La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XXI
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CAPÍTULO XXI

María abrió los ojos mientras un rayo de sol entraba por la ventana.

La luz dorada del amanecer de Aranjuez cortaba la penumbra del cuarto, iluminando la estancia.

María parpadeó despacio, se giró y vio a su madre despierta.

Alejandra permanecía sentada en el borde de la cama, completamente vestida, contemplando a su hija mientras dormía.

Al ver que los ojos de la joven se abrían, desprendiéndose del sueño, la científica se levantó y tomó la mano de María con mucha suavidad.

La calidez de sus dedos entrelazados transmitió un alivio inmenso en mitad del silencio del hostal de carretera.

Alejandra la miró con una ternura infinita, con la voz ligeramente quebrada por la emoción:

—¿Qué raro me resulta verte? Nunca pensé que tendría una hija. Qué guapa eres.

María le devolvió una sonrisa dulce, apretándole los dedos con afecto mientras se incorporaba despacio sobre la colcha de algodón.

—Para mí también es un sueño verte, mamá —le contestó en un susurro casi imperceptible, cuidando de no alterar el reposo de Alfonso, que seguía durmiendo profundamente en su cama.

Alejandra se sentó de nuevo a su lado, acariciándole el cabello con delicadeza y contemplando el relieve de la piel de su hija bajo el sol de la mañana.

A los pocos minutos, Alfonso se despertó. Se giró hacia ellas y dijo:

—Buenos días.

Su voz grave y serena disipó la última penumbra del cuarto.

Alfonso no tardó ni un segundo en recuperar la plena consciencia de su entorno.

Se incorporó y se acercó a besar a María, quien le respondió con mucha dulzura.

El beso fue un reencuentro cálido y lleno de alivio.

Él la estrechó por los hombros con firmeza, disfrutando de su presencia antes de que ambos se apartaran.

María se puso en pie, adoptando de inmediato una postura decidida. Miró fijamente a Alejandra y planteó la estrategia:

—Tenemos que decidir nuestro próximo movimiento.

Mamá, ¿cuándo conociste al doctor? Creo que para que no te persigan en el presente es necesario volver al momento en que lo trataste por primera vez y mantener en secreto esta investigación.

Para ello, Alfonso y yo tendremos que viajar al pasado y alertarte.

Ten en cuenta que en esa época tú no nos conocerás de nada.

Es necesario que nos des algo para que, cuando hablemos contigo, sepas que puedes confiar en nosotros.

—Conocí al doctor hace tres años en una conferencia —explicó Alejandra—.

A los dos meses me propuso colaborar en varias investigaciones y, como tenía financiación, decidí trabajar con él en Oxford.

Nos encontramos en la conferencia internacional de física cuántica celebrada en París.

Fue el veinte de enero de mil novecientos ochenta y ocho.

Estuvimos hablando justo después de las ponencias.

María asintió con una fría resolución en su mirada, procesando la coordenada temporal exacta.

—Entonces tengo que intentar hablar contigo antes de que esa interacción con el doctor se produzca. A su vez, tendré que avisarte de los peligros a los que te puedes enfrentar para que puedas trabajar con precaución.

—Me parece perfecto —coincidió Alfonso.

—Podemos ir los dos como asistentes a esa conferencia —propuso María—. Nos infiltraremos como si fuéramos científicos.

—Recuerda, María, tienes que respirar profundo para bajar las ondas cerebrales a los rangos delta y theta; ahí es cuando las células de la epidermis reducen su resistencia galvánica —le advirtió Alejandra con voz experta—.

Tienes que sincronizar el lugar a donde quieres ir y hacer el ejercicio de focalización mnemotécnica.

Debes concentrar el cerebro en un pensamiento único y forzar al corazón a latir a un ritmo más pausado y constante; así, los fotones de la luz ambiental, al chocar con la hemoglobina de tu muñeca, resonarán con la frecuencia adecuada para que puedas viajar en el tiempo usando la física cuántica.

Es importante que la marca de tu muñeca esté conectada a Alfonso y que presiones el colgante con la mano para canalizar toda la energía.

Una vez que Alejandra terminó de hablar, María la besó con dulzura, tomó la mano de Alfonso y comenzó a ralentizar su respiración.

Utilizó la misma técnica que ya había empleado para rescatar a Alfonso en mil setecientos noventa y tres, pero esta vez las coordenadas la llevarían a mil novecientos ochenta y ocho, justo al instante previo de la conferencia de París.

El silencio en la habitación se volvió absoluto. Alfonso entrelazó sus dedos con fuerza sobre la muñeca de María, acoplándose a la frecuencia de la joven.

De pronto, se encontraron en la entrada de la conferencia. A lo lejos, vieron a Alejandra junto a un grupo de investigadores. Se acercaron a ella y María tomó la palabra:

—¡Hola, Alejandra! Qué ganas teníamos de conocerte. Hemos oído hablar de las investigaciones tan interesantes en las que estás trabajando. Nosotros trabajamos en varias universidades de España.

—No sabía que era tan conocida —contestó Alejandra, esbozando una sonrisa tímida y ajustándose las gafas mientras sostenía una carpeta llena de gráficos sobre fluctuaciones cuánticas—.

Aquí en París apenas somos un puñado de locos discutiendo sobre el comportamiento de los fotones.

Me sorprende que nuestro trabajo haya cruzado la frontera de esa manera.

María miró de reojo a Alfonso. Era una sensación extraña encontrarse cara a cara con una versión tan joven de la mujer que, en su propio tiempo, es una eminencia absoluta. El peso del secreto histórico casi la hacía dudar.

—Lo es, créeme —intervino Alfonso, forzando un tono natural para ocultar la intensa agitación que aún sentía en el pecho tras el salto temporal—.

Tus hipótesis sobre la resonancia y la biofísica de la epidermis están abriendo líneas de investigación que...

bueno, que cambiarán las reglas del juego muy pronto.

Alejandra arqueó una ceja, visiblemente intrigada por el entusiasmo de aquellos dos desconocidos que acababan de aparecer de la nada en el vestíbulo del congreso.

—¿Ah, sí? —preguntó ella, cruzándose de brazos y clavando en ellos una mirada analítica—. No recuerdo haber publicado nada todavía sobre la relación epidérmica y los campos cuánticos. Eso es solo un borrador teórico que guardo en mi despacho. ¿Cómo han dicho que se llaman?

—Nos llamamos Alfonso y María —respondió ella de inmediato, tratando de mantener la voz firme a pesar de la mirada de la científica—. Y sí, también venimos a la conferencia, pero... nos gustaría hablar con usted a solas. Es un asunto de relativa importancia.

Alejandra desvió la mirada por un segundo hacia sus colegas, que seguían discutiendo animadamente a unos metros de distancia, y luego volvió a fijarla en la pareja.

Había algo en los ojos de María, una urgencia casi desesperada, que la hizo olvidar por un momento su habitual escepticismo.

Además, la mención de sus notas privadas sobre la epidermis la había dejado demasiado desconcertada como para dejarlos marchar.

—Está bien —accedió Alejandra, bajando la voz y señalando con un leve gesto de la cabeza un pasillo lateral, alejado del bullicio—. El congreso está a punto de empezar, pero podemos apartarnos unos minutos en la sala de lectura del fondo. Síganme.

Alfonso exhaló un suspiro imperceptible y asintió, mientras María apretaba disimuladamente el colgante en su mano, consciente de que acababan de dar el primer paso en una línea temporal sumamente delicada.

Se adentraron en un salón paralelo donde no había nadie. El murmullo de los científicos del vestíbulo se desvaneció tras la pesada puerta de madera, dejando la estancia en un silencio expectante. Alejandra se giró hacia ellos, cruzó los brazos y esperó una explicación.

María tomó aire y le dijo:

—Alejandra, sé que esto va a sonar completamente imposible ahora, pero no tenemos tiempo: venimos del futuro.

Viajamos desde 1991 utilizando tus propias teorías sobre la sincronización de las ondas delta y theta en los viajes en el tiempo.

Y estamos aquí porque tu yo del futuro corre peligro; aquí conocerás a un doctor con el que te irás a Oxford, pero que te traicionará para quedarse con tu investigación.

Eso pondrá en peligro tu trabajo. Esa investigación la terminarás dentro de tres años, pero tienes que ser muy prudente.

Alejandra dio un paso atrás, como si las palabras de María la hubieran golpeado físicamente.

Buscó en el rostro de la joven algún rastro de locura o de burla, pero solo encontró una seriedad absoluta.

El corazón le dio un vuelco al oír mencionar los viajes en el tiempo asociados a sus teorías, pero la advertencia sobre Oxford y la traición la dejó gélida.

—Eso... eso no tiene ningún sentido —balbuceó Alejandra, aunque su voz carecía de convicción—. Nadie sabe lo de mis notas sobre las ondas cerebrales.

Alfonso dio un paso al frente y extendió su brazo junto al de María, mostrando a Alejandra la marca cuántica que ambos compartían en sus muñecas.

Al ver la marca, Alejandra se quedó petrificada, con los ojos increíblemente abiertos mientras se acercaba despacio a la muñeca de María.

Era el diseño exacto que ella misma había dibujado en sus cuadernos; aquel esquema geométrico perfecto concebido para canalizar la energía que permitía realizar los viajes cuánticos.

Solo ella lo había ideado en el secreto de su mente.

—No puede ser... —susurró Alejandra, extendiendo los dedos temblorosos hacia la marca sin atreverse a tocarla—. Ese patrón de resonancia... es mi firma matemática. Nadie más en esta época comprende cómo estabilizar un flujo cuántico en tejido humano.

María asintió con una mezcla de alivio y seriedad, viendo que la barrera del escepticismo de la científica finalmente se había derrumbado ante las pruebas.