La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XVI #2
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CAPÍTULO XVI #2

Alejandra ahogó un grito, soltando la taza sobre la bandeja con un tintineo violento.

Se inclinó hacia delante casi sin respirar, atrapada en un shock absoluto.

Sus dedos temblorosos se estiraron hacia la muñeca de María, pero se detuvieron a milímetros de la piel.

Reconocía perfectamente esa simbología; era la impronta exacta que sus propios modelos matemáticos predecían para estabilizar la interfaz orgánica del alma, y el colgante era el condensador cuántico que ella misma había diseñado en secreto en las páginas de su dossier.

—Esto... esto es imposible —susurró Alejandra, levantando la vista hacia los ojos de María con terror—. Esto no lo sabe nadie y yo no he hecho aún el experimento. Nadie tiene acceso a estos resultados. ¿Quién eres tú realmente, María? ¿De dónde has sacado esto?

María sostuvo la mirada de Alejandra, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con nublar sus ojos planos, pero se mantuvo firme. El redoble de los tambores en su cabeza se apagó por completo, sustituido por el latido limpio y doloroso de la verdad.

—Sé que no has hecho el experimento todavía, mamá —respondió María, y la última palabra resonó en el salón con el peso de una confesión contenida durante toda una vida—. Pero lo harás. Diseñarás esta tecnología en secreto y la ocultarás.

Alejandra se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.

El uso de la palabra «mamá» la golpeó con la fuerza de un impacto físico.

Miró la marca de la muñeca, luego el colgante de plata y finalmente las facciones de la joven que tenía enfrente, buscando en sus ojos un reflejo que su mente se negaba a aceptar.

—¿Mamá? —preguntó Alejandra con un hilo de voz roto por el desconcierto y el miedo—. ¿Por qué me llamas así?

—Soy tu hija. Vengo del futuro —le respondió María con una calma cargada de una infinita y dolorosa ternura—. Por favor, siéntate y deja que te explique todo.

Alejandra obedeció mecánicamente, dejándose caer sobre el sillón mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Tenía el pecho agitado y las manos le temblaban sobre el regazo. La palabra «mamá» seguía resonando en las paredes del salón como un eco imposible.

—Yo nací en el año dos mil, nueve años después de este día en el que estamos —continuó María, modulando su voz con una mezcla de infinita ternura y urgencia, mientras mantenía los ojos fijos en los de Alejandra—.

Viajé en el tiempo desde el año dos mil veinticinco.

Un día iba a tomar un café y me desmayé.

Al despertar, me encontré en el doscientos nueve antes de Cristo ocupando un cuerpo que no era mío.

Me encontré con dos personas que no conocía y allí me enteré de que hay ocho guardianes del tiempo y que cada uno de ellos tiene una marca.

Yo tengo este colgante que me lo regaló la abuela.

Después viajé sin premeditarlo a mil cuatrocientos sesenta y nueve y ocupé el cuerpo de Isabel la Católica, y ahora estoy aquí.

Todo ha sido por accidente, yo no he hecho nada voluntariamente.

Cuando el viaje me trajo aquí, descubrí que eras mi madre por la foto que me entregó la abuela.

El silencio que siguió a la confesión de María fue casi místico.

Alejandra permaneció inmóvil en el sillón, con la taza de té ya fría entre las manos y las lágrimas resbalando sin control por sus mejillas.

Escuchar la mención de su propia madre y ver el colgante familiar expuesto bajo la luz del salón quebró la última barrera de su escepticismo.

Su mente de física cuántica asimiló la brutal carambola del destino: los saltos involuntarios de su hija eran fluctuaciones puras causadas por el condensador magnético del collar interactuando con las marcas de los guardianes.

—Mi madre... la foto... —alcanzó a susurrar Alejandra con la voz rota por una emoción desbordante. Dejó la bandeja sobre la mesa y, cediendo por fin al instinto biológico, se inclinó hacia delante y envolvió a María en un abrazo desesperado y protector—. Estás aquí, estás a salvo.

María la abrazó llorando, hundiendo el rostro en el hombro de Alejandra con una desesperación contenida durante veinticinco años de ausencia.

El llanto le brotaba desde lo más profundo del pecho, un sollozo ahogado y torrencial que liberaba de golpe toda la soledad de su infancia.

Se aferró a los brazos de su madre con los dedos temblorosos, como si temiera que la arrancara de sus brazos y la devolviera al vacío del tiempo.

Sentir el calor real de su cuerpo, el latido firme de su corazón y ese aroma tan suyo a té de jazmín y lluvia fresca fue una experiencia abrumadora que paralizó el reloj.

Tras unos instantes de puro desahogo, María retrocedió levemente sin romper el contacto.

Con las manos temblorosas y humedecidas por las lágrimas, comenzó a acariciarle la cara a Alejandra.

Recorrió con una infinita y dolorosa ternura la línea de su mandíbula, la suavidad de sus pómulos y el contorno de sus ojos llorosos, memorizando cada facción que tantas veces había intentado reconstruir en su mente a través del viejo y desgastado retrato que le dio la abuela.

—Eres tú... de verdad eres tú, mamá —susurró María con el hilo de voz que le dejaba el llanto, mientras sus dedos limpiaban las lágrimas que resbalaban por las mejillas de la científica—.

He cruzado siglos enteros a oscuras, cayendo en épocas hostiles y ocupando cuerpos extraños. No sabes cuánta falta me has hecho.

Alejandra, completamente conmovida y desarmada por el relato de su joven hija le sostuvo las manos contra su rostro, uniendo sus frentes en un gesto de protección absoluto.

Alejandra permanecía callada; las palabras no le salían.

Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar, y se limitaba a estrechar las manos de María contra sus mejillas húmedas, asintiendo con la mirada en un intento desesperado por transmitirle todo el amor y el amparo que el shock le impedía verbalizar.

De pronto, María se secó las lágrimas con el dorso del brazo, forzó una respiración honda y le dijo:

—Tengo que seguir contándote.

Alejandra tragó saliva, logrando aflojar el nudo de su garganta apenas para emitir un hilo de voz trémulo.

—Te escucho, mi vida... —susurró Alejandra, acariciándole el cabello con dedos protectores—. Cuéntame todo lo que necesites. Si el tiempo te ha traído hasta mí, no voy a dejarte sola en esto. ¿Qué más ha ocurrido en esos viajes?

—No estoy sola en esta locura, mamá —continuó María, inclinándose hacia delante con una gravedad que heló el ambiente del salón—.

Alfonso, el hombre al que amo y que conocí en el doscientos nueve antes de Cristo en Cartago viajaba conmigo, también fue arrastrado por la corriente cuántica.

Estando en Cartago encontramos a la guardiana, pero murió en una emboscada y la marca de la estrella con la señal cuántica pasó de forma automática a Magón, el general de la batalla de Cartago y Roma.

Para volver a mi tiempo, Claudia, la que inicialmente era la guardiana, me dijo que tenía que esperar a la alineación de dos planetas y que con la marca de mi muñeca y la suya podría regresar.

El problema surgió cuando murió, ya que la marca pasó al villano Magón, y cuando llegó el momento, Alfonso y yo pasamos a mil cuatrocientos sesenta y nueve en los cuerpos de los Reyes Católicos.

Allí Magón pasó a ser un noble que asistió a nuestra boda; teníamos que actuar como si fuéramos ellos para no cambiar la historia.

Después hicimos otro salto cuántico para volver a dos mil veinticinco, pero pasó algo que nos separó.

Yo desperté en la universidad justo cuando tú me encontraste y Alfonso no sé dónde está.

He tenido sueños muy raros y creo que está en París en mil setecientos noventa y tres porque tuve sueños con Luis XVI y tambores de guerra.

Alejandra no daba crédito a lo que estaba oyendo.

La tecnología que había desarrollado funcionaba.

La revelación de la muerte de la guardiana Claudia, la transferencia automática de la marca de la estrella al general cartaginés y las suplantaciones de conciencia en Castilla eran la prueba empírica de lo que sus ecuaciones predecían en el papel.

El entrelazamiento cuántico no era una teoría de laboratorio; era una fuerza universal que había arrastrado a su propia hija a través de los siglos.

—Los bucles consistentes... las marcas de transferencia...

—susurró Alejandra, con los ojos fijos en las láminas de la estantería mientras el nudo de su garganta se transformaba en una febril lucidez científica—.

El colgante que te dio mi madre actúa como el receptor pasivo de tu propia superposición de onda.

María, si estás sintonizando los tambores de París a través de tus sueños y pensamientos, es porque tu campo magnético celular ya está enlazado con el de Alfonso.

—Tengo que ir a buscarle—sentenció María, estrechando las manos de su madre con una firmeza desesperada—, pero antes tengo que decirte que estás en peligro. He podido comprobar que te siguen.

Alejandra abrió los ojos, conteniendo el aliento. María no le dio tiempo a interrumpirla y continuó: