La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

El rugido de los reactores del avión se apagó finalmente sobre el asfalto de las pistas españolas, tras un viaje que a Alfonso le había parecido un parpadeo de magia.

La compuerta circular del fuselaje se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire más cálido y seco que el de la neblina inglesa.

Mientras descendían por las escaleras del avión, María se volvió hacia él y le susurró:

—Esto es Madrid, Alfonso. Ahora tenemos que ir hacia el control de la terminal, igual que hicimos al entrar en Inglaterra, y tomar un taxi.

Alfonso bajaba con paso firme por los peldaños metálicos de la escalerilla móvil, aferrándose al pasamanos mientras escaneaba el inmenso horizonte de la terminal madrileña.

Clavó sus ojos de estratega en las enormes letras que coronaban el edificio principal: Madrid-Barajas.

El sol del mediodía relucía con fuerza sobre las colosales aves de acero que descansaban alineadas en las pistas de rodaje.

Recordó las poéticas palabras que María le había susurrado en el mostrador de Oxford; aquel páramo desierto e invisible de sus años de guerrero en el doscientos nueve antes de Cristo se extendía ahora ante él como un asombroso imperio de hormigón, asfalto y millones de personas.

Los tres cruzaron la pista a pie, acompañados por el personal de tierra del aeropuerto, y se adentraron en los túneles de la terminal.

Siguieron el flujo de pasajeros en dirección al control de fronteras y aduanas, repitiendo de forma inversa el meticuloso procedimiento documental que habían superado en el aeropuerto británico.

Con los pasaportes falsos validados por los agentes españoles y las maletas recuperadas de las cintas transportadoras, enfilaron la gran marquesina de salida.

Las calzadas de la capital estaban despejadas y la fila de turismos aguardaba en perfecta formación; el plan de camuflaje en mitad del hormiguero de masas de Madrid acababa de entrar en su fase operativa definitiva para proteger la investigación de las garras de la Unión Soviética.

Al salir de la terminal, el aire seco del mediodía los recibió con fuerza.

Se colocaron bajo la estructura de la calzada principal, donde la hilera de vehículos esperaba alineada.

Alfonso se mantuvo un paso por delante de las dos mujeres, vigilando los alrededores con sus letales instintos de guardia.

María alzó con firmeza el brazo derecho hacia el primer automóvil de la fila.

Subieron al coche y Alejandra le indicó la dirección al taxista:

—A la calle Alcalá, por favor, a la altura del Retiro —solicitó con voz firme, intentando disimular el temblor de sus manos mientras aferraba el bolso contra su pecho.

—Entendido, señora. Si el tráfico nos respeta, en veinte minutos estamos allí —respondió el conductor.

El chofer era un madrileño de mediana edad, de rostro curtido y cabello canoso peinado hacia atrás, que vestía una camisa de cuadros desgastada y fumaba un cigarrillo con el codo apoyado en la ventanilla entreabierta.

El interior del habitáculo olía a tabaco, a ambientador de pino y a tapicería antigua.

El hombre engranó la marcha con un sonoro crujido de la palanca de cambios y el coche se incorporó con brío a la autopista, marcando el inicio de una travesía que combinó el alivio de la distancia con un cruce de susurros y miradas fijas en los ventanales.

Alfonso se pegó al cristal, devorando con unos ojos desorbitados la inmensidad de las calzadas de mil novecientos noventa y uno.

—María... —murmuró Alfonso con su voz grave, conteniendo el aliento mientras señalaba a través del vidrio—.

Mira esa masa de carros de metal. Se deslizan a una velocidad vertiginosa, esquivándose unos a otros sin chocar, guiados solo por esas luces de colores en los postes.

Mis tropas en Cartago habrían tardado muchos soles en cruzar una distancia que este artilugio devora en un suspiro.

—Son los semáforos y los coches que te describí, Alfonso —le contestó María en un susurro cálido, entrelazando sus dedos con los de él para transmitirle seguridad—.

No pienses en eso ahora. Concéntrate en el entorno.

¿Ves el hormiguero de personas con maletines en las aceras?

Es la civilización de los escribanos modernos.

En mitad de este mar de gente, somos completamente invisibles.

Alejandra se giró hacia ellos desde el asiento del copiloto, aprovechando el zumbido del motor y la música de la radio para hablar sin que el conductor la escuchara:

—El laboratorio de Oxford ya es pasado —dijo con una fría resolución en su mirada—. En la calle Alcalá tengo un antiguo piso de mi familia que Baker y Leonardo desconocen por completo.

—Excelente, señora —asintió Alfonso, enderezando la espalda con su imponente postura militar mientras enfilaban la monumental avenida—.

Aseguraremos ese refugio de piedra. Si los espías rusos intentan seguir nuestro rastro hasta este corazón de Hispania, descubrirán que un soldado sabe cómo defender su territorio.

Al llegar a la ubicación, el vehículo detuvo su marcha junto al bordillo liso de la acera con un leve chirrido de frenos.

Alejandra abrió la portezuela delantera, le entregó un billete de mil pesetas al conductor de la camisa de cuadros y descendió al asfalto.

María y Alfonso la siguieron de inmediato desde el asiento trasero.

Con pasos rápidos y coordinados, sacaron el equipaje del maletero abierto.

El taxi arrancó de nuevo, perdiéndose en mitad del denso tráfico madrileño.

Alfonso soltó las pesadas maletas sobre las placas de mármol del suelo y se giró de inmediato, apoyando la espalda contra la madera del portón cerrado. Escudriñó los techos altos y las molduras con una fijeza militar, analizando aquella monumental fortaleza de piedra.

Alejandra dejó escapar un suspiro largo, apoyando la mano en la barandilla de forja mientras recuperaba el aliento.

—Ya estamos dentro —dijo Alejandra en un susurro que resonó levemente en el silencioso vestíbulo—. Nadie nos ha seguido desde Barajas. Subamos en el ascensor; el piso está en la tercera planta y las maletas son demasiado pesadas para subir por las escaleras.

María se acercó al ascensor antiguo, tiró de la maneta y abrió la reja de hierro calado con un chasquido metálico. Se giró hacia Alfonso con una sonrisa de complicidad.

—Bienvenido a tu nueva fortaleza, soldado. ¿Qué te parece este palacio de los escribanos modernos?

Alfonso avanzó con paso firme, introduciendo las maletas en el cubículo de madera de castaño antes de fijar sus ojos en el intrincado sistema de cables y poleas que subía por el hueco del pozo.

—Es una fortificación impresionante, María —respondió Alfonso con su voz grave, manteniendo una rigidez alerta—.

Los muros son recios y la sillería del portal ofrece una cobertura excelente contra cualquier enemigo.

Pero este artilugio de hierro que se eleva por el aire...

sigo pensando que los hombres de tu era domináis una magia que desafía a la muerte.

—No es magia, Alfonso, es solo ingeniería del siglo diecinueve —le contestó María con ternura, colocándose a su lado mientras Alejandra entraba y cerraba la doble puerta de la jaula.

Cuando el ascensor se detuvo y abrieron la puerta en la tercera planta, dieron el paso para salir. Sin embargo, antes de que Alejandra pudiera sacar las llaves del bolsillo, los ojos de María se agrandaron, llenándose de un pánico repentino.

La puerta del piso estaba abierta.

Una rendija de apenas dos centímetros rompía la simetría del marco de madera, revelando una densa oscuridad y la sutil silueta de una cerradura forzada de forma limpia.

La científica se quedó paralizada, ahogando un grito en mitad de la garganta.

María reaccionó a la velocidad del rayo; interceptó el brazo de Alfonso antes de que el guerrero avanzara hacia el umbral con los puños cerrados y, con un movimiento rápido y coordinado, empujó a los tres de vuelta a la cabina.

—¡Atrás, rápido! —ordenó María en un susurro cortante mientras cerraba de golpe la protección de hierro.

Presionaron otra vez el botón del panel para descender.

El aparato volvió a ponerse en marcha con un tirón brusco, bajando hacia la planta baja en mitad de una tensión asfixiante.

Ninguno se atrevió a respirar hasta que se detuvo en el vestíbulo principal.

Salieron a paso rápido, cruzaron el portón de roble y abrieron la verja exterior, alcanzando la calzada rodeada por los árboles.

En ese momento, Alejandra dijo:

—Tengo aquí el coche que dejé el mes pasado cuando vine a Madrid. Vamos a por él. Está aparcado ahí. Es un utilitario discreto y tiene el depósito lleno.

Apresurando el paso bajo la sombra de los árboles invernales, doblaron la esquina.

Se dirigieron hacia el lugar donde estaba el coche, un turismo de color negro estacionado junto al bordillo de la calle paralela.

Alejandra sacó las llaves con rapidez, pero antes de que pudiera introducirlas en la cerradura de la portezuela, María la detuvo colocándole una mano firme en el brazo.

—Espera, mamá. No abras todavía —le advirtió María en un susurro urgente, mientras se agachaba junto al guardabarros delantero.

De inmediato, María comenzó a revisar minuciosamente los bajos del chasis por si los espías habían instalado algún sistema electrónico de seguimiento en el vehículo.