CAPÍTULO XV
Hoy era el día en que Alfonso recibía el veredicto del juicio.
Sentado en la penumbra de su tétrica celda de la Torre del Temple, contemplaba los últimos restos de escarcha que se derretían en los barrotes de la aspillera.
La tregua de semanas que Magón le había concedido se había evaporado como el vaho en el aire gélido de París.
La fecha maldita, el quince de enero de mil setecientos noventa y tres, había llegado.
El eco de los tambores de la Guardia Nacional ya retumbaba a lo lejos, marcando un compás fúnebre que hacía vibrar las losas de piedra de la fortaleza medieval.
Alfonso sabía que vendrían a recogerlo en cualquier momento, y que el carcelero desaliñado junto a los milicianos tricolores irrumpiría por esa pesada puerta de roble para arrastrarlo, por última vez, ante la Convención Nacional.
El pánico y la impotencia que lo habían atenazado los días anteriores se habían transformado ahora en una fría y desesperada resignación.
No le temía a la muerte, pero le desgarraba el alma la certeza de que Magón utilizaría los votos nominales de los setecientos cincuenta diputados jacobinos para enviarlo legalmente al cadalso, borrando su conciencia en el cuerpo del rey Luis XVI.
De repente, su pensamiento se fijó en una única súplica: «¿Dónde estás, María?
». Lo hizo con los ojos cerrados, ignorando el olor a moho y el tintineo de los grilletes de los calabozos inferiores.
Un par de horas después, un guardia abrió la celda riendo ante su sentencia.
El estruendo metálico del cerrojo oxidado al descorrerse rompió brutalmente el espeso silencio del calabozo.
El miliciano, que lucía un andrajoso gorro frigio y una casaca azul desabrochada, se apoyó contra el marco de la puerta de roble balanceando un pesado manojo de llaves con una mueca burlona y sádica.
—¡Arriba, Capeto! —exclamó el soldado entre carcajadas, mostrando una dentadura descuidada—.
Los ciudadanos de la Convención ya están afilando sus plumas para el escrutinio.
Disfruta del aire de esta torre mientras puedas, porque hoy mismo firman tu castigo.
¡A ver cuánto te queda para que esa hermosa cabeza tuya ruede por el cesto de la plaza!
Alfonso abrió los ojos despacio, interrumpiendo el flujo de sus pensamientos sobre María.
No se inmutó ante la provocación del carcelero; se incorporó del jergón de paja con una lentitud deliberada, manteniendo la imponente rectitud de su mentalidad militar.
Dejó que los milicianos le arrastraran por los brazos hacia el pasillo exterior mientras las risas del guardia seguían resonando con eco en las paredes de sillería de la Torre del Temple.
Avanzó flanqueado por los mosquetes y las bayonetas caladas, listo para encarar el estrado de la Convención Nacional y escuchar de la boca de Magón el veredicto que pretendía sellar su destino final en el patíbulo.
Al entrar en el salón donde estaban reunidos los diputados y representantes de la nación, Alfonso sintió que la atmósfera densa y asfixiante de la Convención Nacional se le venía encima como una losa de plomo.
Aquel lugar no era un tribunal de justicia convencional; era una asamblea política radicalizada donde cada escaño estaba ocupado por legisladores jacobinos y girondinos decididos a juzgar al monarca caído en nombre del pueblo soberano.
La gran sala bullía en un hervidero de expectación desatada; los setecientos cincuenta representantes no guardaban la compostura de los días anteriores, sino que se amontonaban en las gradas de «La Montaña» gesticulando con vehemencia y revisando las listas de votación nominal que marcarían el destino de Francia.
El olor a pólvora y sudor era más penetrante que nunca en mitad del gélido invierno.
Alfonso fue conducido por los guardias hasta su banco de madera en el centro del estrado, flanqueado por las bayonetas caladas que brillaban bajo la mortecina luz que se filtraba por los altos ventanales.
Sus abogados, con Malesherbes a la cabeza, ya lo esperaban allí con los rostros desencajados y cubiertos por un sudor frío, contagiados por la inminencia del castigo.
En lo alto de la presidencia, dominando la marea de gorros frigios y escarapelas tricolores, Magón mantenía una inmovilidad agresiva.
Al ver aparecer la silueta desaliñada de Alfonso en el cuerpo de Luis XVI, el general cartaginés ensanchó su risa de maldad y alzó el pesado mazo de bronce sobre el yunque, listo para dar inicio al escrutinio nominal e irrevocable que pretendía arrebatarle la vida a su archienemigo.
Magón se puso en pie con una parsimonia estudiada, apoyando los puños sobre el tapete de la mesa presidencial.
El murmullo ensordecedor de los setecientos cincuenta representantes de la nación se fue apagando de golpe, como si la marea contuviera el aliento ante la imponente presencia del cartaginés.
Magón barrió la sala con su mirada gélida, deteniéndose un segundo de más en el banco donde Alfonso permanecía maniatado, y comenzó a pronunciar su discurso antes de dar el veredicto definitivo:
—Ciudadanos representantes de la República —tronó la voz de Magón, llenando cada rincón de las altas bóvedas con una oratoria impecable y teatral—.
Hoy, quince de enero de mil setecientos noventa y tres, no nos reunimos en esta augusta asamblea para juzgar a un hombre ordinario, ni para dirimir disputas menores de las leyes humanas.
Nos reunimos aquí para consolidar la soberanía del pueblo frente a siglos de opresión.
La historia universal nos contempla a través de estas cristaleras, y nuestro voto será el mazo definitivo que sepulte para siempre la tiranía en el suelo de Francia.
El cartaginés ensanchó su risa contenida, gesticulando con solemnidad aristocrática mientras abría los brazos hacia el graderío jacobino, desatando una ovación sorda entre los diputados más radicales.
—La defensa ha esgrimido tratados caídos y constituciones inviolables con una desesperación comprensible pero inútil —continuó Magón, clavando su pulso visual directamente en Alfonso—.
Sin embargo, un pueblo libre no negocia su existencia con reyes traidores que esconden correspondencias secretas en armarios de hierro y convocan a las legiones extranjeras para masacrar a sus propios compatriotas.
La culpabilidad está probada ante los ojos de la razón republicana.
Por lo tanto, ciudadanos, es vuestro deber patriótico despojaros de cualquier compasión burguesa.
Preparad vuestras voces y vuestras listas.
Ha llegado la hora de que cada representante suba a este estrado a dictar el castigo definitivo que limpie la afrenta del tirano.
¡Que la votación dé comienzo y que la justicia de la República se escriba con letras mayúsculas!
El mazo de Magón cayó por última vez sobre el yunque de bronce, dando inicio oficial al escrutinio más trascendental de la Revolución.
El proceso de votación se convirtió en una marcha lenta, solemne y asfixiante que se prolongó durante horas en el interior del salón.
Siguiendo el orden alfabético de los departamentos de Francia, los representantes de la nación iban subiendo uno a uno las escalinatas de madera hasta alcanzar la tribuna central, un pedestal elevado bajo la atenta y sádica mirada de Magón.
Cada diputado debía pronunciar su veredicto en voz alta ante la asamblea, asumiendo la responsabilidad directa de sus palabras frente a la historia y frente a la enfervorizada masa que abarrotaba las tribunas públicas.
El desfile de los legisladores reflejaba la fractura absoluta del parlamento.
Los primeros en subir fueron los miembros de la facción girondina; hombres de leyes de modales burgueses que ascendían con el rostro pálido y los dedos temblando sobre sus legajos.
Muchos de ellos, acobardados por la presión de las picas que asomaban en las barandillas, intentaban justificar su voto proponiendo penas de destierro o un aplazamiento del castigo, buscando una salida intermedia que no manchara sus manos de sangre real.
Sin embargo, sus discursos moderados eran sepultados de inmediato por los ensordecedores abucheos y los silbidos salvajes de la turba popular, que exigía soluciones radicales.
El ambiente se tornaba eléctrico y violento cada vez que un miembro del ala jacobina más radical, tomaba el estrado.
Hombres como Maximilien Robespierre o el fanático Louis de Saint-Just subían los peldaños con paso firme, haciendo ondear sus casacas oscuras y sus bandas tricolores sobre el pecho.
Al llegar a la barandilla de la tribuna, no miraban a los secretarios, sino que clavaban sus ojos directamente en el banco donde Alfonso permanecía maniatado.
Con ademanes teatrales y puños alzados hacia las bóvedas góticas, tronaban sus veredictos con una frialdad espeluznante: «Voto por la muerte del tirano sin condiciones», «La República solo nacerá cuando la cabeza del rey caiga».
Sus palabras desataban vítores frenéticos, aplausos atronadores y cánticos de victoria entre los sans-culottes, quienes agitaban sables y gorros frigios en el aire, transformando el salón de leyes en un auténtico circo romano sediento de sangre.