La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XVIII
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CAPÍTULO XVIII

Los ojos de Alfonso se abrieron lentamente y su mirada borrosa vio los ojos de María.

El gélido patíbulo y el olor a serrín habían desaparecido, sustituidos por la luz tenue del salón georgiano y el aroma a té de jazmín.

Se incorporó a trompicones, jadeando y llevándose las manos al cuello, comprobando con incredulidad que seguía intacto.

Al levantar la vista, se topó con la joven que lo sostenía por los hombros con una firmeza desesperada.

Aunque su cuerpo era distinto, su mirada no había cambiado.

Era María, que, en el último momento, bajo una brisa, había conseguido hacerle viajar en el tiempo a mil novecientos noventa y uno.

El silencio en el salón del apartamento se volvió profundo, roto únicamente por la respiración entrecortada de ambos.

Alfonso, aún con el pulso desbocado por el eco fantasmal de la guillotina, fijó sus ojos en ella.

No le importaba el cambio de rostro ni las extrañas ropas de esa era; aquella mirada limpia y valiente era el único mapa que necesitaba para saber que estaba en casa.

Él se inclinó despacio hacia ella, acortando la última distancia que los separaba, y empezaron a besarse y acariciarse con la desesperación de quienes acaban de burlar a la muerte en el último segundo del tiempo.

El beso fue un reencuentro hambriento y torrencial, un pacto sellado en mitad de la penumbra.

Alfonso rodeó la cintura de María entre sus brazos, atrayéndola contra su pecho con una firmeza protectora, mientras las manos de ella subían con urgencia hacia su cuello, enredando los dedos en su cabello para asegurarse de que estaba allí.

Se acariciaron las mejillas, los hombros y los brazos con una ternura febril, reconociendo a través del tacto la sintonía y el calor de sus almas enlazadas.

La brisa electromagnética que había curvado el espacio-tiempo se transformó en un refugio íntimo y cálido.

En ese rincón de mil novecientos noventa y uno, protegidos por el colgante de María que reposaba entre ambos, el guerrero de la antigüedad y la joven del siglo veintiuno detuvieron el reloj del multiverso, fundidos en un abrazo que ninguna hoja de acero ni traición de laboratorio lograría quebrar.

El beso se prolongó, volviéndose más pausado, impregnado de una ternura que buscaba borrar el horror del cadalso y los siglos de separación.

Alfonso deslizó sus manos con suavidad por la espalda de María, recorriendo su cuerpo, maravillándose de la certeza de tenerla allí, real y viva entre sus brazos.

María, con los ojos cerrados y las lágrimas de alivio humedeciendo sus mejillas, se entregó por completo al refugio de su pecho.

Acarició los hombros de Alfonso, reconociendo la imponente firmeza que su alma proyectaba sin importar el cuerpo de acogida.

Se besaron con la suavidad de la brisa que los había unido.

El tiempo se detuvo para los amantes en una tregua perfecta. Solo existían ellos dos, anclados el uno en el otro. Sus cuerpos entrelazados mirándose fijamente.

Olvidándose del mundo, se acariciaban y se besaban sin pensar en nada más que en ellos dos, atrapados en una burbuja de absoluta intimidad donde el resto del universo había dejado de existir.

Cada beso era pausado, hondo y lleno de una ternura febril, un diálogo mudo en el que sus labios se reconocían con una urgencia contenida durante demasiado tiempo.

Las manos de Alfonso se deslizaron con suavidad por las mejillas de María, limpiando los últimos rastros de sus lágrimas, para luego enredar los dedos en su cabello con un ademán protector y de deseo.

Ella, con los ojos cerrados, se dejó llevar por el calor de su abrazo, recorriendo con la yema de los dedos la línea de sus hombros y la firmeza de su espalda, maravillándose ante el relieve táctil de su presencia física.

Sus respiraciones se compasaron bajo la luz tenue de la lámpara del salón, fundiéndose en un susurro constante que tapaba el silencio de la casa.

Sus cuerpos entrelazados se convirtieron en un refugio inexpugnable, demostrando que, cuando estaban juntos, no existía nada más poderoso que la absoluta verdad de su amor.

Estuvieron durante mucho tiempo besándose y mirándose como si el tiempo se hubiera congelado.

Sentados en la penumbra del salón, bajo la cálida y tenue luz de la lámpara, el tic-tac del reloj de pared pareció diluirse hasta desaparecer por completo.

Cada beso que se daban era pausado, profundo, desprovisto de cualquier prisa externa, como si el universo entero hubiera detenido sus engranajes solo para contemplarlos.

Cuando sus labios se separaban apenas unos milímetros, se quedaban fijos el uno en el otro.

Alfonso le sostenía el rostro a María con una delicadeza infinita, recorriendo con la yema del pulgar la suavidad de su pómulo, mientras ella clavaba sus ojos en él.

Aunque los rasgos físicos que la rodeaban pertenecían a esta nueva era la esencia que brillaba en la mirada de Alfonso seguía intacta; era la misma determinación, el mismo fuego y la misma devoción que la habían enamorado a través de los siglos.

María le devolvía una mirada cargada de un alivio tan inmenso que desarmaba cualquier lógica.

Se acariciaban el cabello y los hombros con movimientos lentos, puros, disfrutando del simple y milagroso relieve de la piel del otro.

En esa burbuja perfecta y silenciosa, las amenazas exteriores y los misterios cuánticos no existían; la eternidad se había reducido al espacio que separaba sus cuerpos, demostrando que su amor era el único absoluto capaz de detener la corriente del tiempo.

María le tocó la cara lentamente, le dio un beso en los labios y le dijo:

—Vamos a comer, que tengo que contarte muchas cosas.

En ese momento, le dio la mano y lo llevó a la habitación.

El silencio del pasillo los envolvió mientras avanzaban con los dedos entrelazados, asimilando aún la increíble cercanía física de sus cuerpos.

Al entrar en el cuarto, María abrió el armario de madera y sacó varias prendas abrigadas que había seleccionado previamente.

—Ahí tienes ropa que puedes ponerte —añadió María, dejando los pantalones y el suéter grueso sobre la cama con una sonrisa de ternura—. Voy a cocinar algo para que puedas comer y contarte novedades.

Alfonso asintió en silencio, apretando la mano de María antes de dejarla ir. Su mirada, fija en ella, reflejaba un deseo por tenerla. María le dedicó una última mirada cómplice y se dirigió a la cocina dispuesta a encender los fogones mientras ordenaba como le explicaría tantas cosas a Alfonso.

En la cocina, María cogió el mandil que tenía en el cajón derecho se lo ató suavemente a su cintura, se arremangó las mangas de la camisa y empezó a cocinar.

Decidió preparar algo con sabor a hogar.

Sacó varias patatas y comenzó a pelarlas todo minuciosamente sobre la tabla de madera.

Encendió el fogón de gas con el chasquido del chispero y colocó una sartén honda con abundante aceite de oliva.

Cuando el aceite empezó a ondular, arrojó las patatas.

Mientras se doraban a fuego lento, batió media docena de huevos en un cuenco de loza hasta dejarlos espumosos.

Con las patatas ya tiernas y confitadas, las escurrió bien y las mezcló con el huevo batido en el cuenco, dejando que la mezcla reposara unos minutos.

Limpió la sartén, dejó apenas unas gotas de aceite y vertió todo de nuevo.

Usando un plato llano grande con un movimiento rápido le dio la vuelta a la tortilla, logrando que quedara dorada por fuera y jugosa por dentro.

Acto seguido, colocó una plancha de hierro fundido a máxima potencia.

Sacó de la nevera un par de jugosos filetes de ternera, los sazonó con sal gorda y, en cuanto la plancha empezó a humear, los colocó sobre el metal caliente.

El restallido de la carne al sellarse fue inmediato.

El aroma a ternera a la plancha se mezcló con el de la tortilla recién hecha.

María les dio la vuelta una sola vez, asegurándose de que quedaran al punto, tiernos y con sus jugos naturales intactos.

Apagó los fogones, colocó los filetes junto a la tortilla humeante en dos platos grandes de porcelana y suspiró con satisfacción.

En ese momento, mientras María se giraba, sosteniendo aún los platos humeantes sobre la encimera, Alfonso la cogió por detrás, envolviendo su cintura con firmeza, y le dio un beso en el cuello mientras decía:

—¿Qué es este artilugio de esta habitación y esta comida?

María dejó escapar una risa suave, inclinando la cabeza hacia atrás para disfrutar de la calidez de sus labios sobre su piel.

Entendía perfectamente su desconcierto. Alfonso venía de la época de doscientos nueve antes de Cristo, un entorno de espadas, falanges y campamentos de tierra; después había sido depuesto en la época de los Reyes Católicos, rodeado de castillos de piedra y pesados ropajes medievales; y luego había estado prácticamente encerrado en la torre durante el encarcelamiento de Luis XVI, contemplando únicamente los fríos y oscuros muros de su celda en mitad del terror de París.

Para la mente de un guerrero de la antigüedad, verse de golpe con la ropa, comida, electrodomésticos y luz de 1991 resultaba un auténtico asombro.

María se dio la vuelta despacio entre sus brazos, quedando cara a cara con él. Le arregló con ternura el cuello del jersey y, acariciándole los hombros, le dedicó una mirada llena de complicidad:

—Esto se llama cocina, Alfonso, y lo que huele tan bien es una tortilla de patatas, una comida tradicional de mi país, España donde tu naciste en 209 antes de cristo —le explicó en voz baja, guiándolo de la mano hacia la pequeña mesa de madera—.

Siéntate y come. El viaje cuántico consume mucha energía y necesitas recuperar fuerzas.

Mientras cenamos te explicaré cómo ha cambiado el mundo.