Capítulo 2 — La casa de los Aldama
La casa de los Aldama ocupaba media cuadra sobre la calle de Tacuba, con un frente de cantera labrada que anunciaba a los transeúntes la fortuna de sus dueños antes de que cualquiera cruzara el zaguán.
Rodrigo había crecido entre esos muros gruesos, aprendiendo desde niño que cada objeto de la casa, desde los candelabros de plata hasta los retratos familiares, existía para recordarle una obligación pendiente con el apellido que llevaba.
Esa mañana, su madre lo esperaba en el estrado, el pequeño salón donde recibía visitas y donde despachaba también los asuntos que consideraba más delicados.
Inés de Aldama tenía cincuenta años bien llevados y una capacidad singular para hacer que cualquier conversación pareciera, al mismo tiempo, casual y decisiva.
Vestía de negro riguroso desde la muerte de su esposo, tres años atrás, y ese luto prolongado se había convertido en un arma más de su arsenal, un recordatorio constante de que la responsabilidad de la casa había recaído entera sobre sus hombros y los de su hijo.
—Te he visto salir demasiado temprano estas semanas —dijo Inés, sin levantar la vista del bordado que tenía entre las manos—. Y regresar demasiado tarde.
Rodrigo se sirvió chocolate de la jarra que descansaba sobre la mesa baja, ganando tiempo antes de responder.
Conocía ese tono de su madre, esa manera de dejar caer una observación sin exigir explicación inmediata, calculada para que fuera él quien terminara confesando más de lo que ella había preguntado.
—He estado atendiendo asuntos de la casa Anzures —respondió—. La curandera preparó un remedio que le hizo bien a doña Mencía.
—La curandera —repitió Inés, con una inflexión que convertía la palabra en algo distinto de lo que Rodrigo había querido decir—. Me alegra que doña Mencía esté mejor. Lo que no entiendo es por qué el hijo del mercader más próspero de la ciudad necesita tantas visitas para agradecer un remedio.
Rodrigo dejó la taza sobre la mesa con más cuidado del necesario, consciente de que cualquier gesto brusco delataría lo que las palabras todavía lograban ocultar.
Su madre no era mujer que se conformara con evasivas, y menos cuando algo amenazaba el orden que había construido con tanto esfuerzo desde la viudez.
—Son cosas mías, madre —dijo finalmente—. Nada que deba preocuparle.
Inés levantó la vista del bordado por primera vez desde que su hijo había entrado al salón, y en sus ojos, Rodrigo reconoció la misma determinación que le había visto usar contra proveedores desleales, contra parientes que reclamaban herencias injustas, contra cualquiera que pusiera en riesgo lo que consideraba suyo.
No dijo nada más esa mañana, pero Rodrigo supo, con la certeza de quien conoce bien a su madre, que la conversación apenas había comenzado.
Durante el resto del día, la casa de los Aldama funcionó con su ritmo habitual: los criados iban y venían por los pasillos con recados y bandejas, el administrador revisaba cuentas en el despacho contiguo al patio principal, y las visitas de cortesía se sucedían con la puntualidad propia de una familia que dependía tanto del comercio como de las apariencias.
Rodrigo se encerró en la biblioteca, fingiendo interés en un tratado de derecho canónico que llevaba semanas sin abrir, mientras su cabeza regresaba una y otra vez al puente sobre la acequia, a la mano de Catalina entre las suyas, a la promesa que le había hecho sin medir del todo sus consecuencias.
Por la tarde, un mensajero trajo noticias de Puebla: don Alonso de Villaseñor, socio comercial de la familia desde hacía dos generaciones, proponía formalmente el matrimonio de su hija Beatriz con Rodrigo, un enlace que uniría dos fortunas y consolidaría rutas de comercio entre la capital y el interior del virreinato.
Inés recibió la carta con una satisfacción que no se molestó en disimular, y esa misma noche, durante la cena, expuso el asunto ante su hijo como si se tratara de una decisión ya tomada.
—Beatriz de Villaseñor es una muchacha educada, de familia intachable —dijo Inés, sirviéndose vino con el gesto pausado de quien controla cada detalle de una negociación—. Su dote incluye tierras en Atlixco que tu padre siempre codició. No encontrarás mejor partido en toda la Nueva España.
Rodrigo escuchó el discurso completo sin interrumpir, sintiendo cómo el peso de cada palabra se acumulaba sobre su pecho como piedras arrojadas una a una.
Sabía que ese momento llegaría, lo había sabido desde la muerte de su padre, cuando se convirtió oficialmente en el único heredero varón de la casa Aldama, pero escucharlo formulado en voz alta, con fechas y cifras concretas, le produjo una sensación de encierro que no había anticipado.
—No he dicho que sí a nada, madre —respondió, intentando que su voz sonara más firme de lo que en realidad se sentía.
—Tampoco has dicho que no —replicó Inés, sin alterar el tono—. Y en estos asuntos, hijo mío, el silencio suele interpretarse como conformidad. Don Alonso espera una respuesta antes de que termine el mes.
La cena continuó en un silencio incómodo que ninguno de los dos quiso romper.
Rodrigo pensó en Catalina, en la manera en que ella hablaba del canal como si fuera parte de su propio cuerpo, en la dignidad con la que enfrentaba cada conversación sin necesitar el respaldo de un apellido o una fortuna.
La comparó, sin poder evitarlo, con la imagen que se había formado de Beatriz de Villaseñor a través de las cartas y los pocos retratos que circulaban entre las familias: una muchacha correcta, seguramente amable, pero completamente ajena a cualquier cosa que Rodrigo hubiera empezado a sentir en las últimas semanas.
Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, salió al patio interior de la casa y se sentó junto a la fuente que su padre había mandado construir tras un viaje a Sevilla.
El agua caía con un murmullo constante, y Rodrigo se sorprendió pensando que ese sonido, tan distinto del canal donde vivía Catalina, le resultaba ahora artificial, como si la ciudad entera hubiera decidido domesticar hasta el último vestigio de algo verdadero.
Fray Melchor de Ubeda, confesor de la familia desde hacía más de una década, lo encontró ahí mismo a la mañana siguiente, cuando llegó a decir misa privada en la capilla doméstica que los Aldama mantenían para las devociones cotidianas.
El fraile, hombre de sesenta años cargados de experiencia pastoral, tenía la costumbre de observar a sus feligreses con una atención que muchos confundían con simple curiosidad, pero que en realidad respondía a un ejercicio deliberado de discernimiento espiritual.
—Te veo distraído, Rodrigo —dijo fray Melchor, mientras acomodaba los ornamentos sobre el altar improvisado—. ¿Algo pesa sobre tu conciencia?
Rodrigo dudó antes de responder, consciente de que cualquier confidencia hecha a un fraile cercano a su madre podía terminar, tarde o temprano, filtrándose hasta los oídos de Inés.
Sin embargo, algo en la mirada paciente de fray Melchor lo animó a hablar con más franqueza de la que había mostrado la noche anterior.
—Mi madre quiere casarme con la hija de don Alonso de Villaseñor —dijo finalmente—. Y yo he encontrado, en las últimas semanas, algo que no sé cómo explicar sin que suene a locura.
Fray Melchor guardó silencio un momento, sopesando la confesión incompleta de su feligrés antes de continuar.
Había visto a suficientes jóvenes de familias acomodadas pasar por dilemas similares como para reconocer el patrón: el matrimonio de conveniencia, la atracción prohibida, el conflicto entre el deber y el deseo que la doctrina exigía resolver siempre a favor del primero.
—Cuéntame qué has encontrado —dijo el fraile, con una calma que invitaba más a la confianza que la insistencia.
Rodrigo le habló entonces de Catalina, aunque sin mencionar su nombre completo ni el linaje mestizo que la ciudad usaría de inmediato para descalificar cualquier vínculo entre ambos.
Describió las conversaciones junto al canal, la inteligencia de aquella mujer, la manera en que su presencia lograba aliviar un peso que Rodrigo ni siquiera sabía que cargaba hasta que dejaba de sentirlo por unas horas.
Fray Melchor escuchó sin juzgar en apariencia, aunque Rodrigo notó cómo el rostro del fraile se ensombrecía a medida que la historia avanzaba.
—Esas uniones rara vez terminan bien, hijo —dijo finalmente el fraile, cuando Rodrigo terminó de hablar—. No por falta de amor, sino porque la ciudad entera está construida para castigarlas. He visto casos así antes, y en ninguno de ellos el desenlace favoreció a la mujer.
—¿Qué me aconseja entonces? —preguntó Rodrigo, con una urgencia que delataba cuánto necesitaba escuchar algo distinto de lo que ya sabía.
Fray Melchor tardó en responder, consciente de que cualquier consejo que diera cargaría consecuencias reales sobre vidas concretas. Finalmente, eligió las palabras con el cuidado propio de quien ha aprendido a temer más el silencio cómplice que la verdad incómoda para quien la escucha.
—Te aconsejo que pienses menos en lo que deseas y más en lo que estás dispuesto a proteger —dijo—. Si esa mujer te importa de verdad, considera qué precio tendría que pagar ella por tu indecisión, porque en estos asuntos, hijo mío, el costo nunca se reparte por igual.
Las palabras del fraile persiguieron a Rodrigo durante el resto de la semana, mezclándose con la presión constante de su madre, que insistía cada noche en la conveniencia del enlace con Beatriz de Villaseñor.
Inés no mencionaba directamente a Catalina, pero sus comentarios sobre la importancia del linaje, la necesidad de preservar la pureza del apellido y los riesgos de mezclarse con familias sin abolengo dejaban claro que sospechaba, aunque fuera de manera imprecisa, la verdadera razón de las visitas de su hijo al barrio de las acequias.
Una tarde, mientras revisaba correspondencia comercial en el despacho de su difunto esposo, Inés encontró entre los papeles una nota que Rodrigo había olvidado destruir, escrita de su propia mano y dirigida a nadie en particular, más bien un ejercicio de pensamiento donde enumeraba los argumentos a favor de desafiar la voluntad familiar.
La nota no mencionaba a Catalina por nombre, pero la intención resultaba evidente para cualquiera que conociera bien a Rodrigo.
Inés guardó el papel sin decir nada, calculando en silencio los pasos que seguiría para proteger lo que consideraba el interés supremo de la familia.
Había enviudado joven y había reconstruido la fortuna de los Aldama con una determinación que no admitía sentimentalismos, y no pensaba permitir que un capricho pasajero de su hijo pusiera en riesgo décadas de trabajo cuidadoso.
Esa misma noche, escribió una carta a don Alonso de Villaseñor confirmando el interés de la familia en el enlace matrimonial, adelantándose deliberadamente a cualquier decisión que Rodrigo pudiera todavía estar considerando.
Cuando Rodrigo se enteró de la carta, días después, la confrontación con su madre resultó tan tensa como ambos habían anticipado desde hacía semanas.
Inés no negó haber actuado a espaldas de su hijo, y defendió su decisión con el argumento de que alguien debía pensar con claridad mientras él se dejaba arrastrar por impulsos que comprometían el futuro entero de la casa.
—No puedes disponer de mi vida como si fuera una de tus cuentas comerciales —le reclamó Rodrigo, con una furia que rara vez mostraba ante su madre.
—Alguien tiene que hacerlo, mientras tú sigas perdiendo el tiempo junto a un canal de indios —respondió Inés, y en el momento mismo en que las palabras salieron de su boca, ambos supieron que la discusión había dejado de ser sobre Beatriz de Villaseñor para convertirse en algo mucho más peligroso.
El silencio que siguió a esa frase se extendió durante varios días, en los que madre e hijo apenas cruzaron palabra más allá de lo estrictamente necesario para el funcionamiento de la casa.
Rodrigo pasó esas jornadas debatiéndose entre la lealtad que debía a su familia y el deseo, cada vez más difícil de ignorar, de proteger a Catalina de un destino que la ciudad entera parecía dispuesta a imponerle sin darle voz en el asunto.
Finalmente, una noche sin luna, salió de la casa por la puerta trasera que usaban los criados, evitando cualquier encuentro con su madre o con los sirvientes de mayor confianza.
Caminó las calles vacías con el paso apresurado de quien teme ser reconocido, hasta llegar al puente sobre la acequia donde Catalina lo esperaba, tal como habían acordado en su última conversación.
No le contó todos los detalles de la disputa familiar, pero le confesó lo suficiente para que ella comprendiera que el tiempo que les quedaba, fuera cual fuera su naturaleza exacta, se había vuelto más escaso de lo que ambos hubieran querido admitir.