CAPÍTULO XX #2
Con movimientos rápidos, expertos y precisos, comenzó a inspeccionar los puntos críticos donde la inteligencia enemiga solía colocar las balizas de radiofrecuencia.
Deslizó sus dedos por el interior de los pasos de rueda, palpó la superficie metálica del chasis inferior y revisó con la yema de los dedos el parachoques trasero y la zona oculta bajo el silenciador del tubo de escape.
Sabía perfectamente qué buscar: una pequeña caja magnética de plástico negro con cables ocultos o una antena rudimentaria conectada a la batería que emitiera ondas hacia el receptor.
Alfonso se colocó de espaldas a ella, cubriéndola con su imponente postura militar, barriendo con su mirada cada turismo que aminoraba la marcha en la avenida.
Tras un par de minutos de tensa revisión bajo el chasis, María se incorporó sacudiéndose el polvo de las manos y exhaló un suspiro de alivio.
—El chasis está limpio, no hay balizas —le confirmó a su madre con una fría resolución en los ojos—. Tampoco hay cables manipulados en el motor a simple vista. Entrad rápido.
Una vez que dejaron las maletas en el coche de forma muy rápida, Alfonso cerró el portón trasero con un golpe seco, asegurando el equipaje que contenía los CD de las investigaciones y la ropa de repuesto.
Alejandra ya tenía la llave introducida en la cerradura del conductor, lista para abrir, cuando su hija se interpuso con suavidad.
—Dame las llaves, mamá —solicitó María, extendiendo la mano derecha—. Es mejor que conduzca yo. Estoy más acostumbrada y tú estás muy nerviosa.
Alejandra se quedó estupefacta un instante, mirando la mano extendida de su hija y sintiendo el pulso acelerado en sus propias sienes.
María le dedicó una mirada cargada de cariño.
Sabía que el cuerpo que había ocupado al viajar a mil novecientos noventa y uno pertenecía a una espía entrenada y dotada de un gran conocimiento técnico; una habilidad providencial en una situación de riesgo extremo por las calzadas de la capital, con la sombra de los agentes soviéticos acechando el portal de la calle Alcalá.
Alejandra tragó saliva, soltó el llavero de metal y asintió con una mezcla de sumisión maternal y alivio.
—Tienes razón, mi vida. Llévate tú el coche —cedió Alejandra, rodeando el capó para ocupar el asiento del copiloto.
Alfonso se deslizó con agilidad en la parte trasera, manteniéndose alerta.
María abrió la puerta, se sentó al volante y ajustó el espejo retrovisor con un movimiento mecánico.
Introdujo la llave en el contacto, pisó el embrague y arrancó el motor con un rugido limpio que resonó contra los árboles de la acera.
La fuga por las calles de Madrid daba comienzo a contrarreloj.
Una vez que el coche estuvo en marcha, María engranó la primera velocidad con un movimiento fluido, incorporándose al flujo de vehículos que transitaba bajo las copas de los árboles de la avenida.
El ruido del motor y el zumbido de los neumáticos contra el asfalto madrileño crearon una atmósfera de tensa concentración en el habitáculo.
María mantenía los ojos fijos en la calzada, escaneando los espejos retrovisores con los letales reflejos técnicos de su cuerpo de espía, cerciorándose de que ninguna berlina oscura rompiera la simetría del tráfico a sus espaldas.
Mientras la silueta de la capital quedaba atrás, Alejandra se acomodó en el asiento del copiloto, abrazando su bolso contra el pecho. Miró de reojo a su hija y luego a Alfonso, que permanecía rígido y alerta en la parte trasera.
—Creo que deberíamos alejarnos de Madrid, quedarnos a dormir en un hotel de la carretera de Andalucía y planear qué es lo que vamos a hacer —propuso María con voz más calmada, obligando a sus nervios a asentarse—.
Si los hombres de Leonardo o los agentes soviéticos tienen controlado el piso de la calle Alcalá, vigilarán las salidas principales del norte y del aeropuerto.
La Autovía del Sur nos permitirá romper el cerco con rapidez, y los hostales de carretera de esa ruta son lo suficientemente anónimos como para pasar desapercibidos en mitad de la noche.
Alfonso y Alejandra asintieron con la cabeza.
—Es una decisión excelente, María —sentenció Alfonso con su voz grave, manteniendo la solemnidad de su lenguaje—.
En la guerra, cuando una posición fortificada es comprometida por el enemigo, lo más sabio es replegar las fuerzas hacia un territorio neutral donde podamos reorganizarnos.
Marchemos hacia esa calzada de Andalucía.
Una vez que estemos a resguardo en ese hostal de piedra, podremos diseñar la estrategia.
Tras recorrer varias decenas de kilómetros por la autovía, María tomó el desvío por el carril de servicio al llegar a las inmediaciones de Aranjuez.
—Vamos a parar en ese hostal —anunció María, mientras giraba con suavidad el volante hacia la vía de deceleración—.
Ya hemos ganado la distancia suficiente desde la calle Alcalá y la noche se nos echa encima.
Ese sitio es perfecto: está lo bastante cerca de la autovía para permitirnos salir rápido si la situación se complica, pero lo bastante apartado como para que no nos encuentren.
Con un movimiento fluido, María condujo el coche por el ramal asfaltado. El vehículo abandonó la vía principal y se adentró en el aparcamiento de grava fina, deteniéndose finalmente bajo la sombra protectora de unos árboles junto al edificio de ladrillo visto.
Alejandra exhaló un suspiro largo de alivio en el asiento del copiloto.
—Me parece lo más sensato —asintió con la voz más calmada—. Los hostales de esta ruta no comparten datos informáticos; el registro se hace a mano. Tampoco suelen pedir los pasaportes o DNI de todos los huéspedes.
Alfonso miró los alrededores a través de la luneta trasera para comprobar si les había seguido algún coche.
—Bajemos las maletas. Tenemos que comer algo, descansar y hablar sobre nuestro siguiente movimiento —sugirió Alfonso.
—Tienes toda la razón —coincidió María, sacando la llave del contacto y colgándose la mochila al hombro—. El viaje desde Oxford y la huida de la calle Alcalá nos han dejado exhaustos. Necesitamos reponer fuerzas y vaciar la mente antes de tomar una decisión.
Alejandra asintió, tomando con dedos firmes la caja vertical con los CD de la investigación. Alfonso rodeó el vehículo, abrió el maletero con un golpe seco y extrajo el equipaje. Caminando juntos bajo la mortecina luz del atardecer, los tres se dirigieron a la puerta del hostal.
El vestíbulo del establecimiento era estrecho, con paredes recubiertas de madera, iluminado por el rancio resplandor de un par de tubos fluorescentes.
Al fondo, tras un tosco mostrador de pino, el recepcionista permanecía inclinado sobre un enorme libro de contabilidad con tapas de cuero gastadas, anotando minuciosamente con un bolígrafo los nombres de los huéspedes de la jornada.
Al escuchar el tintineo de la campana metálica sobre el marco de la entrada, el hombre levantó la vista despacio, recolocándose las gafas sobre el puente de la nariz mientras examinaba al grupo con una mezcla de sospecha y aburrimiento.
Alfonso dio medio paso al frente, manteniendo la espalda recta con su imponente y disciplinada postura militar, listo para cubrir a las dos mujeres mientras sostenía las maletas. María se aproximó al mostrador, se descolgó la mochila de deporte y le dedicó al empleado una cortés sonrisa.
—¿Tiene una habitación con tres camas? —preguntó María, modulando su voz para sonar natural.
El hombre entornó los ojos tras las lentes, paseando la vista por el imponente porte de Alfonso y el rostro cansado de Alejandra, antes de consultar el cuaderno de registro.
—Me queda libre una al final del pasillo del primer piso —respondió el recepcionista con voz ronca, arrastrando las palabras—. Da a la parte trasera, al aparcamiento, así que no escucharán tanto el ruido de los camiones de la autovía.
El hombre abrió el enorme libro y lo giró sobre la madera, deslizando el bolígrafo hacia María con un gesto mecánico.
—Necesito el documento de identidad de al menos una persona —añadió.
Con un movimiento rápido y preciso, María extrajo su pasaporte falso y lo deslizó sobre el mostrador.
Sabía perfectamente que entregar la documentación oficial de Alejandra levantaría alertas innecesarias.
El recepcionista anotó los datos sin cuestionar nada, cogió las llaves y las dejó caer; el pesado llavero metálico tintineó al chocar contra la superficie de pino.
María las recogió al vuelo y le dedicó una última y fría sonrisa de cortesía.
Sin perder un solo segundo, tomaron el equipaje y se dirigieron hacia las escaleras.
El trayecto por el interior del edificio fue una travesía silenciosa y cargada de una densa expectación.
Dejaron atrás el vestíbulo y comenzaron a subir por los peldaños de piedra.
Alfonso marchaba en vanguardia portando las maletas, mientras María vigilaba la retaguardia de Alejandra, manteniendo una mano apoyada sutilmente en la correa de su mochila.
Al alcanzar el primer piso, se adentraron en un pasillo largo, angosto y mal iluminado por el parpadeo de unos apliques de pared.
El suelo estaba cubierto por una alfombra de lana de color granate que amortiguaba por completo el sonido de sus pisadas.
Caminaron uno detrás de otro, comprobando el número de las estancias hasta llegar a su destino.
Frente a la puerta número treinta y cuatro, María tomó la delantera.
Introdujo la pesada llave de metal en la cerradura, haciéndola girar con un seco y rotundo doble chasquido; empujó la madera y entraron en la habitación.