La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 6 — La boda anunciada
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Capítulo 6 — La boda anunciada

Inés de Aldama actuó con la eficacia propia de quien ha pasado años administrando negocios familiares en momentos de crisis.

En menos de dos semanas, adelantó la fecha de la boda entre su hijo y Beatriz de Villaseñor, alegando ante don Alonso razones relacionadas con la salud de su propia madre, cuya supuesta debilidad exigía ver consolidado el matrimonio antes de que el destino le arrebatara la oportunidad de presenciarlo.

Don Alonso, ajeno por completo a la verdadera motivación detrás de la premura, aceptó gustoso el cambio de calendario.

Rodrigo se enteró de la nueva fecha por boca de su propia madre, durante una cena en la que Inés expuso los detalles con la misma naturalidad con la que hubiera anunciado cualquier transacción comercial.

La boda se celebraría en apenas seis semanas, en la catedral, con la asistencia de las familias más prominentes de la ciudad, un despliegue de recursos que Inés consideraba necesario para sofocar de una vez por todas cualquier rumor sobre el comportamiento indecoroso de su hijo.

—No puedes hacer esto sin consultarme —protestó Rodrigo, con una indignación que no lograba disimular el temor de fondo que la noticia le provocaba.

—Ya te consulté durante meses, hijo —respondió Inés, sin alterar en absoluto la compostura que la caracterizaba incluso en los momentos de mayor tensión—.

Tu silencio fue tu respuesta, y ahora corresponde actuar antes de que el escándalo que tú mismo provocaste termine arruinando el apellido entero.

Rodrigo intentó, durante los días siguientes, encontrar alguna manera de detener aquel proceso que sentía avanzar sin su consentimiento real, pero cada intento chocaba contra la determinación inquebrantable de su madre y contra la maquinaria social ya puesta en marcha, invitaciones enviadas, contratos firmados, arreglos económicos acordados entre ambas familias que resultaban prácticamente imposibles de revertir sin generar un conflicto de proporciones mayores a las que Rodrigo se sentía capaz de enfrentar.

Le confesó la situación a Catalina una noche particularmente fría, en la que ambos permanecieron largo rato en silencio antes de que él encontrara las palabras adecuadas para transmitir la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Catalina escuchó la noticia con una calma que sorprendió incluso a ella misma, como si en algún nivel profundo hubiera anticipado ese desenlace desde el principio de la relación, desde la primera vez que Nonoalca le había advertido sobre los hombres que llegaban a las orillas del canal sin medir las consecuencias de sus actos.

—¿Piensas casarte con ella? —preguntó Catalina, con una voz que se esforzaba por mantenerse firme.

—No tengo alternativa —respondió Rodrigo, evitando la mirada de Catalina mientras hablaba—. Si me niego ahora, mi madre podría desheredarme, y sin recursos propios no podría ofrecerte a ti ni a Tomás ninguna protección real.

La lógica de ese argumento, por más razonable que sonara en abstracto, no logró aliviar el dolor concreto que Catalina sintió al escuchar la confirmación de sus peores temores.

Le recordó a Rodrigo, con una amargura que llevaba semanas conteniendo, la promesa que le había hecho sobre Guadalajara, sobre el reconocimiento legal de su hijo, sobre un futuro construido lejos de la sombra constante de Inés de Aldama.

—Sigo pensando en todo eso —respondió Rodrigo, tomándola de las manos con una desesperación que a Catalina le pareció, esta vez, más auténtica que en ocasiones anteriores—.

La boda no cambia lo que siento por ti ni por nuestro hijo.

Encontraré la manera de mantenerlos a ambos bajo mi protección, aunque tenga que hacerlo en secreto durante algún tiempo.

Catalina retiró las manos despacio, consciente de que aquella promesa, formulada en las circunstancias actuales, equivalía en la práctica a convertirla en una amante oculta, alguien a quien Rodrigo visitaría cuando las obligaciones de su nueva vida matrimonial se lo permitieran, sin ofrecerle a Tomás ningún estatus real más allá de la caridad discreta que su padre pudiera proporcionarle a escondidas.

—Eso no es suficiente para mí, ni para nuestro hijo —dijo finalmente, con una determinación que sorprendió al propio Rodrigo—. No pienso convertirme en un secreto que guardas junto con las cuentas que no quieres que tu madre revise.

La conversación terminó sin resolución clara, ambos regresando a sus respectivas casas cargando un peso que ninguno de los dos sabía todavía cómo manejar.

Nonoalca, al enterarse de la noticia de la boda por comentarios que ya circulaban abiertamente por el barrio, no expresó sorpresa alguna ante su hija, aunque el gesto de resignación que cruzó por su rostro reveló que había anticipado ese desenlace desde el principio de la relación.

—Ahora entiendes mejor la historia de tu abuela —dijo Nonoalca, mientras preparaba una infusión para calmar el llanto de Tomás, que parecía percibir la tensión que se respiraba en la casa desde hacía días—.

Los hombres como Rodrigo rara vez eligen el amor cuando este entra en conflicto con la fortuna familiar.

Catalina no respondió de inmediato, sumida en una mezcla de rabia y desesperanza que le costaba articular en palabras.

Se preguntó, durante esas noches insomnes que siguieron al anuncio de la boda, si había cometido el mismo error que su abuela, confiando en las promesas de un hombre que finalmente elegiría el camino más conveniente para su posición social, dejándola sola frente a un hijo y frente a una ciudad dispuesta a juzgarla sin piedad por las circunstancias de su nacimiento.

La boda se celebró finalmente un sábado de mayo, con toda la pompa que Inés había planeado meticulosamente.

Catalina no asistió, por supuesto, pero se enteró de cada detalle a través de comentarios que circulaban por el mercado durante los días siguientes: el vestido de Beatriz bordado con hilos de plata traídos especialmente de España, el banquete que se extendió hasta pasada la medianoche, la felicidad aparente de los novios ante los ojos de una sociedad que celebraba, sin saberlo, la ruptura silenciosa de otra familia igualmente real aunque nunca reconocida.

Esa misma noche, mientras la ciudad entera parecía concentrada en los festejos de la casa Aldama, Catalina permaneció despierta junto a la cuna de Tomás, escuchando el murmullo distante del canal a través de la ventana entreabierta.

Sintió, con una claridad que no había experimentado antes con esa intensidad, que el futuro que había imaginado junto a Rodrigo se había desvanecido definitivamente esa noche, aunque él siguiera insistiendo en promesas de protección secreta que Catalina, cada vez con mayor convicción, sospechaba imposibles de sostener a largo plazo.