CAPÍTULO XVI #3
—Cuando llegué a esta línea temporal, recibí una llamada de un tal Leonardo que me trataba como si yo fuera una espía.
Estaba completamente desconcertada, pero cuando vi en el laboratorio parte de la investigación que cuadraba con mi viaje en el tiempo, decidí averiguar más.
No podía quedarme de brazos cruzados. Durante este tiempo, he descubierto que tengo conocimientos avanzados de artes marciales por lo que creo que este cuerpo es de una espía.
El universo no me dio este cuerpo al azar, mamá; me metió en la piel de una agente infiltrada para que pudiera moverme en las sombras de Oxford.
Baker y Leonardo están compinchados para vender tus investigaciones a la inteligencia soviética a cambio de millones de dólares y tienes que tener cuidado.
Alejandra dejó caer la taza de té sobre la mesa con un movimiento brusco.
La revelación de la doble identidad de su becaria y la traición de su director de departamento la sumieron en un shock absoluto.
Su mente intentaba procesar la brutal carambola de datos: las amenazas de la Guerra Fría que ella creía paranoias universitarias eran reales, y la joven que tenía enfrente era un escudo cuántico enviado por el futuro para salvar su vida.
—¿Y cómo has sabido eso? —contestó Alejandra con un hilo de voz, con el rostro completamente desencajado y la mirada fija en su hija—. ¿Cómo has descubierto que me siguen y sobre la inteligencia rusa?
María se inclinó aún más hacia delante, sosteniendo la mirada de su madre.
—Porque yo misma los he seguido en mitad de la llovizna —reveló María en un susurro urgente—.
Después de salir del laboratorio, vi al doctor Baker registrar tus archivos personales con desesperación.
Sospeché de inmediato y monté guardia frente a este edificio.
Cuando volviste a salir apresuradamente, te seguí a una distancia prudencial para vigilar tus pasos, y fue entonces cuando descubrí que un hombre de abrigo oscuro te seguía desde la acera de enfrente.
Pero la verdadera confirmación llegó hace unas horas.
Encontré a Leonardo hablando a solas con Baker en un callejón ciego flanqueado por los muros de la biblioteca.
Me acerqué a menos de dos metros, resguardada tras una esquina de piedra.
Escuché cómo Leonardo le exigía a Baker el documento definitivo de tu investigación, advirtiéndole que los espías soviéticos están esperando en la embajada con millones de dólares para comprar tu cabeza.
Sé que tienes las respuestas ocultas en esta casa, mamá.
Sé lo del cuadro. Y ellos no pararán hasta tenerlo.
Alejandra no daba crédito a lo que estaba oyendo de su hija.
Permaneció petrificada en el sillón, con la respiración suspendida y las manos apretadas contra el pecho, sintiendo cómo los cimientos de su realidad se desmoronaban por completo.
La investigación que ella había realizado en la intimidad de su despacho no era un juego de ecuaciones abstractas; era una llave cuántica por la que los servicios secretos de la Guerra Fría estaban dispuestos a matar.
Escuchar a María describir la emboscada en el callejón, la desesperación de Baker revolviendo sus archivadores y el despliegue del espía soviético en mitad de la llovizna de Oxford la sumió en un pánico absoluto.
—Esto... Dios mío, esto es una pesadilla —consiguió articular Alejandra con la voz rota, pasándose una mano trémula por la frente empapada en sudor frío—.
Baker siempre se mostraba demasiado interesado en mis anotaciones sobre los marcadores, pero jamás imaginé que llegaría a este extremo.
Si Leonardo y él saben que he resuelto la incógnita...
María, tienes razón. No van a detenerse ante nada.
Alejandra se puso en pie de golpe, empujada por una repentina y febril lucidez. Sus ojos se desviaron de inmediato hacia el pasillo en penumbra, fijándose en la silueta difusa del óleo que colgaba entre las molduras.
—He visto los documentos que tienes ahí y los he estado estudiando —confesó María, señalando con la barbilla hacia el pasillo en penumbra donde colgaba el lienzo de la marina—.
Aproveché tu descuido con la puerta para entrar y revisar el dossier.
Pero necesito que seas tú la que me des las herramientas perfectas para que pueda viajar en el tiempo sin necesidad de conectar con guardianes y sabiendo exactamente a qué fecha de la era temporal tengo que ir.
María dio un paso hacia ella, sosteniendo el pulso visual con una mezcla de súplica filial y firmeza militar.
—Hasta la fecha todo ha sido muy caótico e incontrolado—continuó María, tocándose el colgante con los dedos temblorosos—.
En Cartago y en Valladolid fui un peón arrastrado por la corriente cuántica, despertando en cuerpos extraños y en mitad de peligros históricos sin la menor preparación.
Pero ahora el tiempo se ha agotado. Creo que Alfonso está en peligro y tú también.
Mientras que no encuentren nada de las conclusiones de las investigaciones, tú estarás a salvo.
Por tanto, es importante que sigas con tu rutina, pero teniendo cuidado de que no descubran tu investigación.
Yo tengo que buscar a Alfonso; él es un guerrero de doscientos nueve antes de Cristo y nos podrá ayudar en esta época, pero tengo que buscarlo y traerlo a mil novecientos noventa y uno.
Alejandra escuchaba cada palabra con el corazón desbocado, asimilando la inmensa lucidez del plan estratégico de su hija.
La idea de traer a un estratega militar y curtido guerrero de la antigüedad clásica hasta el Oxford para combatir la red de espionaje de Baker y Leonardo era una jugada audaz que desafiaba cualquier postulado lógico, pero las ecuaciones de la consistencia global lo permitían.
—¡Mamá! —exclamó María, dando un paso decidido hacia ella en mitad del salón—.
Por tus investigaciones que descubrí, además de viajar cuando se alinean los planetas, con el collar y las marcas del guardián y la mía, yo puedo, como llave cuántica, viajar mediante la interacción de las partículas de la luz con la sangre y los tejidos de mi muñeca y activar los viajes cuánticos con la actividad eléctrica de mis células. Pero no sé cómo hacerlo.
Alejandra dio un paso al frente y la tomó firmemente por los hombros. Sus ojos llorosos se tornaron duros, concentrados bajo el influjo de una febril urgencia.
—Es biointerferencia electromagnética, María.
Escúchame bien —le dijo Alejandra, bajando la voz a un susurro denso—.
El cerebro humano es un potente generador de impulsos eléctricos.
Cuando duermes, tus ondas cerebrales bajan de frecuencia a la banda Delta y Theta, que es cuando las células de la epidermis reducen su resistencia galvánica.
Para sintonizar donde tienes que ir tienes que pensar la fecha y el lugar exacto.
Si estas conectado, como parece con Alfonso, tienes que además incluir la intuición.
Hay que realizar un ejercicio de focalización nemotécnica justo antes de perder el conocimiento en el sueño o si lo quieres hacer en vigilia.
Tienes que concentrar toda tu actividad eléctrica neuronal en un único pensamiento fijo: la vibración de los tambores que escuchas y el relieve frío de este colgante.
Tienes que forzar a tu corazón a latir a un ritmo pausado y constante para que los fotones de la luz ambiental, al chocar contra la hemoglobina de tu muñeca, resuenen con la frecuencia exacta de la era a la que quieres ir.
Tus células generarán el campo magnético necesario y el collar curvará el espacio-tiempo para arrojar tu alma directo a donde esté Alfonso.
Si quieres, que alguien te acompañe el viaje cuántico debes cogerlo y cuando vayas a hacer el salto tener bien unida tu muñeca a la de la otra persona.
En el caso de que sea más de una deberán estar todas unidas por esa parte del cuerpo.