CAPÍTULO XVII
Alfonso se despertó a las cinco de la mañana.
Un escalofrío violento lo obligó a abrir los ojos en la penumbra helada de su celda de la Torre del Temple.
Faltaba menos de seis horas para que fueran a por él para llevarlo al cadalso y cortarle la cabeza.
A través de la estrecha aspillera, el cielo de París aún no daba muestras de luz, pero el silencio de la madrugada ya había sido sepultado por el siniestro y constante redoble de los tambores de la Guardia Nacional en los patios inferiores.
La cuenta atrás final de cuatro días había expirado; las diez y veintidós de la mañana era la hora marcada por la tiranía de Magón para la ejecución definitiva.
Se incorporó despacio sobre el jergón de paja podrida, frotándose las muñecas doloridas donde las marcas del esparto recordaban la brutalidad de su cautiverio.
La ironía de su destino lo golpeaba con una crudeza insoportable: al viajar en el tiempo, su alma se había metido en el cuerpo de Luis XVI, el rey de Francia.
Él, un curtido estratega militar, un hombre que había empuñado el acero con honor en las batallas de Cartago, se encontraba ahora atrapado bajo la piel de un monarca caído, despojado de sus armas y esperando el hacha de unos bárbaros revolucionarios.
No le temía a la muerte física del cadalso, sino a la aterradora certeza de que, si la hoja de la guillotina se deslizaba sobre su cuello era probable que también le podría pasar a María.
Pasaban las horas y, a medida que corrian los minutos, la tensión en el interior de la fortaleza se volvía física, casi irrespirable.
El tiempo, ese río invisible que Alfonso había cruzado a través de los siglos, parecía ahora condensarse y acelerarse con una crueldad matemática en la penumbra de la Torre del Temple.
Las cinco de la mañana dieron paso a las seis, luego a las siete, y con cada campanada lejana que flotaba sobre los tejados de París, el agónico redoble de los tambores de la Guardia Nacional se volvía más ensordecedor y cercano.
Alfonso permanecía apoyado contra los bloques de piedra helada, midiendo el avance de la luz grisácea que comenzaba a filtrarse por la aspillera.
Su mente calculaba cada segundo con una precisión desesperada.
Sabía que las agujas del reloj eran el verdugo silencioso que lo conducía de forma inevitable hacia las diez y veintidós de la mañana, la hora exacta fijada por Magón para su ejecución en la Plaza de la Revolución.
Cada minuto que se desvanecía en el aire gélido del calabozo reducía sus posibilidades de supervivencia; el cuerpo de Luis XVI que habitaba respondía con un pulso acelerado ante la inminencia del cadalso, mientras su alma contenía el aliento, suspendida en un hilo de fe, aguardando que el campo magnético de María lograra rasgar el tejido del tiempo antes de que fuera demasiado tarde.
El pesado eco de las campanadas de las ocho de la mañana terminó de disiparse sobre el Sena cuando el estruendo de los cerrojos rompió la tensa calma del calabozo.
La gruesa hoja de roble se abrió de par en par con un quejido de los goznes oxidados.
El carcelero cruzó el umbral sosteniendo una tosca bandeja de madera, flanqueado por dos milicianos armados con mosquetes que se quedaron custodiando la entrada.
El hombre dejó la bandeja sobre la mesa astillada con un golpe seco y miró a Alfonso con una mueca burlona.
—Disfruta del banquete, Capeto —le dijo el carcelero, soltando una risa ronca que apestaba a vino—.
Te traigo la última comida antes del paseo en carroza.
La Convención Nacional ha querido tener este pequeño detalle de compasión contigo.
Anda, aliméntate bien, que necesitas fuerzas para subir los peldaños del cadalso.
Alfonso ni siquiera se dignó a mirar el mendrugo de pan y el caldo grasiento de la bandeja. Mantuvo la espalda recta, sosteniendo la mirada del verdugo con la altivez de un general de la antigüedad atrapado en la piel de un rey.
—Un soldado no necesita los favores de los traidores para marchar hacia su destino —respondió Alfonso con una voz grave y serena que descolocó por un segundo la sonrisa del guardia.
—Vaya, parece que el ciudadano Borbón todavía conserva su soberbia —gruñó el carcelero, recuperando la compostura con un gesto airado mientras daba media vuelta hacia el pasillo—.
Pues guárdate el orgullo para las diez y veintidós, Capeto.
Cuando la hoja de acero caiga en la plaza, veremos si tus discursos reales sirven para detener el filo de la guillotina. Tienes dos horas. Aprovéchalas.
La puerta se cerró con un estruendo metálico que resonó como un cañonazo en las paredes de sillería de la Torre del Temple. El aislamiento volvía a sepultar a Alfonso, y la cuenta atrás entraba en su fase más desesperada.
Pasaron veinte minutos cuando, de repente, los pasos apresurados de varias botas resonaron en el corredor exterior.
El sonido de los cerrojos al descorrerse con brusquedad interrumpió el monótono redoble de los tambores que se filtraba desde el patio.
La puerta se abrió de par en par el carcelero dijo:
—Alguien viene a verte —anunció el hombre, riéndose con una mezcla de malicia y burla mientras se apartaba a un lado del umbral—.
Parece que tienes visitas de última hora, Capeto. Aprovecha, que no todos los condenados tienen tanta suerte antes de que el acero les afeite el cuello.
Una silueta alta y elegante cruzó el umbral, recortándose contra la luz grisácea del pasillo.
Alfonso, manteniendo la espalda recta sobre el jergón, clavó los ojos en el recién llegado y sintió que la mandíbula se le tensaba por la rabia.
No era María. Quien entraba en la celda con paso pausado y una superioridad, vistiendo una impecable casaca oscura y sosteniendo un bastón de puño de plata, era el mismísimo Magón.
El general cartaginés avanzó hasta el centro del calabozo, haciendo una seña al carcelero para que cerrara la puerta y los dejara a solas en la penumbra.
La sonrisa de maldad del villano iluminó sus ojos mientras miraba a Alfonso, saboreando el triunfo de su trampa temporal a menos de hora y media de la ejecución final.
Magón se detuvo en el centro de la celda, apoyando ambas manos sobre el puño de plata de su bastón.
La puerta se cerró a sus espaldas con un eco pesado, sepultándolos en una penumbra rota únicamente por el grisáceo amanecer de la aspillera.
El general cartaginés paseó la mirada por los muros con moho y el jergón de paja, antes de fijarla en Alfonso con una satisfacción infinita.
—Vaya, Alfonso —dijo Magón con una voz pausada, arrastrando las palabras con desprecio—.
El gran guerrero, el estratega que pretendía burlar el mapa del tiempo, reducido a un despojo humano esperando el carro de los condenados.
Tengo que reconocer que la Revolución Francesa es una maquinaria maravillosa para ejecutar venganzas personales con total legalidad.
Alfonso no se movió. Mantuvo la barbilla alzada y la espalda recta, sosteniendo el pulso visual con la misma firmeza con la que habría empuñado el acero en el campo de batalla.
—Una ejecución no es una victoria, Magón. Es solo el recurso de los cobardes que no se atreven a dirimir los conflictos con la espada —respondió Alfonso, con un tono grave que resonó en las piedras heladas—. Puedes engañar a los diputados, pero ambos sabemos que eres un impostor en esta era.
Magón soltó una carcajada limpia y fría, dando un paso corto hacia él.
—Llámame impostor si quieres, pero a las diez y veintidós de la mañana yo seguiré controlando los hilos de la Convención y tu cabeza prestada rodará por el cesto de la plaza —siseó el cartaginés, inclinándose levemente—. Tu alma se disolverá en el vacío cuántico y tu querida María también morirá.
Alfonso apretó los dientes, conteniendo la rabia que amenazaba con hacerle saltar sobre las cuerdas de esparto. Sostuvo la mirada del villano, negándose a mostrar un solo rastro de flaqueza ante la devastadora amenaza sobre la muerte de María.
Magón disfrutó de ese último segundo de silencio y, con una sonrisa de maldad, dio media vuelta para marcharse.
Sin embargo, justo al salir, Magón le dio una patada a Alfonso en las costillas con la punta de su bota.
El impacto, seco y brutal, derribó al guerrero de lado sobre el jergón de paja podrida, arrancándole un gemido ahogado por el dolor físico.
—Quédate ahí, escoria de Cartago —escupió Magón, abriendo la puerta de roble y haciendo una seña a los milicianos—. Guardias, mantenedlo vigilado. Que no se mueva hasta que llegue la carroza.
La pesada hoja de madera se cerró con un estruendo metálico que resonó como un cañonazo, devolviendo la celda al aislamiento absoluto. Alfonso quedó tendido sobre la paja, jadeando por el golpe en el costado.
Ya solo faltaba una hora cuando los tambores empezaron a tocar, anticipándose aún más a la ejecución.
El redoble rítmico, monótono y ensordecedor de los parches de cuero golpeó contra las gruesas paredes de sillería de la fortaleza como un latido de muerte.
Los batallones de la Guardia Nacional en los patios no esperaron a la hora fijada; comenzaron a batir las baquetas con una prisa fanática, inundando el calabozo con una vibración constante que hacía temblar las losas de piedra y los grilletes vacíos.
El eco marcial de la Revolución llenaba cada rincón del aire gélido, ahogando los murmullos lejanos de la ciudad y convirtiendo los últimos sesenta minutos de Alfonso en una cuenta atrás insufrible.