La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XVIII #2
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CAPÍTULO XVIII #2

Alfonso pinchó un trozo de la tortilla de patatas con el tenedor metálico, examinando el cubierto un segundo, antes de llevárselo a la boca.

El sabor jugoso del huevo y la patata pareció complacerle de inmediato, y Alfonso empezó a comer mientras María le explicaba cómo había cambiado el mundo desde el doscientos nueve.

María se apoyó en la mesa, mirándolo con una sonrisa tierna mientras el aroma de la ternera a la plancha aún flotaba en el aire.

—Alfonso, el mundo que dejas atrás en el doscientos nueve antes de Cristo era un mapa de imperios que se medían por la fuerza de sus espadas y el alcance de sus barcos—comenzó María, gesticulando suavemente con las manos—.

Desde tu época hasta este año de mil novecientos noventa y uno, la humanidad ha cruzado hitos asombrosos que han dado lugar a una prosperidad que te parecería pura magia.

Roma, la que era tu enemiga, terminó por dominar todo el Mediterráneo y construyó calzadas y acueductos que unieron los pueblos, pero tras su caída, el mundo se replegó en castillos y reinos feudales...

una época que ya conociste un poco cuando caíste en Valladolid con los Reyes Católicos.

Alfonso tragó el bocado, escuchando con absoluta fascinación mientras cortaba un pedazo de filete de ternera.

—¿Y qué hay de la era de los castillos en la que estuvimos? —preguntó Alfonso, cruzando los brazos sobre la mesa—. Ocupamos los cuerpos de ese tal Fernando de Aragón y de la reina Isabel de Castilla. ¿Acaso ellos tuvieron algo que ver con toda esta prosperidad de la que hablas?

María se inclinó hacia delante, con los ojos brillando de entusiasmo al recordar su estancia en Castilla.

—Ellos cambiaron la historia del mundo para siempre, Alfonso, y tú y yo habitamos sus cuerpos en el momento exacto en que todo comenzó —explicó María con voz apasionada—.

Antes de que ellos gobernaran, la península ibérica estaba completamente fragmentada en reinos independientes y debilitados por guerras internas.

Al casarse —aquella boda en la que estuvimos presentes—, Isabel y Fernando unificaron los dos reinos más poderosos, Castilla y Aragón, sentando las bases de lo que hoy es España, ya lo verás.

Pero su verdadero hito, el que transformó el planeta entero, ocurrió en mil cuatrocientos noventa y dos.

Alfonso escuchaba con atención magnética, fascinado por la trascendencia de las identidades que habían usurpado en Valladolid.

—Isabel fue la única que creyó y financió el viaje de Cristóbal Colón para cruzar el océano Atlántico —continuó María, gesticulando con las manos—.

Al unir sus fuerzas políticas y militares, los Reyes Católicos no solo terminaron la reconquista en su propia tierra, sino que abrieron las puertas a la era de los descubrimientos.

El Imperio que ellos fundaron conectó continentes que no sabían de la existencia del otro, rompiendo los límites del mapa antiguo.

Expandieron el comercio mundial, cambiaron la economía y la cultura del planeta y convirtieron a su nación en la primera superpotencia global de la era moderna.

Alfonso asintió, asimilando la inmensa repercusión de haber encarnado a los artífices de semejante cambio geopolítico, pero se quedó pensativo un instante.

—Entiendo la riqueza y el comercio de ese nuevo continente —apuntó Alfonso, mirándola fijamente—, pero ¿cómo se transmitió toda esa prosperidad científica a esas tierras lejanas del otro lado del océano?

En mi época, el saber se quedaba encerrado en los templos o en las mentes de unos pocos filósofos.

María le sonrió, tocándole suavemente la mano sobre el mantel.

—Ahí radica la verdadera grandeza de lo que iniciaron Isabel y Fernando, Alfonso —explicó María—.

El Imperio que ellos fundaron no se limitó a extraer riquezas, sino que expandió la civilización construyendo universidades en América.

Para que me entiendas, una universidad es una institución sagrada para el saber; un gran complejo de edificios donde se reúnen los mayores sabios, médicos, juristas y científicos del mundo con el único propósito de enseñar a miles de jóvenes.

Allí se recopilan libros, se debate sobre leyes, se estudia el cuerpo humano y se desentrañan las matemáticas.

Es una factoría de conocimiento masivo que antes no existía.

Alfonso abrió los ojos, asombrado por el concepto de una estructura dedicada exclusivamente a la educación de las masas.

—Y lo más revolucionario —continuó María con orgullo— es que los descendientes de esos reyes levantaron estas universidades por todo el nuevo continente, desde Santo Domingo y Lima hasta México, apenas unas décadas después de llegar.

Eso ayudó enormemente a mejorar el conocimiento en las tierras lejanas, permitiendo que los nativos y los nuevos pobladores estudiaran al mismo nivel que en Europa.

Gracias a esa red de conocimiento, hoy en día millones de personas en todo ese enorme continente al otro lado del Atlántico pensamos, escribimos y hablamos en el mismo lenguaje.

La misma lengua castellana que tú y yo escuchamos en Valladolid sirve hoy para que un estudiante en América y un científico en Europa compartan sus avances sin barreras.

Esa unificación cultural y educativa fue el pilar definitivo que aceleró la prosperidad del mundo moderno.

Alfonso se recostó en la silla, asimilando la inmensa repercusión de las universidades y del idioma compartido, pero paseó la mirada por los grifos del fregadero y los mandos de la cocina de gas.

—Todo eso explica la expansión de las ideas, María —admitió el guerrero con genuina curiosidad—, pero ¿cuándo y cómo se logró que la gente común tuviera este fuego instantáneo en sus habitaciones, agua corriente dentro de las paredes y esos carros de metal que vuelan por las calzadas?

En mi época, incluso los reyes dependían de aguadores y antorchas.

—Todo este salto a la comodidad doméstica ocurrió en un suspiro de la historia, principalmente entre finales del siglo diecinueve y mediados del siglo veinte, gracias a lo que llamamos la Segunda Revolución Industrial —explicó María, señalando los fogones—.

El fuego que ves ahí funciona con butano, un gas derivado del petróleo que aprendimos a licuar, embotellar y distribuir masivamente en la década de mil novecientos treinta.

Eso permitió que las familias dejaran de cortar leña para cocinar o calentarse, teniendo energía limpia y segura al alcance de una llave en sus propias cocinas.

—El milagro de la luz eléctrica y el agua corriente en cada casa se consolidó de forma masiva entre mil ochocientos ochenta y mil novecientos cincuenta —continuó ella, guiándolo con la mirada—.

Para el agua, las ciudades construyeron gigantescas redes de tuberías de hierro y estaciones de bombeo subterráneas que sustituyeron a los pozos.

Para la electricidad, científicos como Edison y Tesla diseñaron centrales generadoras y tendidos de cables que llevaron la corriente directamente a los hogares a principios del siglo veinte, sustituyendo para siempre las lámparas de aceite por bombillas.

—En cuanto a los coches, el cambio fue fulminante —concluyó María con una sonrisa—.

El primer motor de gasolina eficiente se inventó en mil ochocientos ochenta y seis, pero la verdadera revolución llegó en mil novecientos ocho, cuando un hombre llamado Henry Ford aplicó la producción en cadena para fabricar automóviles baratos y en masa.

En apenas cuarenta años, los caballos desaparecieron de las ciudades y el mundo se llenó de carreteras asfaltadas.

Todo eso convirtió la vida humana en algo próspero y confortable.

Alfonso asimiló la cronología de las tuberías y los motores en silencio, pero sus ojos se desviaron hacia la esquina del salón, donde un aparato rectangular de plástico negro y pantalla de cristal apagada descansaba sobre un mueble bajo.

—¿Y esa caja negra que vi en la otra estancia? —preguntó Alfonso, señalando en esa dirección con el tenedor—. No parece un motor, ni una lámpara. ¿Qué clase de artilugio es?

María soltó una carcajada suave y se acomodó el mandil antes de responder, fascinada por tener que explicar el mayor fenómeno social de la era moderna.

—Eso es una televisión, Alfonso, y es probablemente el invento que más ha cambiado la mente humana en este siglo —explicó María con una sonrisa—.

Su tecnología se desarrolló entre la década de mil novecientos veinte y mil novecientos treinta, pero se consolidó en los hogares de forma masiva a partir de mil novecientos cincuenta.

Para que lo entiendas en tu mentalidad: es un espejo del mundo.

Ese aparato es capaz de capturar imágenes y sonidos en movimiento en cualquier rincón del planeta, convertirlos en ondas invisibles que viajan por el aire y proyectarlos instantáneamente en esa pantalla de cristal dentro de las casas.

Alfonso dejó el vaso de agua a medio camino, entornando los ojos con una mezcla de sospecha y asombro puramente militar.

—¿Imágenes vivas dentro de una caja? —inquirió, intentando buscarle una lógica—. ¿Como las pinturas de los castillos, pero con movimiento?

—Exactamente, pero reales y sucediendo al mismo tiempo —confirmó María, inclinándose hacia él—.

Gracias a la televisión, una persona sentada en este salón en mil novecientos noventa y uno puede ver una guerra que ocurre en directo al otro lado del océano, presenciar el discurso de un gobernante en otra nación o disfrutar de historias representadas por actores.

Conectó los ojos y los oídos de toda la humanidad, unificando lo que la gente ve, piensa y consume.

Es un poder de información colosal que en tu época ni los dioses de los templos poseían, y hoy es una ventana analógica obligatoria en cada hogar de este nuevo mundo.