La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XX #3
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CAPÍTULO XX #3

Alfonso cruzó el umbral primero y dejó las maletas a un lado del armario.

María accionó el interruptor de la entrada; una lámpara colgada del techo inundó la estancia con una luz blanca y cálida.

El cuarto era sencillo pero espacioso, equipado con tres camas individuales dispuestas en paralelo y cubiertas por colchas de algodón con motivos geométricos.

Al fondo, un gran ventanal blanco daba directamente a la parte trasera, ofreciendo una vista perfecta sobre el aparcamiento y el utilitario de Alejandra, estacionado bajo la sombra del sauce.

Alfonso echó los cerrojos con fuerza mientras María dejaba caer la mochila de deporte sobre la mesa auxiliar.

Alejandra se sentó en la cama central y se frotó las sienes con cansancio. Miró a los jóvenes y les dijo:

—He visto un restaurante justo al lado del hostal. Deberíamos bajar a comer algo —propuso con voz pausada—. Necesitamos reponer fuerzas y cenar algo rápido.

María y Alfonso asintieron, compartiendo una mirada de complicidad.

Sin perder más tiempo, salieron de la habitación con rumbo al establecimiento vecino.

Cruzaron de nuevo el pasillo, bajaron los gastados peldaños de la escalera de piedra y atravesaron el vestíbulo principal.

Caminaban decididos a dejar las preocupaciones bajo llave por un instante, cenar algo caliente y recuperar la energía necesaria antes de sentarse a planear su siguiente movimiento.

Los tres cruzaron el umbral del restaurante, donde el olor a guiso casero y a pan recién horneado los reconfortó de inmediato. Se dirigieron a la barra, donde un empleado los recibió tras el mostrador.

—Buenas noches. ¿Tienen una mesa libre para tres personas? —solicitó Alejandra, apoyándose ligeramente en la madera.

—Sí, claro, pasen por aquí. Acompáñenme al comedor del fondo —les respondió el camarero con amabilidad, pasándose un paño blanco por las manos antes de guiarlos.

Al cruzar la puerta, vieron varias mesas vacías bajo los ventanales. Eran robustas, construidas con pesada madera de pino teñida de un color oscuro y cubiertas por manteles de tela de cuadros rojos y blancos. Sobre el tejido descansaba en orden el clásico servicio de vasos, platos y cubiertos.

Alfonso se colocó en la silla pegada a la pared, obteniendo un dominio visual absoluto del acceso al comedor.

María ocupó el asiento a su lado, dejando su mochila en una silla vacía, mientras Alejandra se sentaba frente a ellos con un largo suspiro de alivio.

El camarero dejó tres cartas sobre el mantel y permaneció de pie junto al borde de la mesa, sosteniendo una pequeña libreta de papel y un bolígrafo listos para anotar el pedido.

María tomó la cartulina y sonrió:

—A mí me apetece un bocadillo de lomo y una botella de agua.

Alfonso arrugó el entrecejo y preguntó:

—¿Qué es eso?

El guerrero de la antigüedad entornó los ojos, examinando los caracteres impresos en la cartulina plastificada sin comprender a qué se refería aquel término tan común para sus compañeras.

—Es pan con un trozo de carne dentro —le explicó María con una sonrisa tierna y un tono de complicidad, divertida por tener que traducirle las costumbres culinarias de su tiempo.

Alfonso asintió de inmediato:

—Yo también quiero uno de esos. —La idea de un alimento compacto y contundente, idéntico a las raciones de marcha de un soldado, le pareció una excelente elección.

El camarero apuntó los dos bocadillos de lomo con trazos rápidos en su bloc y se giró hacia la científica, que mantenía su bolso bien resguardado sobre el regazo.

—Y para mí, un bocadillo de calamares y un refresco, por favor —añadió la madre de María, cerrando la carta y entregándosela al empleado con un suspiro de cansancio.

—Muy bien: dos de lomo, uno de calamares, agua y refresco. En unos minutos se lo sirvo —concluyó el camarero, retirando los menús con un movimiento mecánico antes de desaparecer en dirección a la cocina.

Alfonso se recostó en su silla, manteniendo la espalda pegada a la pared y la mirada fija en la entrada. La cena en Aranjuez se presentaba con un menú sencillo y tradicional de carretera que les daría el respiro y la energía necesarios para lo que estaba por venir.

Poco después, el aroma a carne sazonada y pan crujiente anunció el regreso del empleado.

El camarero les sirvió las bebidas y dejó los platos sobre el mantel: los dos bocadillos de lomo frente a María y Alfonso, e inmediatamente después, el de calamares ante Alejandra.

Alfonso examinó el pan con curiosidad, lo tomó con ambas manos y le dio un mordisco franco.

Cuando terminaron, el guerrero levantó la mano derecha con una naturalidad que hizo sonreír a María, llamando de nuevo la atención del empleado.

—Camarero, por favor —solicitó Alfonso con su voz grave, señalando el plato vacío sobre la mesa de pino—. Traiga otro de esos panes con carne de lomo. La batalla de hoy ha sido exigente y mi cuerpo todavía demanda más energía.

—¡Marchando otro de lomo para el caballero! —respondió el camarero con una sonrisa amable, apuntando el pedido extra en su libreta de papel antes de regresar a la cocina.

María le dio un sorbo a su botella de agua, contemplándolo con una mirada cargada de afecto.

Comprendía perfectamente que el salto cuántico inverso desde el cadalso de mil setecientos noventa y tres y la posterior pelea en el laboratorio de Oxford habían consumido por completo las reservas eléctricas y biológicas de las células del guerrero.

Alejandra, ya más tranquila tras saborear su cena, observaba la escena en silencio.

En cuanto Alfonso diera buena cuenta de su segundo bocadillo, pagarían la cuenta y subirían directos a la habitación para desvelar el secreto de los CD.