Capítulo 4 — Noches de la Alameda
La Alameda de la ciudad se transformaba por las noches en un espacio distinto del que ocupaba durante el día, cuando las familias principales paseaban entre sus árboles para exhibir sus mejores galas y sus alianzas más convenientes.
Después del toque de queda, cuando los serenos apenas comenzaban su ronda y la mayoría de los vecinos honestos se recogían en sus casas, la Alameda quedaba reservada para quienes tenían razones propias para evitar miradas indiscretas.
Rodrigo y Catalina habían empezado a encontrarse ahí después de que la tensión en la casa de los Aldama hiciera cada vez más riesgoso que él visitara abiertamente el barrio junto a la acequia.
La distancia entre ambos puntos de la ciudad les daba, además, una sensación de anonimato que el puente sobre el canal ya no podía ofrecerles, rodeados como estaban de vecinos que conocían perfectamente a Catalina y que no tardarían en comentar cualquier visita repetida del hijo de los Aldama.
—Mi madre ha escrito a don Alonso confirmando el compromiso —le confesó Rodrigo una de esas noches, mientras caminaban despacio bajo los árboles, cuidando de mantener una distancia prudente entre ambos por si algún sereno pasaba cerca—.
Lo hizo sin consultarme, adelantándose a cualquier decisión que yo pudiera tomar.
Catalina sintió que el pecho se le encogía al escuchar la noticia, aunque intentó que su rostro no delatara la magnitud de la angustia que la noticia le provocaba.
Sabía, desde el principio de aquella relación imposible, que algo así terminaría ocurriendo tarde o temprano, pero escucharlo confirmado con fecha y nombre concreto le resultó mucho más doloroso de lo que había anticipado en sus momentos de mayor lucidez.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó, con una voz que se esforzaba por sonar serena.
—Todavía no lo sé —admitió Rodrigo, y en esa incertidumbre Catalina reconoció, por primera vez con claridad, la distancia real que separaba las promesas de un hombre enamorado de las decisiones que ese mismo hombre estaba dispuesto a sostener frente a su familia—.
Necesito tiempo para pensar en una salida que no destruya a ninguno de los dos.
Esa respuesta, aunque honesta, dejó a Catalina con una sensación de vacío que la acompañó durante los días siguientes.
Continuó encontrándose con Rodrigo en la Alameda, noche tras noche, pero cada encuentro llevaba consigo un peso adicional, la conciencia compartida de que el tiempo disponible se agotaba mientras ninguno de los dos lograba articular una solución real al conflicto que los enfrentaba con el mundo entero.
Una noche particularmente fría, cuando el invierno ya empezaba a hacerse sentir en el valle, Rodrigo llegó al encuentro con una propuesta que llevaba días meditando en silencio.
Le habló de un pariente lejano establecido en Guadalajara, dispuesto a ofrecerle un puesto en su negocio de comercio de grana, lo suficientemente distante de la capital como para escapar de la vigilancia constante de Inés y de los compromisos que ella seguía negociando en su nombre.
—Podríamos empezar de nuevo allá —dijo Rodrigo, con un entusiasmo que Catalina no le había visto desde el principio de su relación—. Nadie nos conocería, nadie tendría motivos para juzgar de dónde viene cada uno.
Catalina escuchó la propuesta con una mezcla de esperanza y desconfianza que le costó ocultar.
Sabía que abandonar la ciudad significaba también abandonar a su madre, dejar atrás el único territorio donde había logrado construir una identidad propia, por precaria que fuera, y lanzarse hacia un futuro incierto sostenido únicamente por las promesas de un hombre que todavía no había roto formalmente su compromiso con Beatriz de Villaseñor.
—¿Y tu madre? —preguntó—. ¿Y el compromiso con la hija de don Alonso?
—Encontraré la manera de resolverlo antes de partir —respondió Rodrigo, aunque la vaguedad de la respuesta no logró disipar del todo las dudas de Catalina—. Lo importante ahora es que sepas que estoy dispuesto a dejarlo todo por estar contigo.
Esa noche, de regreso a casa, Catalina se debatió entre la emoción genuina que le provocaba la posibilidad de un futuro junto a Rodrigo y el recuerdo persistente de la advertencia de su madre, de la historia de su abuela abandonada por un hombre que también había prometido cosas que finalmente no cumplió.
Intentó convencerse de que la situación era distinta, de que Rodrigo no era como aquel español sin nombre que había destruido la vida de su antepasada, pero la comparación regresaba una y otra vez, imposible de silenciar del todo.
Las semanas siguientes trajeron un ritmo de encuentros más intenso, casi desesperado, como si ambos sintieran que cada noche compartida podía ser la última antes de que las circunstancias exteriores los separaran definitivamente.
Catalina descubrió en esas noches de la Alameda una versión de Rodrigo que no conocía del todo: más vulnerable, más dispuesto a compartir sus miedos sobre el futuro de la casa Aldama, sobre el peso de administrar una fortuna que nunca había pedido heredar, sobre la sensación constante de estar representando un papel que su padre había escrito para él antes de morir.
—A veces pienso que mi padre me dejó esta casa como una condena, no como una herencia —le confesó una noche, sentado junto a ella en una de las bancas de piedra menos frecuentadas del paseo—.
Todo lo que hago, lo hago pensando en qué habría querido él, sin preguntarme nunca qué es lo que yo quiero de verdad.
Catalina escuchó esa confesión con una atención particular, reconociendo en las palabras de Rodrigo un eco distante de su propia situación: ambos cargaban con historias familiares que los precedían, que los definían ante los ojos de la ciudad antes de que tuvieran oportunidad de definirse a sí mismos.
Esa noche, por primera vez, Catalina sintió que la distancia entre sus mundos, tan enfatizada por la sociedad que los rodeaba, era menor de lo que ambos habían creído al principio.
Sin embargo, la felicidad de esos encuentros nocturnos empezó a verse ensombrecida por un descubrimiento que Catalina hizo hacia finales de ese invierno: los sueños con el agua desbordada, con voces infantiles llamando entre los juncos, que había empezado a experimentar desde la revelación de Nonoalca sobre la historia familiar, se habían vuelto más frecuentes e intensos, acompañados ahora de una sensación física de angustia que la despertaba empapada en sudor a pesar del frío nocturno.
No le contó esos detalles a Rodrigo, temerosa de que la relación con la que soñaba se viera contaminada por el peso de una historia que él no tenía por qué cargar.
En cambio, buscó consuelo en las enseñanzas de su madre, en las oraciones e infusiones que Nonoalca le había transmitido semanas atrás, aunque cada vez le resultaba más difícil convencerse de que esos remedios bastaban para contener algo que sentía crecer dentro de ella con una fuerza cada vez mayor.
Una noche de finales de enero, mientras caminaban por la Alameda envueltos en la niebla característica de esa época del año, Catalina sintió por primera vez una certeza que no podía atribuir ni a la razón ni a la simple intuición: algo terrible se aproximaba, algo relacionado con el futuro que Rodrigo le había prometido construir juntos, y ninguna infusión de su madre lograría detenerlo cuando finalmente llegara el momento de enfrentarlo.
—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo, notando el cambio repentino en su expresión.
—Solo cansada —respondió Catalina, aunque la mentira le costó más de lo habitual—. Cuéntame más de Guadalajara, de la casa que dices que podríamos tener allá.
Rodrigo continuó describiendo el futuro imaginado con el entusiasmo propio de quien todavía no ha tenido que enfrentar las consecuencias reales de sus decisiones, y Catalina escuchó cada palabra intentando aferrarse a esa esperanza, consciente en el fondo de que la sombra que había empezado a sentir sobre ambos no desaparecería solo porque decidieran ignorarla durante unas horas más bajo los árboles desnudos de la Alameda.