La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XIX
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CAPÍTULO XIX

La densa penumbra del dormitorio comenzó a disiparse levemente bajo el gélido abrazo de la madrugada de Oxford.

Eran las cuatro de la mañana cuando Alfonso despertó a María con un beso suave en los labios, interrumpiendo con una inmensa ternura el pacífico descanso de la joven tras la intensa jornada del día anterior.

Ella fue abriendo los ojos despacio, desprendiéndose de la bruma del sueño, y al encontrarse con la silueta del guerrero recortada en la oscuridad del cuarto, una sensación de absoluta seguridad la inundó por completo.

Ella, sonriendo, le miró con cara tierna y le dijo:

—Buenos días.

—Buenos días, mi vida —respondió Alfonso con su voz grave, acariciándole suavemente la mejilla con los dedos—.

María se incorporó despacio entre las sábanas, sin dejar de sonreírle con dulzura mientras entrelazaba sus dedos con los de él. El contraste entre la mentalidad militar de Alfonso y la paz de aquella habitación le infundió un valor renovado; estaban juntos.

Se levantaron los dos en mitad de la penumbra del dormitorio, dispuestos a sacudirse el letargo del sueño y a encarar los desafíos de la jornada.

Primero iba Alfonso, avanzando hacia la puerta con la rectitud innata de su paso militar, concentrado ya en analizar la seguridad del apartamento de Wellington Square.

Sin embargo, no llegó muy lejos. Con un movimiento ágil María le agarró por la espalda, aferrándose a la tela de su camiseta en un arranque espontáneo, jugando para pararlo y hacerlo girar para besarla.

Alfonso se vio completamente sorprendido por el tirón, perdiendo por un instante su gravedad al verse forzado a dar la vuelta sobre las losas de madera. María se colgó de su cuello con una sonrisa radiante, obligándolo a inclinarse hacia ella.

Alfonso soltó una risa sorda y la estrechó con fuerza contra su pecho, respondiendo al abrazo con la misma entrega. Dejar que María rompiera su férrea disciplina militar como guerrero con una caricia era el único lujo que se permitía en ese nuevo mundo.

—Vamos a desayunar, Alfonso —le dijo María con una sonrisa cómplice. Hoy te voy a preparar un desayuno que, seguro que no has probado, ya que en tu época no había. Unos cereales, café, tostadas con mermelada y huevos revueltos.

—Vale —contestó Alfonso, fascinado una vez más por la variedad de alimentos.

María se anudó el mandil a la cintura y empezó a prepararlo todo con agilidad.

Encendió el fogón con el familiar chasquido del gas para batir y cuajar los huevos en la sartén hasta dejarlos esponjosos.

Mientras el aroma del café recién filtrado inundaba la estancia mezclándose con el pan tostándose en el artilugio eléctrico, vertió una generosa porción de crujientes cereales de maíz en un cuenco con leche fría.

Una vez que todo estuvo en su punto, lo dispuso todo en una bandeja y posteriormente lo llevó a la mesa del comedor.

Alfonso tomó una cucharada de los extraños cereales crujientes, saboreando la mezcla fría con la leche, mientras miraba a María con atención. Ella se inclinó sobre la mesa del comedor, con el café humeando entre las manos y una gravedad absoluta en el rostro.

—Hoy tenemos algo muy importante —dijo María—.

Tengo que explicarte detenidamente. Hemos podido viajar en el tiempo porque mi madre, antes de que yo naciera, desarrolló una tecnología con física cuántica que permite viajar en el tiempo.

Para que lo entiendas en tu mentalidad, la física cuántica es la ciencia que estudia las leyes invisibles de la naturaleza a una escala tan diminuta que el ojo humano no puede verla; estudia el comportamiento de las partículas y las ondas que forman la luz y la materia más pequeña del universo.

A ese nivel tan invisible, el tiempo y el espacio no funcionan como las calzadas que tú conoces, sino que se curvan, y mi madre descubrió cómo sintonizar esa energía a través de la sangre, los tejidos de la piel y este colgante.

Yo no lo sabía porque mi madre murió un año después de que yo naciera.

Murió en un accidente de coche. Crecí huérfana con mi abuela.

Alfonso dejó la cuchara a un lado, asimilando la inmensidad del descubrimiento. María le tomó la mano, apretando sus dedos con urgencia.

—Cuando nos separamos tú y yo en mil cuatrocientos sesenta y nueve, en Valladolid, la marca de la muñeca y el colgante me trajo a mil novecientos noventa y uno —continuó María—.

Me trajo justo cuando mi madre acababa de terminar la investigación.

Al venir a esta época, he descubierto, entre otras cosas, que hay un grupo de espías que quiere quitarle a mi madre la tecnología para reescribir la historia.

Son espías rusos. Los rusos pertenecen a una enorme y poderosa nación del norte, un imperio frío que en este año se encuentra en una guerra silenciosa y secreta contra las naciones de occidente.

Los espías rusos son agentes altamente entrenados en el arte del engaño, el robo de información y el asesinato discreto; actúan en las sombras de las ciudades para robar secretos científicos y militares de otros países y enviárselos a sus gobernantes para dominar el mundo.

El doctor Baker y Leonardo quieren venderles el dossier cuántico de mi madre a cambio de millones de dólares, y nuestra misión es impedir que esos bárbaros del norte se apoderen del motor del tiempo.

Alfonso se inclinó hacia delante, con la mirada fija en ella, absorbiendo cada detalle del complejo tablero de la Guerra Fría. María le apretó las manos con firmeza sobre la mesa del comedor, desvelando la jugada definitiva que los había traído de vuelta:

—Antes de ir a por ti a mil setecientos noventa y tres, mi madre me enseñó cómo viajar en el tiempo sin necesidad de los guardianes —reveló María con orgullo—.

Esa es la razón por la que pude salvarte de la guillotina en el cuerpo del rey Luis XVI.

Ella ya sabe que soy su hija; logré decírselo ayer tantes de ir a por ti.

Ella trabaja en la Universidad de Oxford y su compañero, el doctor Baker, es un espía infiltrado.

Hay otro que se llama Leonardo, al que conocí porque, al venir a mil novecientos noventa y uno, ocupé el cuerpo de una espía de ellos.

Por eso, no saben quién de verdad soy yo; creen que sigo siendo una espía al servicio de ellos.

María forzó una respiración honda, delineando el plan de acción inmediato antes de que saliera el sol:

—Tenemos que ayudar a mi madre a que regrese a Madrid y buscar un escondite donde no la puedan encontrar. Ellos saben que ha desarrollado una investigación, aunque no saben si ya se ha concluido dicha investigación.

A los pocos minutos, María cogió el teléfono y llamó a su madre.

Marcó rápidamente los números en el tosco disco analógico del aparato del salón, escuchando el rítmico y mecánico chasquido del retorno antes de que la línea diera tono.

Al tercer repique, Alejandra respondió desde el otro lado de Oxford.

—¿Dígame? —habló la científica.

—¡Mamá, tenemos que quedar en tu apartamento! ¿Podrías quedar ahora sobre las once de la mañana? —le urgió María en un susurro rápido.

—Está bien, María, me viene perfecto —respondió Alejandra, contagiada de inmediato por la tensión de su hija—. Estaré esperándote en la planta baja a las once en punto. Ten mucho cuidado en el trayecto.

—Gracias, mamá. Allí nos vemos.

María colgó el auricular con un golpe seco.

Al darse la vuelta, descubrió que Alfonso se había quedado estupefacto al ver cómo hablaba con otra persona por un aparato.

El guerrero de la antigüedad permanecía completamente inmóvil junto a la mesa del comedor, con los ojos abiertos de par en par y fijos en el teléfono, como si acabara de presenciar un acto de brujería prohibida.

—¿Qué clase de magia es esta, María? —inquirió Alfonso, señalando el dispositivo con un ademán tenso y desconfiado—.

He escuchado otra voz humana salir de esa pequeña pieza de plástico negro.

En mi época, para enviar una orden a una legión a esa distancia necesitábamos mensajeros a caballo que cabalgaban durante días arriesgando la vida, y tú acabas de hablar con tu madre en un parpadeo.

¿Cómo es posible que las palabras viajen a través de un cordón sin que nadie las transporte?

María sonrió con dulzura al ver los ojos desorbitados del guerrero, se acercó a él y le puso una mano afectuosa sobre el pecho para transmitirle tranquilidad.

—Es una nueva tecnología —le explicó en voz baja, acariciándole el brazo—.

No es magia, Alfonso, aunque entiendo que te lo parezca.

Como te conté durante la cena, los científicos de este siglo aprendieron a convertir el sonido de la voz humana en impulsos eléctricos invisibles.

Esos impulsos viajan a la velocidad del rayo a través de cables de cobre enterrados bajo las calzadas de la ciudad y el aparato del otro lado los vuelve a transformar en palabras.

Es el teléfono, la herramienta que nos permite dar órdenes e intercambiar información sin necesidad de mensajeros a caballo.

Alfonso exhaló un suspiro hondo, contemplando el auricular negro con una mezcla de profundo respeto y recelo puramente.

El reloj del salón marcó las diez de la mañana con un clic metálico. María miró las agujas, se colgó la mochila al hombro y cruzó una mirada de absoluta complicidad con Alfonso.