CAPÍTULO XIX #3
María se congeló en mitad del despacho, con los ojos fijos en el arma y la mochila de deporte aún colgada al hombro.
La lucidez táctica y los reflejos de su cuerpo se activaron a la velocidad del rayo.
Comprendió al instante lo que había sucedido en la línea temporal anterior: Alejandra había venido sola, Leonardo la había emboscado en esta misma penumbra para interrogarla y, al no conseguir las respuestas, había revuelto el escritorio tirando los folios por el suelo antes de raptarla.
Pero esta vez el tablero era diferente. María mantuvo las manos en alto, simulando sumisión para ganar valiosos segundos, mientras escuchaba el casi imperceptible roce de una bota aproximándose por el pasillo.
Alfonso estaba a escasos metros de la puerta abierta, listo para ejecutar el contraataque y demostrarle al traidor la fuerza de un auténtico guerrero.
La madera del portón se reventó hacia dentro bajo el impacto brutal de la patada de Alfonso; Leonardo no tuvo tiempo ni de apretar el gatillo.
Con un movimiento seco, Alfonso interceptó la muñeca armada del traidor mediante un bloqueo de antebrazo y le arrebató la pistola, desviando el cañón hacia el techo antes de que saliera volando y golpeara el archivador metálico.
Aprovechando la inercia del giro, hincó el pie izquierdo en el suelo y encadenó una serie de golpes directos al rostro y al cuerpo de su oponente.
La primera fue una patada frontal ascendente que impactó de lleno en la mandíbula de Leonardo; la segunda, un latigazo circular con el talón que le hundió las costillas derechas, proyectándolo con violencia contra el escritorio, donde el resto de los folios salieron volando.
En ese preciso instante, el doctor Baker irrumpió desde el pasillo empuñando una pesada barra de hierro de los soportes informáticos, con la clara intención de golpear a Alfonso por la espalda.
Sin embargo, María reaccionó de inmediato.
Interponiéndose en su trayectoria gracias a sus letales reflejos, arremetió contra él a una velocidad endiablada.
María esquivó el primer golpe descendente de Baker pivotando sobre su eje hacia la izquierda.
Con la guardia alta, lanzó un doble jab directo al rostro del científico que le fracturó el tabique nasal en un estallido de sangre, seguido de un gancho de izquierda al hígado que dobló al hombre en dos.
Cuando el doctor intentó levantar la barra a la desesperada, María volcó todo su peso en la pierna de apoyo y ejecutó una patada lateral perfecta al pecho del agresor.
El impacto fue tan limpio y seco que desplazó el cuerpo de Baker tres metros hacia atrás; soltó el hierro y se estrelló de espaldas contra una estantería, la cual estalló en mil pedazos.
A su lado, Alfonso culminaba su ofensiva barriendo la pierna de apoyo de Leonardo con una zancada baja y rematándolo con un golpe de martillo directo al plexo solar, dejándolo completamente inconsciente en el suelo.
El despacho de física cuántica quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por sus respiraciones agitadas.
María, Alejandra y Alfonso salieron de la oficina en dirección al autobús, acelerando el paso bajo la llovizna que comenzaba a congelarse sobre el asfalto del campus.
Al subir al autobús, el calor denso del motor y el vaho de los pasajeros los envolvieron de inmediato.
Durante el trayecto, el ambiente era asfixiante; María y Alejandra permanecían sentadas juntas en mitad del pasillo, con las mochilas apretadas contra las rodillas, mientras Alfonso permanecía de pie detrás de ellas.
Sus ojos de guerrero escaneaban a cada pasajero que subía o bajaba en las paradas universitarias.
Al bajarse en las inmediaciones de Wellington Square, la urgencia se volvió física.
Llegaron al edificio de la científica y la apertura de la puerta del apartamento de Alejandra se hizo con un temblor en las manos; la llave tintineó contra el bronce de la cerradura antes de que el recio portón cediera con un quejido.
Entraron como una exhalación, sacando la ropa de abrigo de los armarios y recuperando los documentos que se encontraban allí.
Acto seguido, cruzaron a contrarreloj hacia el edificio donde tenía el piso María.
Metieron en las maletas lo estrictamente necesario, cerraron las cremalleras de golpe y salieron de nuevo al gélido aire de Oxford.
Al salir, María se dirigió a la avenida y paró un taxi levantando la mano.
El conductor detuvo el vehículo con un chirrido de los frenos y los tres se deslizaron hacia el amplio asiento trasero de cuero desgastado.
Cuando se sentaron en el taxi, sintieron una mezcla de alivio y una paranoia punzante.
El olor a tabaco y alfombrilla húmeda del interior del vehículo no lograba calmar el nudo que Alejandra sentía en el estómago.
María miraba de reojo por la ventanilla trasera, vigilando cada faro que se aproximaba por el retrovisor.
Alfonso, en la parte delantera del taxi, mantenía los puños cerrados sobre el regazo, experimentando la extraña y abrumadora sensación de viajar a una velocidad descomunal dentro de una cápsula de metal que esquivaba el tráfico con una fluidez que su mente aún intentaba procesar.
La tensión no disminuyó ni un solo milímetro hasta llegar a la puerta del aeropuerto, donde el taxi frenó en seco frente a la gran terminal de cristal e iluminación fluorescente.
Bajaron las maletas a toda prisa, listos para adentrarse en la zona de facturación y comprar los billetes que pusieran el motor del tiempo a salvo con rumbo a Madrid.
Se dirigieron directamente a comprar los billetes en los mostradores de la compañía de vuelos, arrastrando las maletas sobre el pulido suelo de la terminal.
María ya había previsto esto, por lo que, tras regresar de su viaje cuántico de 1991 en plena Guerra Fría y haber traído a Alfonso del pasado, hicieron dos pasaportes: el de ella, bajo una identidad legal para este presente que arrancó en 2025, y el de Alfonso, que originalmente venía del año 209 antes de Cristo.
María había logrado falsificar dos identidades legales impecables que burlarían los controles de seguridad del aeropuerto.
María extrajo los dos documentos del bolsillo interior de su abrigo y se los entregó a la empleada del mostrador junto con el pasaporte original de Alejandra.
—Tres billetes para el próximo vuelo con destino a Madrid, por favor —solicitó María con una voz firme, manteniendo los ojos fijos en la trabajadora mientras Alfonso escaneaba la marea de viajeros a sus espaldas.
La empleada revisó los documentos uno a uno, estampando los billetes comerciales con el pesado cuño de la aerolínea.
Al devolverlos junto a las tarjetas de embarque, Alejandra dejó escapar un suspiro de alivio imperceptible.
La jugada de ajedrez documental había salido perfecta.
Con los billetes en la mano y los pasaportes, cruzaron el pasillo hacia el control de aduanas, listos para dejar atrás el suelo inglés, neutralizar el radar de los espías y blindar la investigación en España.
Una vez superado el control de aduanas, avanzaron por los pasillos hacia la puerta de embarque.
Alfonso miraba por todas partes con el rostro lleno de sorpresa, completamente abrumado por la escala de aquella catedral de la modernidad.
Sus ojos escaneaban los techos monumentales de hormigón, las pantallas digitales que parpadeaban con horarios de destinos lejanos y el murmullo incesante de miles de viajeros de distintas razas y vestimentas.
Sin embargo, lo que detuvo su marcha por completo fue el inmenso muro de cristal que daba a las pistas de rodaje.