La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

María y Alfonso viajaron al año doscientos nueve antes de Cristo.

Se miraron y subieron de nuevo a los caballos e iniciaron la marcha al trote justo cuando empezó la persecución de los soldados.

Pasadas unas horas, el silencio se rompió con un crujido sordo.

Desde la zona alta de la montaña empezó a caer una lluvia de saetas.

La primera oleada impactó contra la tierra batida, haciendo que los corceles emprendieran un galope tendido.

Sin apenas tiempo para asimilar la emboscada, el grito de «¡Cubríos!

» se ahogó por el impacto de un proyectil que se clavó con fuerza en el tronco de un árbol cercano.

El desfiladero se había convertido en una trampa mortal donde las flechas caían con violencia, impulsadas por la gravedad a favor de los atacantes.

De repente, el ejército enemigo irrumpió en el camino.

Alfonso, cuyo cerebro albergaba los recuerdos y la sincronización exacta de su yo del futuro, anticipó el peligro un milisegundo antes de que ocurriera.

Sabía exactamente de dónde vendría el ataque letal a Claudia.

Con un reflejo preciso, espoleó a su montura para interponerse entre los arqueros y la custodia.

Justo cuando la flecha maldita silbó en el aire buscando el corazón de la guardiana, Alfonso alzó su escudo broncíneo con un movimiento seco.

El proyectil impactó contra el metal con un chasquido ensordecedor, desviando la punta de hierro a escasos centímetros de la joven.

—¡Muévete, Claudia! —rugió Alfonso, manteniendo el control de las riendas mientras el caballo se encabritaba sobre sus cuartos traseros en mitad del sendero.

Claudia, conmocionada pero viva, reaccionó al instante.

Aunque el tirón de la maniobra la hizo perder el equilibrio y rodar por la ladera rocosa junto a María para ponerse a salvo de la siguiente oleada, el impacto mortal se había evitado.

El bucle se había roto. Sin embargo, el peligro no había terminado: antes de que la montura de Alfonso recuperara el apoyo en el suelo, una sombra armada emergió de los riscos.

Un grupo de soldados saltó directamente hacia el freno del animal, cortando cualquier vía de escape.

Los guardias ataron las manos de Alfonso, María y Claudia a las gruesas cinchas de los caballos y los obligaron a caminar a pie por las montañas, en dirección a las minas situadas a pocos kilómetros de Qart Hadasht.

El sol de la tarde caía como el plomo sobre sus hombros mientras teñía las rocas de un color cobrizo.

El ambiente resultaba asfixiante y cada paso se convertía en un suplicio.

El aire, denso por el humo que emanaba de las excavaciones y fundiciones, apenas les permitía respirar.

Tenían las muñecas amarradas por ásperas cuerdas de esparto que, a causa del implacable trote de los corceles, ya les habían levantado la piel, llenándoselas de dolorosas heridas.

María apenas podía mantener el equilibrio, mientras que Alfonso y Claudia caminaban completamente erguidos, intercambiando miradas silenciosas.

Sabían que no podían alterar el resto de los acontecimientos para no romper la línea temporal, por lo que se habían dejado atrapar a propósito para llegar hasta el corazón de la explotación de plata.

Al caer la noche, llegaron finalmente al campamento minero.

Tras ser empujados con violencia por los capataces vestidos de lino blanco y ribetes rojos, los llevaron presos a los barracones oscuros donde se hacinaba el resto de los esclavos.

El hedor a sudor, tierra húmeda y desesperación impregnaba el lugar.

En cuanto los portones de madera se cerraron con un crujido sordo, sumiendo el barracón en la penumbra, Alfonso y María se arrastraron disimuladamente entre la paja del suelo y se dirigieron a Claudia.

—Estás viva... —susurró María, con la voz entrecortada por el cansancio, pero con los ojos brillando de alivio—. Lo logramos.

Claudia, cuyas manos también sangraban por la fricción del esparto, los miró fijamente. En su mirada ya no solo había sorpresa, sino la chispa de quien empieza a comprender que el destino acaba de ser reescrito.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Claudia, buscando los ojos de Alfonso a través de la oscuridad—. Una de las flechas de la emboscada iba directo a mi pecho.

Alfonso intercambió una mirada cómplice con María antes de volver a centrarse en la guardiana. Se acomodó contra el muro, tratando de aliviar la presión de las cuerdas en sus muñecas heridas, y bajó la voz al mínimo.

—Ha pasado que venimos de muy lejos, Claudia.

Del futuro —respondió Alfonso en un susurro firme—.

En nuestra línea temporal original, esa flecha te atravesó el corazón.

Moriste en ese desfiladero y tu muerte desencadenó una cadena de desgracias que destruyó el mañana.

Magón se quedó con la marca cuántica de tu muñeca, viajó a mil setecientos noventa y tres y manipuló la historia.

Claudia contuvo el aliento, con los ojos muy abiertos, asimilando la magnitud de lo que acababa de escuchar. Miró a María y luego otra vez a Alfonso, dándose cuenta de que los dos jóvenes que tenía delante ya no eran exactamente los mismos que huían con ella esa mañana.

—Hemos tenido que reescribir el pasado para mantenerte con vida —añadió María, acercándose un poco más—.

Nos dejamos atrapar porque no podíamos alterar nada más sin arriesgar nuestra propia existencia, pero ahora estás a salvo.

Alfonso ha viajado a distintas épocas conmigo y, durante este trayecto, nos hemos enamorado —confesó María, mirando con ternura al joven antes de fijar sus ojos en la guardiana—.

En esos viajes he conocido incluso a mi madre, que murió cuando yo tenía solo un año.

Fue ella quien descubrió la tecnología que permite que ahora tú seas custodio junto con otros siete, y que yo sea la llave cuántica.

Claudia escuchaba en el más absoluto silencio, completamente conmocionada por las revelaciones que caían sobre ella en mitad del habitáculo. María tomó aire, estiró sus manos amarradas y concluyó con una seguridad que dejó fría a la guardiana:

—Ahora sé viajar en el tiempo sin necesidad de buscar guardianes. Mi madre me enseñó el método.

Claudia bajó la mirada hacia las ataduras de María, asimilando que la joven asustadiza que apenas unas horas antes lloraba pidiendo volver a su piso de Madrid se había convertido en la fuerza más poderosa del universo.

Ya no era una pieza pasiva del destino; era una maestra cronológica que controlaba el acceso a las líneas temporales gracias al legado de su propia sangre.

—Eso lo cambia todo... —susurró Claudia, impresionada—. Si ya no necesitas la alineación planetaria de los nueve días ni mi guía para activar los saltos, significa que podemos salir de estas minas de plata cuando queramos.

Alfonso asintió, aunque mantuvo la vista fija en el portón, atento a los pasos de los centinelas cartagineses.

—Podemos hacerlo, pero debemos aguardar el momento exacto —advirtió Alfonso.

—En los próximos días, el ejército de Roma conquistará la ciudad —explicó María, desvelando el curso de la historia con una precisión asombrosa—.

Las fuerzas púnicas se replegarán en la fortaleza y nosotros aprovecharemos ese momento de caos absoluto para escapar de aquí.

Magón será vencido y capturado por las legiones romanas.

Claudia asintió despacio, fascinada por la claridad con la que María dominaba el destino de los imperios. Usar la inminente invasión romana como distracción era una jugada maestra: en mitad del asedio, nadie se percataría de la huida de tres esclavos de las minas de plata.

—Si Magón cae en manos de Roma, nunca obtendrá la marca cuántica, nunca viajará a mil setecientos noventa y tres y el tribunal que juzgará a Luis XVI tomará un rumbo completamente distinto —concluyó Claudia, con un hilo de voz—. El futuro que dejamos atrás quedará a salvo.

—Entonces, solo nos queda resistir unos días más trabajando en las galerías —añadió María, entrelazando sus dedos heridos con los de la guardiana en señal de alianza—.

Cuando el primer estandarte de las legiones romanas asome por las colinas de Qart Hadasht, nos moveremos.

El silencio volvió a reinar en el barracón de esclavos, pero esta vez ya no era el silencio de la derrota, sino el de una cuenta atrás que cambiaría el curso del tiempo para siempre.

Pasaron cinco días de agónico trabajo en las galerías, soportando el látigo de los capataces y el aire asfixiante de las fundiciones. Al amanecer de la siguiente jornada, el clamor de las legiones de Escipión rompió el aire, iniciando el asalto definitivo a Qart Hadasht.

El pánico se desató de inmediato en el campamento minero.

Aprovechando la absoluta confusión y el repliegue desesperado de los soldados cartagineses hacia la fortaleza, Alfonso, Claudia y María rompieron sus ataduras y salieron a la superficie en mitad del caos.

El humo negro de los incendios se mezclaba con el de las chimeneas de plata, y los guardias de túnica blanca corrían de un lado a otro ignorando por completo a los prisioneros.

Sin perder un solo segundo, los tres corrieron hacia la zona de las caballerizas. Alfonso noqueó al único vigilante que quedaba en los establos mediante un golpe seco, mientras Claudia y María soltaban las riendas de tres veloces corceles.

—¡Rápido, arriba! —gritó Alfonso, montando de un salto mientras a lo lejos se divisaban ya las primeras líneas de los escudos romanos rompiendo las defensas cartaginesas.