CAPÍTULO XIV #2
A la mañana siguiente, María se sentó en el borde del sofá con el auricular. Controló su respiración y forzó una voz apagada, fingiendo un hilo de debilidad. Al otro lado de la línea, la secretaria del departamento de física respondió tras el tercer tono.
—Laboratorio de investigación cuántica, buenos días —dijo la secretaria.
—Buenos días. Soy María, la nueva becaria —habló ella, simulando una tos leve—. Llamaba para avisar de que no podré asistir hoy. Me he despertado bastante indispuesta y me resulta imposible levantarme de la cama. Iré mañana a primera hora sin falta.
—Vaya, lo lamento, María. Tomo nota de su ausencia —respondió la mujer con amabilidad—. Se lo comunicaré de inmediato a la doctora Alejandra y al doctor Baker. Descanse.
—Muchas gracias. Hasta mañana.
María colgó el auricular con un suspiro de alivio. La coartada había funcionado. Tenía el día libre completo, y tenía que ir a comprar los utensilios para poder revelar el contenido de las fotos.
Se abrigó de prisa y salió a la calle con el sobre de las libras en el bolsillo. Se dirigió a varias tiendas y compró los utensilios necesarios para poder revelar el carrete.
Adquirió el tanque de revelado cilíndrico, tubos de ensayo graduados y los reactivos indispensables: revelador líquido, baño de paro y fijador concentrado.
Regresó al apartamento a paso rápido, se encerró en el baño y bloqueó la rendija inferior de la puerta con toallas para lograr una oscuridad absoluta.
Guiada únicamente por el tacto, extrajo el minúsculo rollo de la cámara y lo introdujo en los químicos.
Estaba a punto de ver con sus propios ojos los datos secretos que permitían viajar en el tiempo utilizando la física cuántica.
Eran las siete de la tarde cuando María entró de nuevo en la habitación donde había revelado a oscuras las fotos de los documentos que encontró en el piso de su madre, los cuales contenían las respuestas definitivas a la incógnita de cómo viajar en el tiempo mediante el uso de la física cuántica.
Con manos meticulosas, recogió todas las copias de la cuerda improvisada en el baño y las organizó minuciosamente sobre la mesa según el orden original de las páginas.
Había un total de quince fotos donde se explicaba detalladamente el mecanismo por el cual, bajo determinadas trayectorias en el espacio-tiempo, las partículas regresaban exactamente al mismo punto del pasado o del futuro.
Entre otras conclusiones asombrosas, el resultado determinaba que pequeños bucles temporales cuánticos podían surgir de manera natural y a nivel subatómico, abriendo la posibilidad real de viajar de forma controlada en el tiempo.
Al postular que el universo solo permite trayectorias y fluctuaciones que sean globalmente consistentes, el estudio sentenciaba que el viaje temporal debía ejecutarse bajo un control riguroso para garantizar que ningún hecho histórico pasado pudiera ser modificado de forma arbitraria, salvo por unos parámetros específicos y milimétricos que indicaba el propio informe.
El dossier determinaba de manera explícita que pretender viajar al pasado o al futuro y modificar una línea principal supondría de inmediato un colapso de la función de onda o una ruptura de la superposición cuántica, generando un enlace causal forzado.
Dicho enlace provocaría, de forma ineludible, un cambio drástico en el futuro si la alteración se realizaba sobre el pasado; y en sentido inverso, causaría un cambio en el pasado si el futuro fuese modificado según una variación de dichos parámetros de control.
Uno de los factores más revolucionarios del informe estipulaba que la clave que posibilitaba el salto cuántico era el propio entrelazamiento.
La investigación de Alejandra determinaba que en el proceso no se transportaría jamás la materia física de los cuerpos; lo que viajaba a través de la brecha era el alma, una impronta de conciencia pura capaz de conectar de forma inmediata un cuerpo del pasado o del futuro con un cuerpo del presente.
Los modelos matemáticos sugerían, además, que era completamente factible enviar información y mensajes cifrados a través del tiempo, cuyos receptores originales podrían descifrarlos recurriendo a mecanismos previamente aprendidos y mediante un análisis de datos ultrarrápido procesado a través de la pura intuición.
Con el pulso acelerado, María leyó la anotación en letra cursiva al pie de la página, donde se detallaba el mayor logro secreto de la científica.
Alejandra había desarrollado una tecnología que permitía que las partículas de la luz interactuaran con la sangre y los tejidos de la muñeca, generando ondas electromagnéticas que, junto con el colgante, permitían realizar un viaje cuántico.
A María se le escapó un suspiro de asombro mientras se llevaba la mano libre al cuello, rozando el relieve del collar que siempre llevaba puesto.
Por tanto, María podía viajar en el tiempo solo con la marca de la muñeca interactuando con el collar.
La joya analógica no era un simple adorno familiar, sino un condensador cuántico pasivo.
Para ello, solo tenía que generar un campo magnético como resultado de la actividad eléctrica de sus células, que se activaría con procesos de pensamiento y con el sueño.
Esa era la razón exacta de sus brutales pesadillas y de su fatiga extrema; su propia mente, al proyectar la angustia por Alfonso, estaba cargando eléctricamente las células de su cuerpo, sintonizando la frecuencia necesaria para abrir la brecha temporal.
Sin embargo, el informe no descartaba el método original.
La otra opción en la cual podría viajar es con la interacción de las ondas y partículas entre la simbología de las muñecas con los guardianes.
María recogió las quince fotografías con una seguridad que le infundía valor.
El mapa del multiverso y el motor del tiempo residían en los latidos de su propio corazón, en la marca de su piel y en el colgante que descansaba sobre su pecho.
Ahora que tenía estos datos, tenía que ver la forma de poder hablar con su madre y alertarla sobre el doctor; eso podría salvarle la vida en un futuro.
El descubrimiento de la alianza entre Baker y Leonardo para vender el proyecto a los soviéticos lo cambiaba todo.
El trágico accidente de tráfico que, en su línea temporal original, le había arrebatado a su madre un año después de su nacimiento cobraba ahora un tinte mucho más oscuro y sospechoso.
No había sido el azar; era probable que la red de espionaje de la Guerra Fría la hubiera eliminado al verse descubierta.
Tenía que trazar una estrategia perfecta para advertir a Alejandra de que el director del laboratorio estaba registrando sus archivos desesperadamente y de que su vida podría depender de un hilo.
Por otro lado, necesitaba viajar en el tiempo para poder encontrar a Alfonso.
La urgencia le quemaba en el pecho. Después de leer estos documentos, tenía la certeza de que Alfonso estaba en peligro de muerte inminente.
El terrible y vívido sueño de la mañana anterior, donde contemplaba el metal reluciente de la guillotina suspendido sobre el cuello de su amado, no era una simple alucinación: era un mensaje cifrado, una advertencia real transmitida a través de las partículas y las ondas que Alejandra describía en la página quince.
Alfonso estaba atrapado en el París revolucionario.