CAPÍTULO XVI
María se despertó con el recuerdo de un sueño demoledor.
Se incorporó bruscamente en la cama, con la respiración entrecortada y un sudor frío empapándole las sienes.
En la pesadilla, el redoble ensordecedor de los tambores revolucionarios retumbaba en su cabeza mientras veía la pesada hoja de la guillotina deslizarse a toda velocidad hacia el cuello de Alfonso en una plaza abarrotada de gente.
Abrió los ojos lentamente y, tras esa sensación desagradable, recordó lo que el día anterior había descubierto al extender las quince fotografías reveladas sobre la mesa.
La angustia que le atenazaba el pecho cobró un sentido inmediato.
No era una simple pesadilla; era la confirmación exacta de la página quince del dossier de Alejandra.
Sus intensos procesos de pensamiento y la desesperación por encontrar a su amor habían cargado eléctricamente sus células, captando a través de la intuición y el entrelazamiento cuántico las señales que Alfonso emitía desde el pasado.
El informe de su madre era claro: el alma podía viajar conectando cuerpos a través del tiempo si se generaba un campo magnético preciso.
A los pocos minutos se fue a duchar. Dejó que el agua gélida golpeara su nuca y corriera por su espalda, apagando el temblor residual del sueño demoledor y obligando a sus músculos a reaccionar.
Conforme el vaho empañaba los azulejos del baño la neblina de la pesadilla dio paso a una lucidez fría y militar.
Al mirarse al espejo mientras se secaba con la toalla, se frotó la marca de la muñeca y observó el colgante mojado que descansaba sobre su pecho; la ducha había templado sus nervios, pero la certeza científica seguía allí, intacta.
No había tiempo para dudas ni vacilaciones.
Las quince fotos sobre la mesa del salón le recordaban que el campo magnético de sus células le estaban mandando mensajes del peligro que recorría Alfonso.
Los tambores no daban tregua. María solo tenía en su cabeza un retumbar ensordecedor que ahogaba cualquier otro sonido, convirtiendo los pasos del pasillo en una vibración lejana e irreal.
No era un dolor físico; era el eco de la culpa o quizás de una verdad que ya no podía contener. Se llevó las manos a las sienes, cerrando los ojos con fuerza, intentando apagar ese ritmo frenético que parecía marcar la cuenta atrás para el inminente colapso de todo lo que había construido.
—Tengo que hablar con ella —se dijo María en voz alta, apretándose las sienes para acallar los tambores que le estallaban en la cabeza—. Necesito saber qué significa este descubrimiento... No puedo equivocarme, no ahora.
Salió a la calle de golpe. El frío invernal la azotó con fuerza, haciéndola tiritar mientras caminaba a paso apresurado hacia la parada.
El autobús tardó unos minutos en llegar, y al subir, el ambiente cargado de vaho la envolvió.
Se sentó cerca de la ventana, esquivando la mirada de varios jóvenes que reían ruidosamente al fondo del vehículo.
En cuanto el autobús frenó, María bajó casi corriendo y se dirigió directamente al edificio. Empujó la puerta de cristal, adentrándose en el pasillo iluminado por los fluorescentes parpadeantes. Caminó decidida hacia el despacho del fondo, buscando desesperadamente la silueta de su madre.
—Hola, Alejandra. Necesito hablar contigo. Es importante ¿podemos ir a tomar un café?
Alejandra levantó la vista de sus informes, sorprendida por la repentina aparición de María y por el tono tenso de su voz. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se puso de pie, escudriñando el rostro alterado de María y el frío que aún traía en las mejillas.
—Hola, María. Me asustas... Tienes cara de haber visto un fantasma —respondió Alejandra, quitándose la bata blanca—. ¿Vamos a la cafetería de abajo?
—No. Prefiero ir a una que está a tres manzanas de aquí o si es posible quedar en un sitio sin bullicio.
—¿Te parece bien que vayamos a mi apartamento? – Contestó Alejandra.
—Si. Por favor. Lo prefiero. Es algo privado y me sentiría más cómoda.
—Vale. Dame unos momentos cojo mi abrigo y nos vamos.
Alejandra se dio la vuelta para recoger sus cosas, mientras María esperaba junto a la puerta del laboratorio.
El murmullo de los tambores en su cabeza parecía calmarse un poco.
Alejandra se puso un grueso abrigo oscuro, guardó las llaves en el bolsillo y apagó las luces principales del despacho, dejando el laboratorio en una penumbra grisácea.
Caminaron juntas hacia la salida del edificio, preparadas para enfrentarse de nuevo al frío invernal.
Se subieron a un autobús que las llevó directo a casa de Alejandra.
Consiguieron dos asientos juntos a mitad del pasillo, lejos del motor.
Aprovechando el traqueteo constante del vehículo y la distancia con los demás pasajeros, Alejandra rompió el silencio mirando de reojo las mejillas aún pálidas de su hija.
—Por cierto, ¿cómo te encuentras? —preguntó Alejandra, acomodándose la bufanda—. Ayer estabas fatal con ese resfriado. Me preocupó bastante que no pudieras ir a trabajar.
—Ya estoy un poco mejor, la verdad —respondió María, clavando la mirada en las luces de la ciudad que pasaban de largo por la ventana—. El dolor de cuerpo ya casi se ha ido, aunque sigo teniendo dolor de cabeza. Pero no podía quedarme en la cama.
—Deberías haber descansado un día más, María. Te noto muy débil y el frío de hoy no ayuda en nada —insistió Alejandra, tocándole suavemente la frente con el dorso de la mano—. Al menos parece que no tienes fiebre.
—Te juro que el resfriado es lo de menos ahora mismo —susurró María, girándose hacia ella con los ojos muy abiertos—.
El autobús frenó con un chirrido, deteniéndose en la parada, a unos treinta metros del edificio de Alejandra. Las dos se levantaron en silencio y bajaron los escalones, pisando el suelo helado de la acera.
Caminaron esos últimos metros sin cruzar una sola palabra.
El viento de la noche levantaba las hojas secas del suelo y el único sonido era el de sus propios pasos apresurados contra el pavimento.
Al llegar al portal, Alejandra sacó las llaves, abrió el pesado portón de metal y ambas subieron hasta el piso.
Una vez en el rellano, Alejandra introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar a María. El lugar estaba completamente a oscuras y un silencio denso las recibió.
—Pasa, María. Quítate el abrigo si quieres —dijo Alejandra, cerrando la puerta a sus espaldas con un clic rotundo que resonó en el pasillo.
—Prefiero dejármelo puesto, gracias —respondió María, frotándose las manos para entrar en calor mientras se quedaba fija en el recibidor.
Alejandra la miró de reojo, notando su rigidez, y caminó hacia el salón para encender una lámpara de luz tenue.
—Como quieras. Siéntate, por favor. Voy a preparar un té, te vendrá bien para la garganta tras el resfriado de ayer.
María guardó silencio un instante, escuchando el eco de los tambores en su cabeza, y exhaló un suspiro largo.
—Está bien... Sí, por favor. Un té me vendrá bien.
—Siéntate en el sofá. No tardo nada —dijo Alejandra con un tono suave, encaminándose hacia la cocina.
Se adentró en la pequeña cocina y el sonido metálico del hervidor al llenarse de agua rompió levemente el espeso silencio de la planta baja.
María avanzó despacio hacia el salón, dejándose guiar por la luz tenue de la lámpara que su madre acababa de encender.
Se sentó en el borde de uno de los sillones, manteniendo el abrigo de lana puesto como una armadura invisible y apretando las manos sobre sus rodillas para aplacar el temblor latente de sus dedos.
Desde allí, sus ojos se desviaron inevitablemente hacia la pared del pasillo; el óleo de la marina colgaba en una simetría perfecta, ocultando tras su lienzo el dossier de las quince páginas que contenía las respuestas definitivas sobre la sangre, la piel y el motor del tiempo.
Al cabo de unos minutos, Alejandra regresó al salón portando una bandeja de madera con dos tazas de porcelana de las que ascendía un denso vaho con aroma a jazmín.
Dejó la loza sobre la mesa de centro con suavidad y se acomodó en el sillón de enfrente, observando la extrema rigidez de María con una mezcla de preocupación maternal y curiosidad científica.
—Aquí tienes. Tómatelo despacio, te ayudará a templar el cuerpo tras el frío de la calle —le dijo Alejandra, rodeando su propia taza con las manos y clavando sus ojos en ella—.
Bueno, María... Ya estamos en un sitio sin bullicio, completamente a solas.
Cuéntame qué es eso tan importante y privado que ha conseguido sacarte de la cama en mitad de un resfriado. Me tienes en un auténtico vilo.
El silencio cayó como una losa gélida en el salón, quebrando el último vestigio de normalidad entre las dos mujeres. Alejandra permaneció paralizada, con la taza de porcelana temblándole entre los dedos y los ojos abiertos de par en par.
—Quiero enseñarte algo —dijo María, interrumpiendo la asfixiante quietud con una voz que ya no temblaba.
De forma suave, se subió las mangas de la camisa de lana, liberando los brazos del abrigo oscuro.
Estiró el brazo izquierdo bajo la luz tenue de la lámpara y le enseñó la marca de la muñeca, cuyas intrincadas formas cicatrizadas delataban el entrelazamiento cuántico con la marca de la estrella de ocho puntas correspondiendo a los ocho guardianes y el símbolo cuántico.
Al mismo tiempo, con la otra mano, le enseñó el colgante que tenía escondido bajo el jersey, dejándolo colgar frente a los ojos de la científica.