CAPÍTULO XVII #2
Tirado de lado sobre el jergón de paja podrida, con el costado doliéndole intensamente por la brutal patada que le había propinado Magón, el soldado cerró los ojos con fuerza.
Cada golpe de tambor era un recordatorio atronador de la trampa temporal que se cerraba sobre su cuello en el cuerpo de Luis XVI.
La advertencia del cartaginés le quemaba el cerebro: si la guillotina caía a las diez y veintidós de la mañana, la función de onda colapsaría y María también podría morir.
La furia y el pánico se fundieron en sus entrañas.
Alfonso obligó a sus músculos exhaustos a enderezarse y, apoyando los puños atados contra la piedra helada, concentró toda su fuerza mental en una última y desesperada señal cuántica hacia el futuro, rogando que el campo magnético del collar rompiera el abismo antes de que el repique de los tambores diera paso al silbido del acero en la plaza.
A través del ensordecedor e implacable repique de los tambores, un nuevo y siniestro sonido comenzó a reverberar en el ala alta del corredor. Se oía de fondo los pasos de los soldados.
Era el eco rítmico, pesado y marcial de decenas de botas reforzadas con clavos de hierro impactando al unísono contra las losas de piedra del pasillo exterior.
Cada zancada metálica del contingente de la Guardia Nacional se acercaba con la regularidad de una condena matemática, haciendo vibrar la recia puerta de roble de la celda.
Los milicianos no venían solos; el tintineo de los mosquetes al chocar contra las bayonetas caladas y las voces autoritarias de los oficiales ordenando cerrar filas confirmaban que el momento del cadalso se había adelantado.
Alfonso se incorporó a duras penas del jergón, con los músculos del costado protestando por la patada de Magón.
Se plantó en el centro del calabozo, manteniendo la imponente rectitud de su mentalidad militar.
Sus muñecas, atadas con el esparto ensangrentado, temblaron levemente, pero no por miedo, sino por la pura descarga de adrenalina.
Los pasos se detuvieron en seco justo al otro lado de la madera.
El tintineo de los pesados cerrojos al descorrerse anunció que la última hora de tregua se había esfumado.
Miró fijamente la entrada, conteniendo el aliento; los verdugos estaban a punto de cruzar el umbral para guiarlo hacia la Plaza de la Revolución.
Los cerrojos terminaron de abrirse con un seco chasquido metálico y la puerta de roble se abrió de golpe.
Tres oficiales de la Guardia Nacional, con casacas azules, sables desenvainados y escarapelas tricolores bien visibles en sus sombreros, entraron con paso firme en la celda, flanqueados por una docena de soldados con bayonetas caladas que taponaron el pasillo.
El oficial al mando, un hombre de rostro curtido y mirada implacable, avanzó hasta detenerse a un metro del cautivo.
—El tiempo de la tolerancia de la República se ha agotado, Luis Capeto —dijo el oficial con una voz cortante que pretendía sonar tan fría como el acero—. La comitiva oficial os espera en el patio interior. Vuestro carruaje está listo para partir hacia la Plaza de la Revolución.
Alfonso mantuvo la cabeza alta, ignorando el dolor de sus costillas y sosteniendo la mirada del soldado con la majestuosidad de un general antiguo.
—Un veredicto apresurado por la codicia de traidores no es justicia, es solo un linchamiento —respondió Alfonso con gravedad—. Sé perfectamente a dónde me conducís. No necesito vuestras justificaciones.
El segundo verdugo, un tipo de complexión ancha que sostenía unas pesadas tijeras de metal en la mano, dio un paso al frente con una sonrisa cruel.
—Ahórrate los discursos reales, Capeto, que en la plaza ya no hay súbditos para escucharte —le espetó el verdugo con brusquedad—.
Date la vuelta y arrodíllate en el suelo de una vez.
Las normas del tribunal popular son estrictas: debo cortarte el cabello y despejar el cuello de la camisa ahora mismo.
No queremos que las solapas estorben el limpio recorrido de la hoja de la guillotina cuando caiga. Muévete.
Alfonso apretó los puños maniatados, sintiendo la humillación física del procedimiento mientras el acero de las tijeras tintineaba a escasos centímetros de su nuca. La cuenta atrás entraba en su último y definitivo minuto.
Ahora lo cogieron los soldados, lo empujaron y fue saliendo por el pasillo hasta la puerta de la torre.
La brusquedad de los guardias no dejó margen para el orgullo.
Dos milicianos le aferraron con fuerza de los brazos entumecidos, clavándole los dedos en la carne, mientras un tercero le propinaba un seco empujón en la espalda que le hizo perder el equilibrio.
Alfonso tuvo que apoyar las botas desgastadas con rapidez sobre el suelo helado para no caer de bruces, sintiendo un latigazo de dolor en las costillas debido al golpe previo de Magón.
Flanqueado por el bosque de bayonetas caladas y mosquetes que cerraban el pasillo, avanzó a trompicones por el angosto corredor.
Las paredes de sillería, húmedas y oscuras, devolvían el eco atronador y constante de los tambores exteriores, multiplicando la presión acústica con cada metro recorrido.
El aire del corredor olía a pólvora, a sudor y al gélido frío del invierno parisino que se colaba desde el final de la galería.
Varios soldados apostados en los recodos del muro se reían abiertamente a su paso, lanzándole miradas de desprecio y escupiendo al suelo a escasos centímetros de sus pies.
A lo lejos se veía a los verdugos moviéndose como sombras oscuras sobre el tablado de madera que se alzaba en mitad de la plaza.
Pero lo que verdaderamente helaba la sangre era el monstruoso armazón que dominaba el horizonte: la guillotina.
Se erguía como una estructura implacable de vigas de madera pintadas de un rojo apagado y siniestro, carcomidas por la humedad del invierno parisino y reforzadas con escuadras de hierro negro.
Tenía una altura imponente de casi cuatro metros, flanqueada por dos pesadas guías verticales por las que se deslizaba el mecanismo de muerte.
En la parte superior, suspendido en una tensa inmovilidad, descansaba el pesado bloque de plomo que sostenía el acero fatal.
La hoja era una enorme y maciza plancha de metal cortada en un ángulo oblicuo perfecto de cuarenta y cinco grados, diseñada deliberadamente para que el corte fuera un deslizamiento continuo y limpio.
Bajo la mortecina y grisácea luz del amanecer de mil setecientos noventa y tres, la hoja brillaba intensamente revelando un filo meticulosamente afilado, una arista pulida al extremo que centelleaba con destellos plateados y fríos ante los ojos de la multitud enardecida.
En la base de la estructura, justo debajo de la trayectoria de la cuchilla, se apreciaba la temible bascule, el tablón móvil de madera donde amarrarían el cuerpo de Luis XVI, flanqueado por el cepo circular que apresaría su nuca.
A un lado, un tosco cesto de mimbre tejido a mano aguardaba cubierto de serrín seco, listo para recoger la cabeza en cuanto el verdugo accionara la palanca de liberación.
Los tambores batían con una furia desquiciante a su alrededor y Alfonso, arrastrado por los soldados hacia la carroza en el patio del Temple, contemplaba a la distancia aquella perfecta máquina del terror, sabiendo que el filo de la hoja estaba listo para sesgar su existencia.
Los soldados empujaron a Alfonso a rastras hacia los peldaños de madera del patíbulo.
Subió cada escalón con una imponente rectitud militar, ignorando el dolor de sus costillas y clavando sus ojos en la enorme y afilada hoja oblicua que centelleaba suspendida a cuatro metros de altura.
Al alcanzar la lona superior, la brutalidad del terror se desató: los verdugos le empezaron a atar.
Tres hombres de rostros curtidos y manos toscas se abalanzaron sobre su cuerpo con movimientos mecánicos y rápidos.
Le rodearon el torso con gruesas cinchas de cuero y cordeles de esparto, inmovilizándole los brazos contra los costados con nudos marineros que le cortaban la respiración.
Alfonso sintió la aspereza de la madera contra su pecho cuando los verdugos lo empujaron con brusquedad sobre la bascule, el tablón móvil que comenzó a pivotar hacia delante.
El cepo circular de madera se cerró con un seco chasquido metálico alrededor de su nuca, aprisionando su cuello justo en la trayectoria exacta del filo reluciente.
Debajo, el cesto de mimbre lleno de serrín aguardaba.
Magón contemplaba la escena desde la tribuna presidencial con una sonrisa de maldad; el verdugo alzó la mano derecha hacia la palanca de liberación y Alfonso, inmovilizado y con los ojos cerrados en mitad del clamor ensordecedor de la plaza, concentró el último suspiro antes de que el fijo cortara su cabeza.
El chasquido de la palanca al liberarse resonó en los oídos de Alfonso como el disparo de un cañón, y el silbido ensordecedor del metal al deslizarse por las guías verticales congeló el aire de París.
Sin embargo, antes de que el acero tocara su piel, una súbita y violenta descarga eléctrica recorrió cada célula de su cuerpo.
El clamor de la plaza y el redoble de los tambores se disolvieron de golpe en un destello de luz cegadora.