CAPÍTULO XXII #2
Claudia y María espolearon a sus monturas al mismo tiempo.
Los cascos de los caballos golpearon la tierra batida con violencia mientras dejaban atrás los barracones, las galerías oscuras y el destino fatal que habían logrado esquivar.
Mientras galopaban desbocados hacia las colinas, María miró hacia atrás una última vez: a lo lejos, entre el polvo de la batalla, se alcanzaba a ver cómo el ejército romano cercaba Qart Hadasht.
Los tres se dirigieron a la casa de Claudia, cabalgando con una profunda sensación de alivio al saber que las tropas de Magón ya no estarían allí ni volverían a cruzar aquellos rumbos.
Dejando atrás el estruendo y el fuego del asedio, se internaron en la naturaleza.
Avanzaron por caminos estrechos y grandes montañas cubiertas de una densa vegetación, donde el verde de las copas de los árboles y la frescura del aire empezaron a borrar el recuerdo del humo asfixiante de las minas de plata.
El terreno escarpado los obligó a reducir la marcha al trote, pero la tranquilidad del desfiladero les confirmó que la línea temporal finalmente se había estabilizado. Las patrullas cartaginesas que antes arrasaban la sierra habían desaparecido, devoradas por el avance de las legiones romanas.
Al cabo de unas horas de ascenso por los senderos ocultos, la pequeña e incluso rústica vivienda de piedra de Claudia apareció entre la maleza, mimetizada con la falda de la montaña. Estaba intacta, tal y como la habían dejado antes de que el destino original la reclamara.
Alfonso detuvo las riendas de su caballo frente a la entrada y descabalgó de un salto ágil, acariciando el cuello del animal para calmarlo.
Con paso firme, se acercó a María, le tendió las manos con delicadeza y la ayudó a deslizarse de la montura.
Sus pies tocaron la tierra seca con un leve crujido.
Claudia imitó el gesto al mismo tiempo, bajando de su corcel con la soltura de quien conoce cada palmo de esa sierra.
Dejando a los animales sueltos para que pastaran en los matorrales cercanos, los tres se encaminaron a pie hacia el umbral.
La casa, típica de una campesina de finales del siglo III a.
C., se alzaba humilde pero sólida, mimetizada con las rocas de la ladera.
Sus paredes bajas estaban toscamente construidas con mampostería de piedras irregulares, unidas con barro gris y paja prensada que el sol había endurecido como el hierro.
El tejado, de vertiente pronunciada para soportar las lluvias de la montaña, consistía en un entramado de gruesas ramas de sabina cubiertas por una densa capa de cañas, barro y ramaje seco que casi tocaba el suelo.
Caminaron por un sendero estrecho bordeado de hierbajos hasta llegar a la entrada principal.
La puerta no era más que unos rústicos tablones de madera de encina, unidos por gruesos clavos de hierro forjado a mano y encajados en un dintel ennegrecido por el tiempo.
No había ventanas de vidrio, solo un par de aspilleras estrechas en los muros para dejar pasar hilos de luz sin perder el calor del hogar.
Al llegar al umbral, Claudia estiró la mano, empujó la pesada madera con un chirrido seco y se volvió hacia ellos, invitándolos a entrar a un espacio seguro donde el humo de las minas y las lanzas del ejército cartaginés ya no podían alcanzarlos.
Entraron despacio, dejando que sus ojos se acostumbraran a la densa penumbra del interior.
El aire allí dentro olía a tierra seca, a romero y al aroma residual de antiguas hogueras.
Con el cuerpo exhausto por los días de cautiverio, se sentaron en varias banquetas de madera toscamente talladas a golpe de hacha, aliviando por fin la fatiga de sus piernas.
Mientras María y Claudia se acomodaban, Alfonso se puso en pie y salió un momento al exterior.
Al regresar, traía entre sus brazos un buen haz de leña que había recogido de la pila junto al muro: varias ramas gruesas de encina, secas y retorcidas, junto a un puñado de astillas y hojas muertas para prender.
Caminó con paso firme hacia el fondo de la estancia donde se ubicaba el hogar, una estructura circular de piedras planas encajadas directamente en el suelo de tierra batida y conectada a una campana de barro que servía de chimenea.
Alfonso se arrodilló sobre la tierra. Colocó primero el lecho de hojas secas y las astillas más finas en el centro, y luego dispuso los troncos de encina en forma de pirámide, dejando espacio para que el aire alimentara la combustión.
Sacó de un rincón una piedra de sílex y un trozo de eslabón de hierro.
Con destreza, comenzó a golpear la piedra con movimientos secos y sesgados justo encima de una pizca de yesca.
Tras varios intentos, una chispa viva saltó sobre la fibra, que empezó a humear de inmediato.
Con sumo cuidado, Alfonso sopló con suavidad sobre la brasa naciente hasta que una pequeña llama cobró vida.
La acercó a las astillas y, en pocos segundos, el crujido de la madera seca rompió el silencio de la estancia.
El fuego prendió con fuerza, estallando en lenguas de luz anaranjada que comenzaron a lamer los troncos de encina y a proyectar sombras danzantes en las paredes de barro.
El calor reconfortante empezó a extenderse por la habitación, iluminando los rostros cansados pero aliviados de los tres viajeros.
Una vez que la lumbre estuvo encendida y el ambiente templado comenzó a inundar la estancia, Alfonso se incorporó, limpiándose el hollín de las manos en la túnica.
Caminó despacio hacia donde estaba sentada María y, dejándose llevar por el alivio de saber que la pesadilla de las minas había terminado, se inclinó hacia ella y la besó con ternura.
Fue un beso largo, que sellaba la promesa de un amor que había desafiado a los siglos.
Claudia, que los observaba apoyada en la pared con los brazos cruzados y las llamas reflejándose en sus ojos, no pudo evitar esbozar una sonrisa pícara.
—Sí, ya veo que han cambiado bastantes cosas —dijo Claudia, y se rio de buena gana, rompiendo la solemnidad del momento.
María se separó de Alfonso con una leve sonrisa, sintiendo cómo las mejillas se le encendían por el rubor y no solo debido al calor de la chimenea.
La última vez que Claudia la había visto, María era una joven azafata de Madrid muerta de miedo que apenas asimilaba la existencia de los viajes en el tiempo.
Ahora, no solo compartía un vínculo inquebrantable con Alfonso, sino que sostenía en sus manos el conocimiento absoluto de las líneas temporales.
—El futuro da muchas vueltas, Claudia —respondió Alfonso con una sonrisa, mientras rodeaba los hombros de María con el brazo—. Pero algunas cosas estaban destinadas a ocurrir, sin importar la época.