Capítulo 3 — Lo que enseña
Nonoalca había aprendido el oficio de curandera de su propia madre, quien a su vez lo había heredado de una abuela que aún recordaba los tiempos anteriores a la llegada de los frailes y sus doctrinas.
En cada generación, el conocimiento se transmitía envuelto en precauciones cada vez mayores, porque la Inquisición vigilaba con especial dureza cualquier práctica que oliera a idolatría o a hechicería, y una curandera descuidada podía terminar frente a un tribunal sin más pruebas que la superstición de un vecino resentido.
Catalina había crecido observando a su madre trabajar entre hierbas, resinas y oraciones que mezclaban el catecismo aprendido en la doctrina con fórmulas mucho más antiguas que ningún fraile había logrado erradicar del todo.
Durante años, había considerado ese oficio como algo natural, parte del paisaje cotidiano de su casa, sin detenerse a pensar en el peso real de lo que significaba conocerlo.
Todo cambió una tarde de noviembre, cuando Nonoalca la llamó a la pequeña habitación donde guardaba los instrumentos más delicados de su práctica: frascos de barro sellados con cera, manojos de raíces secas colgados del techo, y un cofre de madera oscura que Catalina nunca había visto abierto.
Su madre, con el rostro más grave de lo habitual, le indicó que se sentara frente a ella sobre un petate extendido en el suelo.
—Ya tienes edad de conocer algunas cosas que hasta ahora te he ocultado —dijo Nonoalca, mientras abría el cofre con manos cuidadosas—. No por desconfianza, sino porque cada conocimiento debe entregarse cuando el que lo recibe está listo para cargarlo.
Dentro del cofre, Catalina encontró una serie de objetos que no reconocía del todo: una figurilla tallada en piedra verde que representaba a una mujer con rostro doble, un rosario de cuentas negras entrelazado con cordones de fibra vegetal, y varios papeles amarillentos cubiertos de símbolos que combinaban letras españolas con signos que Catalina asociaba vagamente con los códices que su abuela describía en susurros.
Nonoalca tomó la figurilla de piedra y la sostuvo entre las palmas con un cuidado casi reverencial.
—Esta es Cihuacóatl —dijo—, la mujer serpiente, la que llora por sus hijos antes de que la desgracia llegue. Nuestras abuelas la conocieron mucho antes de que los frailes trajeran a la Virgen, y aunque hoy rezamos el Ave María en la doctrina, ella nunca se ha ido del todo de estas tierras.
Catalina escuchó el relato con una mezcla de fascinación e inquietud, consciente de que cualquier palabra pronunciada en voz demasiado alta podía atraer la atención equivocada.
Nonoalca le explicó que, según la tradición transmitida por generaciones de mujeres de su linaje, algunas descendientes de la diosa conservaban un don particular: la capacidad de sentir con anticipación las desgracias que se aproximaban, especialmente aquellas relacionadas con la pérdida de un hijo o con el engaño de un hombre.
—No es un don que se elija —continuó Nonoalca—, ni tampoco una bendición sencilla de cargar.
Se manifiesta distinto en cada mujer: algunas lo sienten como sueños, otras como presentimientos que se instalan en el pecho sin razón aparente.
Tu abuela lo sintió en carne propia, y terminó pagando un precio que todavía hoy me cuesta nombrar sin que la voz se me quiebre.
Catalina preguntó, con una curiosidad que apenas lograba disimular la inquietud creciente, qué le había ocurrido exactamente a su abuela.
Nonoalca tardó en responder, ordenando los recuerdos con la misma paciencia con la que seleccionaba las hierbas para cada remedio, hasta que finalmente comenzó a narrar una historia que Catalina nunca había escuchado completa.
Según contó Nonoalca, su abuela había sido una mujer de extraordinaria belleza en su juventud, cortejada por un hombre español de cierta posición que le prometió matrimonio y una vida distinta de la que le correspondía por nacimiento.
El hombre cumplió sus promesas durante algunos años, el tiempo suficiente para que tuvieran dos hijos juntos, pero terminó abandonándola cuando su familia concertó para él un matrimonio más conveniente con una mujer de su propia clase.
—Tu abuela no soportó la humillación —dijo Nonoalca, con la voz reducida casi a un susurro—.
Una noche, enloquecida por el dolor y la vergüenza, llevó a sus hijos hasta el canal y los ahogó con sus propias manos, convencida de que los liberaba de un mundo que ya los había condenado al desprecio por su sangre mezclada.
Catalina sintió que el aire se le atoraba en la garganta al escuchar el relato, incapaz de reconciliar la imagen de una abuela cariñosa, apenas mencionada en conversaciones dispersas a lo largo de su infancia, con la mujer capaz de un acto tan terrible.
Nonoalca, notando la reacción de su hija, le tomó las manos con firmeza antes de continuar.
—Después de esa noche, tu abuela pasó el resto de su vida vagando junto al agua, llorando por lo que había hecho, incapaz de encontrar descanso ni perdón —dijo—.
La gente del barrio empezó a verla como una aparición, una mujer de blanco que gemía en la oscuridad, y así nació buena parte de lo que hoy se cuenta sobre la Llorona en estas calles.
El relato dejó a Catalina en un estado de conmoción que le costó disimular durante los días siguientes.
No podía dejar de pensar en las coincidencias entre la historia de su abuela y su propia situación con Rodrigo: la promesa de un hombre de mayor rango, la diferencia de sangre que la ciudad entera se encargaría de recordarles a ambos, la posibilidad, remota pero presente, de que la historia se repitiera con matices distintos pero un fondo idéntico.
Nonoalca, consciente de la carga que acababa de depositar sobre su hija, dedicó las semanas siguientes a enseñarle no solo el oficio de curandera que Catalina ya conocía en parte, sino también las oraciones y rituales específicos que, según la tradición familiar, ayudaban a mantener a raya el don heredado de Cihuacóatl.
Le enseñó a reconocer los sueños que anticipaban desgracias verdaderas de aquellos que eran simple producto del cansancio, a interpretar los cambios en el comportamiento de los animales domésticos como posibles señales, y a preparar infusiones que, aunque no eliminaban del todo el presentimiento, al menos permitían dormir sin la angustia constante que este solía provocar.
—Lo más importante que debes recordar —le dijo Nonoalca una tarde, mientras trituraban juntas hojas de toronjil para una de esas infusiones— es que el don no obliga a nadie a repetir el destino de quien lo tuvo antes.
Tu abuela tomó una decisión en un momento de dolor extremo, pero esa decisión fue suya, no una condena que heredaste junto con la sangre.
Catalina quiso creer en esas palabras con la misma convicción con la que su madre las pronunciaba, pero una parte de ella, la más honesta, reconocía que el relato de su abuela había sembrado una semilla de temor que no lograba desprender del todo.
Cada vez que pensaba en Rodrigo, en las promesas que le había hecho, en la presión que sabía que su familia ejercía sobre él para separarlos, la imagen de aquella mujer ahogando a sus propios hijos regresaba con una insistencia que le costaba explicar.
Durante ese período, Catalina también empezó a notar en sí misma algunos de los signos que su madre le había descrito como posibles manifestaciones del don familiar.
Soñaba, con una frecuencia inusual, con el canal desbordado, con agua oscura que subía hasta cubrir las calles del barrio, con voces infantiles que llamaban desde algún punto impreciso entre los juncos.
No sabía si atribuir esos sueños a la ansiedad natural de su situación con Rodrigo o a algo más profundo, más antiguo, que empezaba a despertar en ella conforme la historia familiar se revelaba en toda su extensión.
Una noche, tras despertar sobresaltada por uno de esos sueños recurrentes, Catalina bajó al patio y encontró a Nonoalca despierta también, sentada junto al fogón apagado con la mirada perdida en las brasas frías.
Su madre no pareció sorprendida de verla ahí a esas horas, como si hubiera anticipado su llegada.
—¿Tú también los tuviste? —preguntó Catalina, sentándose junto a ella—. Los sueños con el agua, con los niños llamando.
Nonoalca asintió despacio, sin apartar la vista del fogón apagado.
Le confesó entonces que, aunque el don parecía haber saltado una generación en su propio caso, había sentido durante años una especie de eco distante de la angustia de su madre, algo que nunca había logrado nombrar con precisión pero que reconocía perfectamente ahora que veía a Catalina atravesar por lo mismo.
—Prométeme una cosa —dijo Nonoalca, tomando el rostro de su hija entre las manos con una urgencia que Catalina rara vez había visto en ella—.
Si alguna vez sientes que la desesperación te supera, que el mundo entero parece cerrarse sobre ti sin dejarte salida, ven a buscarme antes de tomar cualquier decisión que no puedas deshacer después.
No importa la hora, no importa la distancia, ven a buscarme.
Catalina prometió lo que su madre le pedía, aunque en ese momento la advertencia le pareció excesiva, casi innecesaria frente a la felicidad todavía intacta que sentía cada vez que pensaba en Rodrigo.
No podía saber, esa noche junto al fogón apagado, cuánto tiempo tardaría en necesitar de verdad la promesa que acababa de hacer, ni cuán lejos estaría de poder cumplirla cuando finalmente llegara el momento.