban a desviarse hacia una familia que oficialmente no existía.

—Beatriz sospecha algo —confesó Rodrigo una noche, mientras Catalina amamantaba a la recién nacida, a quien había puesto por nombre Isabel—. No sé cuánto tiempo más podré mantener oculta esta situación sin que estalle un escándalo que nos perjudique a todos.

Catalina, endurecida ya por meses de promesas incumplidas y visitas cada vez más espaciadas, respondió con una franqueza que hasta entonces se había esforzado en evitar.

—Tal vez ya es hora de que decidas de una vez qué familia proteges de verdad —dijo, sin apartar la mirada de la pequeña Isabel—, porque yo no puedo seguir criando a tus hijos en las sombras mientras tú disfrutas de una vida completa con otra mujer.

La confrontación marcó un punto de inflexión en la relación entre ambos.

Rodrigo, presionado desde múltiples frentes, comenzó a espaciar sus visitas con excusas cada vez más frágiles, alegando enfermedades inventadas, viajes de negocios que resultaban difíciles de verificar, obligaciones sociales que su nueva posición matrimonial le exigía cumplir.

Catalina, mientras tanto, se encontró sola cada vez con mayor frecuencia frente a la crianza de dos hijos pequeños, dependiendo casi exclusivamente del apoyo de Nonoalca para mantener a flote una casa cuyos gastos habían aumentado sin que los ingresos correspondientes lo hicieran de la misma manera.

Las vecinas del barrio, que durante el primer embarazo se habían limitado a susurros discretos, empezaron a hacer comentarios más abiertos ante el nacimiento de un segundo hijo evidentemente producto de la misma relación prohibida.

Catalina caminaba hacia el mercado cargando a Isabel entre los brazos y llevando de la mano a Tomás, ya capaz de caminar por sí mismo, mientras sentía sobre ella el peso de miradas que combinaban curiosidad, desprecio y una especie de satisfacción moral ante la confirmación de que sus predicciones sobre el destino de aquella mujer se cumplían tal como habían anticipado.

Nonoalca, testigo directo del deterioro progresivo de la situación de su hija, intentó en varias ocasiones convencerla de exigir a Rodrigo compromisos más concretos, documentos legales que al menos garantizaran cierta estabilidad económica para los niños, independientemente de lo que ocurriera con la relación amorosa entre ambos adultos.

Catalina, sin embargo, se resistía a formalizar cualquier arreglo que implicara reconocer abiertamente la naturaleza de su vínculo con Rodrigo, temerosa de las consecuencias legales que semejante reconocimiento público podría acarrear tanto para ella como para sus hijos.

—No puedes seguir dependiendo de su buena voluntad —le advirtió Nonoalca una tarde, mientras observaba a Catalina remendar ropa vieja de Tomás para adaptarla al tamaño creciente de Isabel—.

Los hombres como él olvidan sus promesas en cuanto dejan de resultarles convenientes, y tú te quedarás sin nada cuando eso ocurra.

—Todavía viene a vernos —respondió Catalina, aunque incluso ella misma reconocía la debilidad de ese argumento frente a la evidencia acumulada de visitas cada vez más escasas—. Todavía se preocupa por los niños.

Nonoalca no insistió más esa tarde, pero la preocupación por el futuro de su hija y sus nietos la acompañó de manera constante durante los meses siguientes, mientras observaba cómo Catalina se debatía entre la esperanza persistente de que Rodrigo finalmente cumpliera sus promesas y una realidad cada vez más evidente que apuntaba en dirección contraria.

Los sueños con el agua desbordada, que Catalina había logrado mantener bajo cierto control durante los primeros meses de su relación con Rodrigo, regresaron con una intensidad renovada tras el nacimiento de Isabel, acompañados ahora de una angustia física que le costaba disimular ante sus hijos durante el día.

Una noche, después de una visita particularmente breve y tensa de Rodrigo, en la que apenas logró quedarse una hora antes de inventar una excusa para marcharse, Catalina permaneció despierta observando a sus dos hijos dormir en la única cama de la habitación que compartían.

Sintió, con una claridad que la asustó por su intensidad, que el futuro que había imaginado para Tomás e Isabel se estrechaba cada día un poco más, atrapado entre la indiferencia creciente de un padre ausente y el desprecio abierto de una sociedad que nunca les perdonaría del todo el origen de su nacimiento.

Fue esa misma noche cuando, por primera vez, Catalina se permitió considerar seriamente exigir a Rodrigo una decisión definitiva, ya fuera el reconocimiento pleno de sus hijos y el sostén económico correspondiente, o la ruptura total de cualquier vínculo que la mantuviera atada a esperanzas que cada vez le parecían más vacías.

No sabía todavía cuál de esas dos opciones resultaría más dolorosa a largo plazo, pero comprendía, con una determinación nueva que la sorprendió a ella misma, que la incertidumbre en la que vivía desde hacía meses ya no era un precio que estuviera dispuesta a seguir pagando indefinidamente.