CAPÍTULO XXI #2
—Ahora nos crees, ¿verdad? —preguntó María con suavidad y a la vez firmeza—. No hay tiempo que perder, Alejandra. Sabes perfectamente que tu descubrimiento funciona en el futuro, pero también tienes que creernos sobre lo que te pasará si confías en la persona equivocada en esta conferencia.
Alejandra levantó la mirada, visiblemente pálida.
El miedo y la fascinación libraban una batalla en su interior.
Sabía que tener el mapa de su investigación impreso en la piel de una desconocida lo cambiaba absolutamente todo.
Tragó saliva y asintió, asimilando la magnitud del peligro que corría su vida y su legado.
El pánico inicial dio paso a la mente analítica y fría de la científica.
—De acuerdo —dijo Alejandra, cruzándose de brazos mientras caminaba de un lado a otro de la sala—.
Si lo que decís es cierto, la única forma de salvar el futuro es cambiar el presente.
Ahora tenemos que localizar al doctor que me ofrecerá ir a Oxford para no aceptar su propuesta. No puedo permitir que se me acerque.
María intervino de inmediato, dando un paso al frente para recalcar la advertencia más importante:
—Exacto, Alejandra. Pero no basta con rechazarlo a él.
De igual forma, esta investigación solo podrás realizarla tú en secreto para no correr ningún peligro.
Nadie más puede saber en qué estás trabajando, ni tus colegas ni ningún otro departamento.
Si compartes tus avances, la historia volverá a repetirse.
Alejandra se detuvo en seco y miró fijamente a María y a Alfonso. La idea de trabajar en el más absoluto aislamiento era dura, pero mirar la marca cuántica en la muñeca de María le recordaba que las consecuencias de no hacerlo serían desastrosas.
Justo en ese momento, un resquicio en la puerta entornada dejó ver el pasillo. Un hombre de porte elegante, cabello cano y sonrisa impecable pasó caminando despacio mientras revisaba unos folletos del congreso.
María lo reconoció al instante. El pulso se le aceleró y, aferrando con suavidad el brazo de Alejandra para que no hiciera ningún movimiento brusco, se acercó a su oído:
—Es él —susurró María, con una frialdad que helaba la sangre—. Ese es el doctor Baker. El hombre que te ofrecerá ir a Oxford.
Alejandra contuvo el aliento y clavó la mirada en la silueta del doctor a través del cristal de la puerta, hasta que este desapareció al doblar la esquina del pasillo. En su mente, la imagen de aquel reputado científico acababa de transformarse en la de un enemigo peligroso.
—Ya sabes a quién debes evitar, Alejandra —concluyó María, soltando lentamente su brazo.
Alejandra permaneció inmóvil unos segundos, asimilando la silueta del hombre que, de no ser por ellos, habría destruido su vida. La rabia y la determinación sustituyeron por completo al miedo en sus ojos. Se giró hacia María y Alfonso, asintiendo con la cabeza.
Alfonso miró hacia el pasillo, asegurándose de que el camino estuviera despejado. Se volvió hacia las dos mujeres y, con un tono cargado de urgencia, le indicó a María que debían ponerse en marcha.
—Nos tenemos que ir, Alejandra —anunció Alfonso, extendiendo una mano hacia María para prepararse.
María miró por última vez a Alejandra. Había algo profundamente conmovedor en saber que aquella mujer cambiaría el curso de la ciencia en la más absoluta soledad para proteger el mañana. Se acercó a ella, clavando la mirada en sus ojos con una mezcla de orgullo y complicidad.
—Ya sabes que tendrás éxito y, en el futuro, sabrás quién soy —le dijo María con una sonrisa cálida, dándole un último y sutil apretón de manos.
Alejandra los miró alternativamente, asimilando el peso de aquellas palabras de despedida.
—Gracias por venir a avisarme —susurró Alejandra, dando un paso atrás para dejarles espacio.
Una vez que se despidieron, María y Alfonso salieron a la calle, cruzando las puertas del edificio donde se celebraba el congreso. El aire fresco de la tarde parisina los recibió de golpe, contrastando con la atmósfera tensa y climatizada del salón.
Después de caminar un kilómetro, se detuvieron en una zona apartada, lejos de las miradas de los transeúntes. María se paró en seco, miró fijamente a Alfonso y le confesó el verdadero alcance de lo que debían hacer a continuación:
—Tenemos que volver al doscientos nueve antes de Cristo, justo cuando nos conocimos, y evitar la muerte de Claudia —le dijo María, con una gravedad absoluta en la voz—.
Su muerte supuso que la marca del guardián pasara a manos de Magón y que este, a su vez, viajara a mil setecientos noventa y tres, convirtiéndose en el presidente del tribunal para juzgar a Luis XVI; el mismo cuerpo que tú habitaste cuando saltaste en el tiempo.
Alfonso se quedó pálido, procesando la tremenda paradoja.
Las piezas del rompecabezas histórico y cuántico que los unía acababan de encajar de la forma más inesperada y peligrosa posible.
Si lograban salvar a Claudia en la antigüedad, el destino entero de Magón cambiaría.
El bucle temporal era mucho más profundo de lo que él jamás había imaginado.
Alfonso asimiló las palabras de María y asintió con semblante serio, comprendiendo el milimétrico margen de error que tenían. Miró el colgante y luego fijó sus ojos en los de ella para añadir una advertencia crucial:
—El punto al que tendremos que regresar es justo el instante en el que nos asaltaron, para poder proteger a Claudia —le dijo Alfonso, midiendo cada palabra—. El resto de los acontecimientos no podemos cambiarlos, porque si lo hacemos, nuestra propia historia podría desvanecerse.
María comprendió de inmediato el peligro al que se refería.
Si intervenían de más en el año doscientos nueve antes de Cristo, se arriesgaban a crear un efecto mariposa tan devastador que ellos mismos podrían no llegar a conocerse en el futuro, borrando su propia línea temporal.
Tenían que actuar con un cuidado milimétrico: entrar en el momento exacto del asalto y salvar a Claudia, ni más ni menos.
—Tienes razón —respondió María, cerrando el puño alrededor del colgante y concentrándose con fuerza para realizar el salto cuántico en el tiempo.