CAPÍTULO XIX #2
Como eran las diez de la mañana, decidieron ir a casa de Alejandra.
Ya no había tiempo que perder; las calles de Oxford bullían con el ajetreo habitual del invierno y debían posicionarse con margen de seguridad.
Salieron del piso 3A de Wellington Square a paso rápido, camuflándose entre los estudiantes que abarrotaban las aceras húmedas.
Cogieron el autobús en la avenida principal, acomodándose en los asientos traseros para mantener un control visual de los pasajeros.
Alfonso contemplaba el paisaje urbano a través de las ventanas empañadas con una fascinación contenida, asimilando la velocidad de los motores de gasolina que María le había descrito en la cena.
El traqueteo constante del vehículo marcaba el compás de sus pulsos.
Tras cruzar el centro neurálgico del campus, el conductor accionó los frenos con un chirrido seco y bajaron a dos manzanas del piso de su madre.
Al pisar el asfalto helado, Alfonso se colocó de inmediato medio paso por delante de María, aguzando sus letales instintos de combate para escanear los soportales y las esquinas del callejón. Faltaban escasos minutos para las once de la mañana cuando llamaron a la puerta del piso de Alejandra.
Alfonso y María devoraron los últimos metros de la acera con el pulso acelerado, manteniéndose apegados a las fachadas de ladrillo georgiano. Al llegar al porche de la planta baja, María verificó que nadie los vigilaba desde las esquinas de la plaza y pulsó el interruptor metálico de la entrada.
El timbre sonó con un repique seco en el interior.
A los pocos segundos, Alejandra abre la pesada puerta de madera, asomando su rostro cansado pero iluminado por una profunda mezcla de expectación y alivio al ver que se trataba de ellas.
Le saluda María y le da dos besos rápidos en las mejillas, apretándola con fuerza contra sí por un instante para infundirle ánimos ante la inminente huida.
—Pasa, por favor, entrad rápido —le dice Alejandra en un susurro urgente, haciéndose a un lado y mirando de reojo la calle neblinosa antes de cerrar el portón con un clic rotundo que les devolvió a la seguridad de la penumbra del pasillo.
Una vez a resguardo en el recibidor, bajo la tenue luz de la lámpara, Alejandra fijó sus ojos en el hombre alto y de postura imponente que escoltaba a su hija. María tomó la mano de Alfonso y, con una sonrisa llena de orgullo y emoción cuántica, empieza a presentar a Alfonso:
—Mamá, él es Alfonso —dijo María, modulando su voz con una vibrante solemnidad—.
Alejandra se quedó sin aliento, tapándose la boca con una mano mientras sus ojos escrutaban las facciones del recién llegado.
Estaba frente al testimonio vivo y empírico de que sus bucles temporales consistentes eran reales.
Alfonso, por su parte, dio un paso al frente con la elegancia suavizando su férrea disciplina militar, le dedicó una respetuosa inclinación de cabeza a la mujer.
Alejandra dio un paso atrás, dejándose caer lentamente sobre el sillón del salón sin apartar la mirada de Alfonso. Sus manos, que tantas horas habían sostenido la pluma para trazar vectores cuánticos sobre el papel, temblaban visiblemente.
—Es asombroso... —susurró Alejandra con la voz quebrada por la emoción, mirando alternativamente la marca de la muñeca de María y la imponente figura del guerrero—.
Es asombroso cómo las investigaciones y las deducciones que yo hice han sido realidad.
No pensaba que podría pasar. Mis ecuaciones sobre el entrelazamiento biológico de las ondas de la sangre eran solo hipótesis en un folio.
Ver que mi tecnología permite el viaje en el tiempo rompe todos los límites de la ciencia moderna.
Pero tenemos que tener cuidado esta tecnología puede reescribir la historia y es muy peligroso, aunque también puede ayudar a solucionar errores del pasado.
—Vuestras deducciones nos han salvado la vida, señora —respondió Alfonso con su voz grave y respetuosa, inclinando levemente la cabeza—.
Vuestra hija usó vuestro conocimiento como un escudo en mitad del terror de París.
Pero el enemigo que acecha en vuestro laboratorio también sabe que vuestras investigaciones son reales.
El doctor Baker y Leonardo no buscan la gloria de la ciencia; buscan los millones de los bárbaros del norte.
Ahora que estamos unificados en este tiempo, es mi deber de soldado proteger vuestro flanco.
Debemos marchar hacia Madrid antes de que los espías rusos bloqueen las calzadas de Oxford.
María miró a su madre y le dijo:
—Tienes que volver a la universidad, recoger lo que tengas; ya no es seguro seguir trabajando en Oxford.
—Vale —contestó Alejandra, asintiendo con firmeza mientras se colocaba el grueso abrigo oscuro y guardaba las llaves en el bolsillo—. Es la mejor opción. Iré sola para que en el campus sigan creyendo que es solo algo rutinario.
María cruzó una mirada de absoluta complicidad con Alfonso.
—Para no levantar sospechas, te esperamos aquí —le dijo María a su madre, con un susurro urgente—
Alejandra asintió, les dedicó una última mirada cargada de emoción y abrió la puerta principal.
Se adentró en la neblina invernal de Oxford con el corazón en un puño, pero con una lucidez de acero.
La pesada puerta de madera se cerró tras ella con un clic rotundo.
Alfonso y María se quedaron a solas en el salón a esperar a Alejandra.
Pasaron un par de horas y no llegaba su madre.
Las agujas del reloj avanzaron devorando los minutos en mitad de un silencio denso.
La una de la tarde ya había quedado atrás y no había ni rastro de la científica.
María caminaba de un lado a otro del recibidor.
Alfonso, apostado junto al marco de la ventana, miraba a la ventana.
Algo había pasado y no parecía algo bueno.
Preocupados, decidieron ir a la universidad.
Salieron a toda prisa a la calle, subieron al autobús y se dirigieron al edificio donde Alejandra trabajaba.
El viaje por las avenidas de Oxford se les hizo eterno; Alfonso vigilaba de reojo a los pasajeros mientras María apretaba las correas de su mochila contra el pecho.
El vehículo frenó frente al campus y ambos bajaron casi corriendo.
Entraron en la facultad, cruzaron los pasillos bajo el parpadeo mortecino de los fluorescentes y enfilaron la galería que conducía al departamento de física.
Al llegar, la escena los congeló: había folios tirados alrededor del escritorio y varios más desperdigados por el suelo.
La silla de la científica estaba volcada de lado y los archivadores metálicos permanecían abiertos de par en par.
La pantalla del ordenador parpadeaba en mitad de la penumbra, mostrando una línea de comandos vacía.
El plan de borrar los terminales y mantener la fachada de normalidad frente al doctor Baker se había roto por completo; las evidencias delataban un registro violento o una huida desesperada a contrarreloj.
María se arrodilló entre los papeles, recogiendo uno de los documentos impresos con dedos temblorosos.
Alfonso montaba guardia junto al marco de la puerta, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el pasillo exterior.
La desesperación flotaba en el aire. María se puso en pie de golpe, se colgó la mochila al hombro y miró a su compañero a los ojos.
—Tenemos que viajar en el tiempo justo al momento en que llegamos a casa de mi madre. En vez de dejarla ir sola, la acompañaremos; uno de nosotros irá a su lado y el otro vigilará a lo lejos para anticiparnos a la agresión.
Alfonso se giró hacia ella, asimilando la audacia de la estrategia.
María le tomó la mano derecha, entrelazando sus dedos con fuerza, y con la otra apretó el colgante.
Concentró toda su actividad eléctrica y celular, modulando el pulso de su sangre para que los fotones de la luz interactuaran con los tejidos de su muñeca, logrando sintonizar de nuevo las once de la mañana, justo el instante en el que habían arribado al hogar de Alejandra.
A los pocos segundos, la realidad se rasgó y ambos aparecieron de nuevo ante el umbral de la vivienda.
Con el pulso acelerado por el conocimiento del futuro que acababan de presenciar en el laboratorio, llamaron a la puerta.
La escena comenzó a repetirse: Alejandra abrió con el rostro cansado, se saludaron e ingresaron rápidamente al pasillo para resguardarse de la gélida niebla de Oxford.
Sin embargo, esta vez el bucle temporal iba a tomar un rumbo estratégico diferente. En el momento en que su madre decidió ir a recoger los documentos a la universidad, María intervino:
—Yo te acompaño. Alfonso irá un poco rezagado por seguridad.
Alejandra miró a su hija con sorpresa, pero asintió en silencio al presentir el peligro latente.
Alfonso dio un paso al frente, cruzando una mirada de acero con María; sus letales instintos de guerrero se activaron de inmediato.
Mientras las dos mujeres avanzaban en vanguardia simulando una rutina normal, él comenzó a protegerlas desde las sombras del campus, listo para cazar a los espías antes de que pudieran consumar el secuestro.
El cañón del arma se hundió con una frialdad implacable en la piel de la científica, obligándola a ahogar un grito de terror mientras se quedaba completamente paralizada.
—¿Dónde tienes los documentos de la investigación? —exigió Leonardo con una voz firme y gélida—. Y tú, quédate quieta ahí o la mato.