La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XV #2
66%

CAPÍTULO XV #2

Desde su banco de madera, Alfonso presenciaba el interminable goteo de hombres que subían y bajaban del estrado, sintiendo que cada voto pronunciado en voz alta era un eslabón más en la cadena que lo conducía hacia el cadalso.

Los secretarios anotaban meticulosamente cada respuesta con plumas de ganso que rascaban el papel con un sonido monótono y desquiciante.

A su lado, Malesherbes y Tronchet iban marcando sus propias listas manuscritas a toda prisa, con las cabezas gachas y los rostros desencajados al comprobar que la balanza de la muerte se inclinaba de forma irreversible.

En lo alto de la presidencia, Magón controlaba el ritmo del escrutinio disfrutando con sadismo de la lenta tortura psicológica a la que sometía a Alfonso; cada paso en la tribuna y cada grito en el graderío acercaban el implacable desenlace definitivo.

El proceso finalizó y dejó tras de sí un silencio denso, sepulcral y cargado de una tensión casi insoportable en el salón de la Convención. El incesante rasgueo de las plumas de ganso de los secretarios cesó de golpe cuando se completó el recuento del último diputado.

El general cartaginés, manteniendo su inmovilidad en lo alto del estrado presidencial, tomó el documento oficial con el veredicto definitivo de manos del secretario Barère.

Se acomodó la banda sobre el pecho, se puso en pie lentamente para maximizar el dramatismo del momento y miró con una frialdad absoluta a toda la asamblea antes de clavar sus ojos en Alfonso.

Magón alzó el pesado mazo de bronce y lo descargó una última vez contra el yunque, rompiendo el espeso silencio de la sala con un estallido metálico que reverberó en las altas bóvedas.

—Representantes de la nación, el escrutinio e irrevocable ha concluido —declaró Magón con una voz potente que heló la sangre de los presentes, ensanchando una mueca de maldad—.

Por una mayoría abrumadora y aplastante, este tribunal popular declara al ciudadano Luis Capeto culpable de alta traición contra la libertad del pueblo y la seguridad del Estado.

Por consiguiente, la pena dictada por esta Convención Nacional es la muerte sin condiciones.

Las palabras de Magón fueron el detonante para que el resto de la sala estallara en una auténtica locura colectiva.

Los diputados jacobinos saltaron de sus escaños gritando de júbilo, mientras los sans-culottes de las tribunas públicas gritaban de forma salvaje, agitando sables, picas y gorros en el aire en mitad de un clamor ensordecedor de «¡Viva la República!

¡Muerte al tirano!». En claro contraste, los tres abogados defensores se hundieron por completo en sus asientos; Malesherbes rompió a llorar abiertamente cubriéndose el rostro con las manos, mientras Tronchet y Raymond Desèze bajaban la cabeza con impotencia, sabiendo que el hacha de la Revolución Francesa ya no tenía freno legal.

Magón contempló el caos y el colapso psicológico de Alfonso con un deleite sádico desde las alturas. Con un frío y autoritario ademán de su mano derecha, hizo una seña a los milicianos que custodiaban el estrado principal.

—¡Guardias, el juicio ha terminado! —ordenó el Magon, sentenciando el destino de Alfonso—.

Lleven de inmediato al reo de vuelta a su celda de la Torre del Temple bajo el más estricto aislamiento.

El destino de Francia está sellado y la guillotina aguarda su turno en la plaza. ¡Retírenlo de mi vista!

Los milicianos de la Guardia Nacional acataron la orden al unísono.

Agarraron a Alfonso con brutalidad por los hombros y las axilas, levantándolo en vilo del banco de madera.

Con las muñecas entumecidas por el esparto y los pies arrastrándose por el suelo, Alfonso fue empujado hacia los portones de salida en mitad de un pasillo de bayonetas caladas y escupitajos de la turba enardecida, comprendiendo que la cuenta atrás de Magón había terminado y que solo un milagro podría salvar su cabeza del cadalso.

El camino hacia la celda fue pesado y agónico, un calvario de metros que parecieron convertirse en kilómetros bajo el gélido invierno de París.

Alfonso avanzaba a duras penas, con las botas desgastadas arrastrándose sobre el empedrado cubierto de hielo derretido y lodo.

El dolor físico de sus muñecas, en las que el esparto de las cuerdas se había clavado de tal forma que ya casi no sentía los dedos, se sumaba a la rigidez de su cuerpo exhausto tras horas de juicio.

Los milicianos de la Guardia Nacional lo empujaban sin la menor compasión obligándolo a mantener el paso en mitad de un pasillo humano asfixiante.

La gente que gritaba a su alrededor formaba una masa unánime y ensordecedora; los ciudadanos se agolpaban en las esquinas, asomados a las ventanas y subidos a las verjas de hierro, desatando un linchamiento moral implacable.

Hombres con las camisas rasgadas y mujeres con escarapelas tricolores en el pecho le lanzaban insultos, escupían a su paso y agitaban picas artesanales en el aire, coreando con un fanatismo aterrador: —¡Traidor!

¡Pronto pagarás por tus crímenes! ¡La guillotina te espera, Capeto!

—coreaba la masa con un fanatismo aterrador, agitando sables y gorros frigios en el aire, transformando el traslado en un auténtico circo romano sediento de sangre.

En mitad de aquel infierno de ruido y violencia, los sentimientos que tenía Alfonso lo devoraban por dentro, sumiéndolo en una dolorosa dualidad.

Por un lado, su orgullo de soldado se rebelaba con furia, experimentando una rabia ciega e impotente al verse tratado como un criminal sumiso por bárbaros del norte, atado de manos y desprovisto de su espada para defenderse como un guerrero.

Por otro lado, una profunda y desesperada angustia le desgarraba el alma al pensar en María.

Su sentencia de muerte ya estaba firmada por el complot de Magón, el miedo no era por su propia vida, sino por el destino de ella: si la hoja de la guillotina caía sobre su cuello, el entrelazamiento cuántico de sus almas se rompería para siempre, dejándola completamente sola en mitad de los peligros.

Al cruzar finalmente los portones de la Torre del Temple y escuchar el pesado eco de los cerrojos de hierro cerrándose a sus espaldas, Alfonso se desplomó sobre el jergón de paja en mitad de la penumbra; la cuenta atrás había terminado y solo un milagro podía evitar que su cabeza rodara por el cadalso.

Pasaron tres días desde que lo llevaron a la celda.

Tres jornadas de aislamiento absoluto en las que las horas se dilataban como siglos en mitad de la penumbra del Temple.

Alfonso permanecía inmóvil, devorado por la rigidez del gélido invierno parisino y por la asfixia psicológica de ver cómo el calendario avanzaba inexorablemente hacia el fatídico veintiuno de enero.

El aguanieve de las calles se filtraba en forma de una humedad cortante por la estrecha aspillera, calando el jergón de paja podrida sobre él.

El silencio de la torre medieval solo se rompía por el goteo constante del agua y el eco lejano de los tambores de la Guardia Nacional que ensayaban la marcha fúnebre en los patios exteriores.

De repente, una tos áspera rasgó el silencio desde el otro lado del muro de sillería. Un preso que estaba en la celda de al lado le dijo, riéndose de él, con una voz ronca que arrastraba el rudo acento de los suburbios de París:

—Eh, ciudadano Capeto... —siseó el hombre, picando con los nudillos sobre los bloques de piedra calcárea—.

Parece que ya no dormís con lujos, ¿verdad?

¿Dónde han quedado los colchones de plumas de Versalles y los edredones de seda de las Tullerías?

La celda nos iguala a todos, incluso en la miseria de estos calabozos.

¡A ver si la paja del suelo está lo bastante blanda para el cuello de un rey!

Alfonso abrió los ojos en la oscuridad, escuchando la risa burlona y cavernosa del reo que se filtraba por las grietas del muro.

El hombre continuó soltando palabras vulgares durante varios minutos, disfrutando con sadismo de la humillación del monarca caído, ignorando por completo que la mente que habitaba ese cuerpo aristocrático pertenecía a un veterano de las legiones de la antigüedad.

Alfonso no se rebajó a contestar ni a golpear la pared.

Mantuvo una inmovilidad de piedra, fijando la mirada en el techo abovedado mientras apretaba los puños.

La ironía del destino lo golpeaba con fuerza: estaba encerrado en una jaula de bárbaros, soportando las burlas de un desgraciado, mientras su propio corazón seguía latiendo con furia por una sola y desesperada certeza.

Mañana sería el día que le decapitarían.

La certeza de la ejecución inminente cayó sobre la celda con el peso frío e inapelable de una losa de mármol.

El veintiuno de enero de mil setecientos noventa y tres ya no era una fecha lejana en los decretos de la Convención; era el amanecer que aguardaba al otro lado de esas pocas horas de oscuridad.

El eco de la risa del preso de la celda contigua terminó por apagarse, dejando a Alfonso a solas con el latido desbocado de su propio corazón en mitad de la penumbra del Temple.

Alfonso se incorporó despacio en el jergón, apoyando la espalda contra la sillería helada.

Mañana los milicianos tricolores abrirían el portón no para interrogarlo ni para leerle cargos, sino para escoltarlo directamente hacia el cadalso en la plaza pública, donde la hoja de acero cortaría de forma limpia su cuello en el cuerpo de Luis XVI.

La impotencia le quemaba las entrañas: si la guillotina cumplía su función, su alma quedaría truncada en el vacío del tiempo.