CAPÍTULO XVIII #3
Alfonso se apoyó en el respaldo de la silla, asombrado por la existencia de una caja capaz de proyectar imágenes del mundo en directo. María aprovechó su asombro para rematar la explicación sobre la asombrosa movilidad de esta nueva era.
Y el transporte no se queda atrás, Alfonso —añadió María, mirándolo fijamente—.
En este mil novecientos noventa y uno, hay vehículos que en una hora pueden recorrer grandes trayectos que a tus legiones les habría costado semanas enteras de marcha forzada.
Por ejemplo, tenemos transportes masivos que pueden ir por raíles.
Para que te lo imagines, los raíles son dos líneas paralelas de acero forjado y liso que se tienden de forma ininterrumpida sobre el suelo, uniendo ciudades y naciones enteras.
Al ser de metal, permiten que unos carruajes gigantescos de hierro, propulsados por motores eléctricos de una fuerza descomunal, se deslicen sobre ellos a velocidades increíbles sin salirse jamás del camino, transportando a cientos de personas a la vez a través de valles y montañas en un suspiro.
Alfonso entornó los ojos, visualizando mentalmente aquellas interminables calzadas de acero liso.
—Además —continuó ella con voz apasionada—, el ser humano ha logrado conquistar el cielo por avión, unos colosales pájaros mecánicos de metal que desafían la gravedad.
Estos artilugios se elevan por encima de las nubes y vuelan a tal velocidad que son capaces de cruzar océanos enteros y llevarte a un continente diferente en menos de diez horas.
Y si te parecen asombrosos los cielos, las calzadas de tierra actuales te dejarían sin aliento; los coches pueden coger a mucha velocidad, superando fácilmente los cien kilómetros en una sola hora gracias a la potencia de sus motores de gasolina.
Un ciudadano común de esta época puede subirse a su vehículo tras el almuerzo y plantarse en la otra punta del país antes de que se ponga el sol.
María retiró los platos vacíos de la mesa con movimientos pausados, pero antes de quitarse el mandil, se inclinó hacia Alfonso con una luz de orgullo y nostalgia en su mirada.
—Todo esto que te he contado sobre mil novecientos noventa y uno es asombroso, Alfonso, pero el año dos mil veinticinco, la era de donde yo vengo originalmente, es un mundo aún más inimaginable —le confesó en un susurro, clavando sus ojos planos en él—.
En mi época, la humanidad construyó un hito invisible que lo cambió todo: Internet.
Para que te lo imagines en tu mente, Internet es como una inmensa red de carreteras invisibles hechas de luz y ondas de aire que conectan de forma instantánea a todos los seres humanos del planeta.
Es una biblioteca universal invisible donde todo el conocimiento de la historia, todas las leyes, los mapas, los libros y las voces del mundo están suspendidos en el aire.
Cualquier persona, sosteniendo un minúsculo artilugio de cristal en la palma de su mano, puede hablar con alguien al otro lado del océano en un parpadeo, enviar planos en un milisegundo o consultar cualquier dato de la ciencia humana de inmediato.
Es la unificación absoluta de las mentes.
Alfonso la escuchaba con el tenedor suspendido en el aire, intentando concebir una biblioteca invisible que flotara sobre las cabezas de toda la humanidad.
—Y el logro definitivo de mi era, el que está transformando nuestra prosperidad es la Inteligencia Artificial —continuó María con voz apasionada—.
La Inteligencia Artificial es, en esencia, una mente artificial construida por el hombre mediante matemáticas avanzadas; un consejero invisible y ultrarrápido hecho de datos que es capaz de pensar, analizar y resolver problemas complejos en una fracción de segundo.
No tiene un cuerpo físico, pero sirve para optimizar y revolucionar muchos sectores vitales.
En la medicina, es capaz de analizar miles de cuerpos a la vez para detectar enfermedades antes de que aparezcan y diseñar curas específicas; en la agricultura, predice el clima y gestiona las cosechas para que nunca falte comida en las ciudades; y en la ingeniería, diseña de forma autónoma vehículos e infraestructuras perfectas.
Es el estratega de la era moderna, un faro de conocimiento que ayuda a los sabios a tomar decisiones sin equivocarse y que ha llevado la prosperidad humana al límite de lo que nuestra especie jamás creyó posible.
María se desanudó por fin los lazos del mandil, lo dobló con cuidado sobre la encimera y se sentó de nuevo frente a él, atrapando sus manos ásperas de soldado entre las suyas.
Lo miró fijamente a los ojos, suavizando el tono de su voz para transmitirle toda la calma y la seguridad que el guerrero necesitaba tras semejante avalancha de siglos.
—Ya te iré contando más —le dijo María con una sonrisa llena de complicidad y ternura—, pero quería que tuvieras conocimiento para que puedas entender este mundo, que es muy diferente del que tú vienes.
Alfonso la escuchó en silencio, apretando sus manos con fuerza y asimilando la inmensidad de las calzadas de acero, las mentes artificiales y los pájaros de metal que flotaban en la historia universal.
Unió los hilos de Cartago, Valladolid y París en su mente; comprendió que el universo entero se había transformado para dar lugar a esta prosperidad, pero que los instintos de los hombres no habían cambiado.