CAPÍTULO XIX #4
Alfonso se apoyó contra el vidrio, conteniendo el aliento.
Ver a través de los ventanales aquellas grandes aves de acero capaces de volar le causó un impacto que quebró toda su lógica antigua.
Contempló un gigantesco Boeing de Iberia maniobrando sobre el asfalto y, poco después, otra de aquellas moles mecánicas acelerando por la pista hasta elevarse con un rugido atronador, desafiando la gravedad para perderse entre las nubes del cielo inglés.
Para la mente de un soldado habituado a medir las distancias por las jornadas de marcha de sus caballos, ver toneladas de metal suspendidas en el aire como si fueran plumas era una epifanía casi divina.
María se acercó a él despacio y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una sonrisa llena de ternura.
—Esos son los aviones de los que te hablé, Alfonso —le susurró al oído, contemplando el destello plateado de las alas reflejado en sus ojos—. En pocos minutos nos subiremos a una de esas aves de acero y llegaremos en pocas horas a Madrid.
Alfonso no apartaba los ojos de las pistas, observando cómo un avión se elevaba hacia el firmamento. María, notando su intensa concentración, se pegó más a su brazo y le sonrió con suavidad mientras esperaban en la fila de embarque.
—Nos dirigimos a Madrid, Alfonso —le explicó en un susurro, guiando su mirada hacia el mapa impreso en las tarjetas de embarque—.
Sé que para ti ese nombre no significa nada.
Ten en cuenta que, en tu época, en el doscientos nueve antes de Cristo, Madrid ni existía.
En la Hispania que tú recorriste con tus guerreros, ese lugar no era más que un páramo desierto de campos y bosques junto a un río, el Manzanares.
No había fortalezas, ni templos, ni calzadas.
Era una tierra invisible en los mapas antiguos.
Alfonso arrugó el entrecejo, girándose hacia ella con curiosidad.
—¿Un páramo desierto? —inquirió con su voz grave—. ¿Y cómo ha llegado a convertirse en el destino de nuestra huida? Si no hay defensas antiguas, ¿por qué marchamos allí?
—Porque la historia universal transformó ese páramo en una de las plazas estratégicas más importantes del mundo —continuó María con pasión—.
En la época de la reina Isabel, el cuerpo que yo habité en Valladolid, la ciudad principal y el corazón del reino era Toledo.
Era la gran capital de piedra, rodeada por el río Tajo, desde donde se gobernaba Castilla.
Madrid era solo una villa fuerte con un Alcázar donde los Reyes Católicos pasaban temporadas y celebraban cortes. Pero el verdadero giro ocurrió después.
Alfonso escuchaba con atención magnética, fascinado por la geografía de la península.
—Fue el biznieto de Isabel la Católica, el rey Felipe II, quien cambió el destino de esa villa —explicó María—.
En mil quinientos sesenta y uno, decidió abandonar Toledo y trasladar toda la corte, el gobierno y los archivos del Imperio a Madrid de forma definitiva.
Lo hizo por una razón puramente geométrica y táctica: Madrid estaba en el centro exacto de la península ibérica.
Desde ese corazón geográfico, los mensajeros podían salir en línea recta hacia cualquier costa con la misma velocidad.
Alfonso asintió lentamente, asimilando la lógica de la posición central desde su implacable mentalidad de estratega.
—Hoy, en nuestro presente, Madrid es una urbe colosal de millones de personas —concluyó María, apretándole los dedos—.
Es un laberinto de avenidas asfaltadas, palacios reales y edificios de hormigón.
Es un centro de poder inmenso donde se cruzan todos los transportes, los trenes y las redes del país.
Pero lo mejor de todo, Alfonso, es que entre sus millones de habitantes y sus calles abarrotadas nos resultará sumamente fácil ocultarnos de cualquiera que nos persiga.
Alfonso contempló el mapa de los billetes y los pasaportes con una mezcla de respeto y fascinación contenida.
—Ahora la civilización es diferente —murmuró María, apretándole suavemente el brazo para devolverlo a la realidad del mostrador de embarque—.
Hay millones de personas en Madrid que se dedican a oficios muy distintos a los de antes.
No hay campos ni ganado, son otras ocupaciones.
Ya no hay pastores avistando el horizonte, ni agricultores midiendo las estaciones, ni herreros forjando el bronce en las fraguas imperiales.
Es un hormiguero de escribanos modernos, operarios de máquinas y científicos de la luz.
Alfonso la escuchó en silencio, conmovido por la precisión con la que ella describía el nuevo mundo, mientras la fila comenzaba a avanzar con rapidez hacia la pasarela.
—Ya te contaré más cuando tengamos tiempo —le aseguró María en un susurro—. Ahora tenemos que subir al avión. Los hombres de Leonardo se han quedado atrás, pero debemos irnos ya.
El flujo de viajeros los empujó hacia el mostrador de la compañía aérea.
Pasaron uno a uno con la tarjeta de embarque; la azafata rasgó el resguardo rectangular con un chasquido limpio y les indicó el acceso.
Cruzaron el umbral e ingresaron al avión a través de la pasarela telescópica, que vibraba bajo sus pies con el eco de los pasos.
Tras acomodarse en la fila doce y abrocharse los cinturones de seguridad, Alfonso clavó la mirada a través del óculo de cristal, contemplando el ala plateada del gran pájaro de acero.
El suelo inglés quedaba sellado y la cuenta atrás para el despegue rumbo a Madrid entraba en su último y definitivo segundo.