La Llorona – La mujer antes de la Leyenda
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Capítulo 1 — El agua que recuerda
El canal de la Acequia Real corría oscuro a esa hora, cargado de los desperdicios que la ciudad entera vertía en él sin culpa.
Catalina Itzel de Anzures conocía cada recodo de esa agua desde niña, cuando su madre la llevaba de la mano a cortar hierbas entre los juncos que aún resistían el avance de las casas de cal y canto.
A los veintidós años, el canal seguía siendo su único territorio verdadero, el único lugar donde nadie le preguntaba de qué lado de la sangre venía.
Nonoalca decía que el agua guardaba memoria, que recordaba todo lo que pasaba junto a ella aunque los hombres se empeñaran en olvidar.
Catalina no sabía si creerlo del todo, pero cada madrugada, cuando bajaba a llenar los cántaros antes de que despertara el barrio, sentía que algo la observaba desde el fondo turbio.
No era miedo exactamente, sino una especie de reconocimiento, como si el canal supiera su nombre antes de que ella misma lo pronunciara.
Esa mañana el frío calaba distinto. Catalina se ajustó el rebozo y bajó los tres escalones de piedra que su abuelo había tallado, según contaban, con sus propias manos.
El vapor subía del agua en volutas delgadas, y entre la niebla distinguió una figura que no correspondía a ningún vecino conocido: un hombre a caballo, con capa oscura y sombrero de ala ancha, detenido justo donde el canal se estrechaba antes de perderse hacia la Alameda.
—Disculpe la molestia —dijo él, desmontando con un movimiento que delataba costumbre de mando—. Busco el camino a la casa de los Anzures. Me dijeron que vivían cerca de este puente.
Catalina lo miró de arriba abajo antes de responder. Las botas estaban limpias de lodo, cosa rara para quien decía andar perdido por esos rumbos desde el amanecer.
—Está usted parado frente a ella —respondió, señalando con la barbilla la casa baja de adobe que se alzaba a espaldas del hombre—. Aunque dudo que sea eso lo que busca.
Él sonrió, y en esa sonrisa Catalina reconoció algo que después le costaría nombrar: la certeza tranquila de quien nunca ha tenido que pedir las cosas dos veces.
Se presentó como Rodrigo de Aldama y Villaseñor, hijo del mercader que financiaba la mitad de las obras del convento de San Francisco, y explicó que buscaba a Nonoalca por encargo de su madre, aquejada de un mal que los médicos de la ciudad no sabían nombrar.
Catalina condujo al desconocido hasta el patio interior, donde Nonoalca ya trituraba hojas de estafiate en un molcajete oscurecido por el uso.
Su madre levantó la vista apenas un instante, calculando al visitante con la misma precisión con la que medía las yerbas, y le indicó que esperara bajo el naranjo mientras preparaba el remedio.
Rodrigo obedeció sin la incomodidad que Catalina esperaba de un hombre de su rango, y ese detalle, mínimo pero extraño, se le quedó grabado durante el resto del día.
Pasaron dos semanas antes de que él regresara solo, sin encargo ni pretexto, alegando que el remedio de Nonoalca había obrado maravillas y que quería agradecerlo en persona.
Catalina sabía reconocer una mentira cuando la escuchaba, había aprendido ese oficio observando a los hombres que llegaban al mercado a comprar la voluntad de las mujeres con monedas y promesas vacías.
Sin embargo, dejó que Rodrigo se sentara junto al canal esa tarde, y las siguientes, y las que vinieron después.
Hablaban de cosas simples al principio: el clima, las cosechas del valle, las procesiones que la ciudad organizaba para pedir lluvia o para agradecerla.
Rodrigo le contaba de sus estudios truncados en leyes, del padre que soñaba con verlo administrar la fortuna familiar antes de morir, de una madre que vigilaba cada uno de sus pasos como quien custodia una joya prestada.
Catalina, por su parte, hablaba poco de sí misma, entrenada desde niña en la prudencia que exige ser hija de india y de español en una ciudad que no perdona mezclas.
—Usted mira el agua como si le debiera algo —le dijo él una tarde, mientras el sol se hundía detrás de los volcanes y teñía el canal de un naranja sucio.
—El agua no debe nada —respondió Catalina—, solo recuerda lo que le echan.
Rodrigo se quedó pensativo un momento y luego rio, un sonido bajo que a Catalina le pareció sincero, distinto del que usaban los hombres de su clase cuando querían impresionar.
Le preguntó si su madre le había enseñado esas cosas, si de verdad creía en los presagios que corrían de boca en boca por los barrios de indios.
Catalina evitó la respuesta directa, consciente de que cualquier palabra podía usarse después en su contra, y en cambio le preguntó por qué un hombre como él seguía volviendo a un lugar donde no tenía nada que ganar.
Él no respondió esa vez. Se limitó a mirarla con una atención que Catalina no había recibido antes de nadie, ni de los mozos del barrio que la rondaban por su figura, ni de los comerciantes que trataban con su madre por conveniencia.
Era una mirada que la reconocía completa, sin dividirla entre lo indio y lo español, y esa sensación, nueva y peligrosa, empezó a instalarse en el pecho de Catalina como una brasa que nadie había pedido encender.
Nonoalca no tardó en notar el cambio en su hija.
Una noche, mientras cenaban tortillas con frijoles junto al fogón, le preguntó sin rodeos si el hijo de los Aldama seguía visitando la casa.
Catalina intentó restar importancia al asunto, pero su madre conocía cada gesto de su cuerpo desde que había nacido, y no se dejó engañar por evasivas.
—Los hombres como ese no vienen a las orillas del canal por gusto —dijo Nonoalca, sin levantar la vista del comal—. Vienen porque encuentran algo que no tienen en su casa, y cuando lo encuentran, lo toman sin preguntar qué les cuesta a los demás.
—A mí no me ha tomado nada —respondió Catalina, aunque la voz le tembló apenas.
Nonoalca guardó silencio un rato largo, el tiempo suficiente para que el fuego consumiera dos leños enteros. Cuando finalmente habló, su tono había perdido la aspereza y se había vuelto más grave, casi ceremonial.
—Tu abuela conoció a un hombre así, antes de que tú nacieras —dijo—.
Terminó llorando junto a esta misma agua durante años, hasta que el llanto se le volvió costumbre y después locura.
No te cuento esto para asustarte, sino para que sepas que esta orilla ha visto la misma historia más veces de las que la ciudad quisiera recordar.
Catalina quiso preguntar más, pedir nombres, fechas, detalles que le permitieran distinguir aquella advertencia de una simple superstición de vieja, pero Nonoalca ya se había levantado a guardar los trastes, señal inequívoca de que la conversación había terminado por esa noche.
Se quedó sola junto al fogón, viendo cómo las brasas se apagaban despacio, y por primera vez sintió que el canal, ese territorio que siempre había considerado suyo, escondía una historia más larga y más oscura que la que ella conocía.
Los meses siguientes trajeron un ritmo nuevo a la vida de Catalina.
Rodrigo llegaba cada vez con menos pretextos y más frecuencia, a veces al amanecer, antes de que el barrio despertara, otras al anochecer, cuando las sombras de los sauces ocultaban su figura de miradas curiosas.
Hablaban durante horas sentados en las piedras del puente, y en esas conversaciones Catalina descubrió en él una inteligencia que no esperaba de un hijo de comerciante, una curiosidad genuina por el mundo indígena que la rodeaba, y también, aunque tardó en admitirlo, una ternura que no sabía cómo nombrar sin ponerse en riesgo.
Una tarde de octubre, cuando las lluvias empezaban a ceder y el canal bajaba su caudal hasta dejar visibles las raíces retorcidas de los ahuehuetes, Rodrigo le tomó la mano por primera vez.
No dijo nada al hacerlo, y Catalina tampoco la retiró, aunque sabía perfectamente lo que ese gesto significaba en una ciudad donde el tacto entre desiguales se pagaba con el destierro social o algo peor.
Se quedaron así un rato, escuchando el murmullo del agua contra las piedras, cada uno midiendo en silencio el precio de lo que estaba empezando.
—Mi madre ya pregunta por qué vengo tanto por este rumbo —dijo Rodrigo finalmente, sin soltarle la mano.
—Dígale que viene a comprar remedios —respondió Catalina, con una media sonrisa que escondía más inquietud de la que quería mostrar.
—Ya no me cree esa excusa —contestó él, y por primera vez Catalina notó en su voz un rastro de preocupación auténtica—. Tarde o temprano tendré que decirle la verdad, o inventar una mentira mejor.
Catalina retiró la mano despacio, no por rechazo sino por prudencia, y le recordó, con una claridad que no admitía discusión, que ella conocía el lugar que la ciudad le tenía reservado y que no pensaba engañarse fingiendo que ese lugar podía cambiar por voluntad de un hombre enamorado.
Rodrigo la escuchó sin interrumpirla, y cuando ella terminó, le prometió algo que Catalina no le había pedido: que encontraría la manera de que las cosas fueran distintas para ellos, aunque tuviera que enfrentarse al apellido entero de su familia.
Ella no le creyó del todo esa noche, pero tampoco se atrevió a decírselo.
Caminó de regreso a casa con el rebozo apretado contra el pecho, escuchando a sus espaldas el rumor constante del canal, y por primera vez en su vida tuvo la certeza incómoda —aunque esa no era la palabra que hubiera usado su madre— de que algo en su destino ya se había puesto en movimiento, algo que ni ella ni Rodrigo, ni siquiera Nonoalca con todo su saber, podrían detener una vez que empezara a correr.