La Llorona – La mujer antes de la Leyenda Capítulo 5 — El primer hijo
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Capítulo 5 — El primer hijo

El primer indicio llegó en forma de un mareo que Catalina atribuyó al cansancio acumulado de semanas enteras trabajando junto a su madre en la preparación de remedios para la temporada de fríos.

Solo cuando la ausencia de su sangrado se extendió más allá de lo habitual, y cuando el olor del copal que Nonoalca quemaba cada mañana empezó a provocarle náuseas imposibles de disimular, Catalina comprendió que su cuerpo cargaba una verdad que pronto sería imposible de ocultar ante los ojos atentos de su madre.

Nonoalca lo supo antes de que Catalina encontrara las palabras para confesarlo. Una tarde, mientras trituraban juntas semillas de cacao para un remedio contra el frío, su madre se detuvo a mitad del gesto y la observó con una fijeza que no admitía evasivas.

—¿Cuánto tiempo llevas sin sangrar? —preguntó, sin preámbulo alguno.

Catalina sintió que el molcajete se le resbalaba entre las manos, y el silencio que siguió a la pregunta funcionó como respuesta suficiente para ambas.

Nonoalca cerró los ojos un instante, respirando hondo antes de continuar, y cuando volvió a hablar, su voz había perdido cualquier rastro de la severidad que Catalina había anticipado.

—Tendrás que decidir pronto qué hacer con esta criatura —dijo—, y también qué le dirás a Rodrigo, si es que piensas decirle algo.

La pregunta sobre Rodrigo pesó sobre Catalina durante los días siguientes con una intensidad que le costaba manejar.

Sabía que el compromiso con Beatriz de Villaseñor seguía adelante pese a las dudas que él le confesaba en cada encuentro nocturno, y temía que la noticia del embarazo terminara de inclinar la balanza hacia la decisión más conveniente para su familia, dejándola sola con una criatura que la ciudad entera consideraría motivo de vergüenza antes que de celebración.

Decidió finalmente contárselo una noche de marzo, en el mismo rincón apartado de la Alameda donde se habían encontrado tantas veces desde el invierno anterior.

Rodrigo escuchó la noticia en silencio, y por un momento, largo e insoportable, Catalina no logró distinguir en su rostro si la reacción se acercaba más al miedo o a la alegría genuina.

—Un hijo —repitió Rodrigo, como si necesitara pronunciar la palabra en voz alta para terminar de creerla—. Un hijo nuestro.

—No tienes que fingir entusiasmo que no sientes —respondió Catalina, con una dureza que buscaba protegerla de antemano de cualquier decepción posterior—. Sé perfectamente lo que esto significa para tu familia, para el compromiso con la hija de don Alonso.

Rodrigo la tomó de las manos con una firmeza que Catalina no esperaba, y le aseguró, con una convicción que sonaba sincera aunque ella dudara de su capacidad para sostenerla, que aquella noticia no cambiaba en nada la promesa que le había hecho meses atrás sobre Guadalajara, sobre el futuro que planeaban construir lejos de la vigilancia de Inés y de los compromisos heredados de su padre.

Le pidió tiempo, solo unas semanas más, para terminar de organizar los detalles del viaje sin levantar sospechas prematuras.

Catalina aceptó esperar, aunque cada día que pasaba sin noticias concretas alimentaba una inquietud que las infusiones de su madre apenas lograban calmar.

El embarazo avanzó durante la primavera envuelto en un secreto cada vez más difícil de sostener, sobre todo cuando el cuerpo de Catalina empezó a delatar lo que las palabras todavía se esforzaban en ocultar.

Las vecinas del barrio, atentas siempre a los detalles que revelaban la vida ajena, comenzaron a intercambiar miradas y susurros cada vez que la veían pasar hacia el mercado.

Nonoalca enfrentó esos rumores con la entereza acumulada de años de vivir bajo el escrutinio constante de una sociedad que nunca terminaba de aceptarla del todo.

Preparó a Catalina para el parto con la misma dedicación con la que le había enseñado el oficio de curandera, transmitiéndole cada técnica y cada oración que ella misma había aprendido de su propia madre en circunstancias similares.

El niño nació una madrugada de julio, entre gritos que despertaron a medio barrio y que Nonoalca logró contener parcialmente cerrando bien las puertas de la casa.

Le pusieron por nombre Tomás, en honor a un tío materno fallecido años atrás, y desde el primer instante en que Catalina lo tuvo entre los brazos, sintió que cualquier duda sobre el precio que estaba dispuesta a pagar por aquella criatura se disolvía frente a la certeza inmediata del amor que le inspiraba.

Rodrigo llegó a conocer a su hijo dos días después del nacimiento, aprovechando una de las escasas noches en que lograba escapar de la vigilancia creciente de su madre.

Sostuvo al niño con una torpeza enternecedora, incapaz de ocultar la emoción que le provocaba aquel pequeño rostro que combinaba, de manera evidente para cualquiera que los conociera a ambos, rasgos heredados de sus dos linajes.

—Es hermoso —dijo, con la voz quebrada por una emoción que Catalina no le había visto expresar antes con tanta franqueza—. Se parece a ti, sobre todo en los ojos.

—También tiene tu barbilla —respondió Catalina, permitiéndose por primera vez en semanas un momento de felicidad sin reservas—. Y espero que tenga tu terquedad para conseguir lo que quiere, porque le hará falta en esta ciudad.

La broma, aunque ligera en apariencia, contenía una verdad que ninguno de los dos podía ignorar del todo: el hijo de ambos crecería marcado desde su nacimiento por una condición que la sociedad novohispana clasificaba con precisión burocrática y desprecio simultáneo, un estatus que determinaría sus oportunidades, sus posibilidades de matrimonio, incluso su acceso a ciertos oficios y cofradías, independientemente de las virtudes que pudiera desarrollar con los años.

Rodrigo prometió, esa noche y las siguientes, que encontraría la manera de reconocer legalmente al niño en cuanto lograra organizar la partida hacia Guadalajara, un acto que le daría a Tomás al menos parte de los privilegios que la sociedad reservaba exclusivamente a los hijos legítimos.

Catalina quiso creer en esa promesa con la misma fe con la que había creído en las anteriores, pero conforme pasaban las semanas sin que el viaje terminara de concretarse, la inquietud que había sentido desde el principio del embarazo comenzó a resurgir con una intensidad renovada.

La situación se complicó todavía más cuando Inés de Aldama, alertada por comentarios que finalmente llegaron hasta sus oídos a través de una criada indiscreta, confrontó directamente a su hijo sobre el rumor de un hijo nacido de su relación con la hija de la curandera.

Rodrigo, sorprendido por la rapidez con que la noticia había circulado, intentó minimizar el asunto ante su madre, pero Inés no se dejó engañar por evasivas que ya conocía de experiencias anteriores.

—¿Es cierto lo que dicen, que has tenido un hijo con esa mujer? —preguntó Inés, con una frialdad que resultaba más amenazante que cualquier grito.

Rodrigo, atrapado entre la lealtad hacia Catalina y el temor genuino que su madre todavía le inspiraba, tardó demasiado en responder, y ese silencio bastó para confirmar ante Inés lo que hasta entonces solo había sido sospecha.

La reacción de su madre no incluyó gritos ni reproches inmediatos, sino algo mucho más calculado: un silencio glacial que se extendió durante varios días, roto únicamente por instrucciones precisas dirigidas al administrador de la casa sobre asuntos que, según entendería Rodrigo poco después, tenían como objetivo acelerar los preparativos de su boda con Beatriz de Villaseñor antes de que cualquier otro escándalo pudiera complicar aún más las negociaciones.