CAPÍTULO XIV
María leía detenidamente varios documentos que le había facilitado Alejandra.
Absorta en las complejas ecuaciones cuánticas y en los gráficos analógicos que detallaban las órbitas de los fotones entrelazados, la joven se aisló por completo del entorno del laboratorio.
Se sumergió tanto en las carpetas que apenas se dio cuenta de que ya eran las dos de la tarde cuando su madre le dijo que podía irse.
—María, descansa un poco —le indicó Alejandra con una sonrisa amable, apoyándose en la esquina de la mesa de roble—.
Llevas horas pegada a esos papeles y las dos de la tarde ya han pasado.
Por hoy es suficiente con la revisión teórica; puedes marcharte a almorzar y a atender tus asuntos.
Nos veremos mañana a primera hora para empezar con las pruebas experimentales en las terminales informáticas.
—Muchas gracias, doctora Alejandra. Apago los sistemas y recojo de inmediato —respondió María, forzando una sonrisa profesional mientras guardaba sus apuntes dentro de la mochila de deporte.
María hizo que salió del ala de investigación, despidiéndose con cortesía y cruzando los pesados portones del edificio a la vista de todos.
Sin embargo, una vez en el exterior, se resguardó rápidamente bajo el soportal del patio central.
Esperó a que su madre saliera para seguirla nuevamente, aguzando la vista entre la bruma de las dos de la tarde.
Tenía muy claro su plan: tenía que hacer fotos a los documentos que encontró.
Siguió los pasos de Alejandra a una distancia prudencial, asegurándose de que su madre tomaba el autobús.
Resguardada bajo el gélido soportal del patio central del campus, María esperó a que la silueta de la científica subiera los peldaños del gran vehículo rojo.
En cuanto el motor del autobús rugió y este se alejó entre el tráfico de Broad Street, María salió de su escondite, apretó las correas de su bolso donde llevaba la cámara y se puso en marcha.
Aquel artefacto era la reina indiscutible del espionaje, la cámara Minox.
Era un dispositivo mecánico tan pequeño que cabía en la palma de la mano o dentro de una cajetilla de tabaco.
Al rescatarla del armario de Wellington Square esa misma madrugada, María se había fascinado por las características técnicas de la pieza.
La había cargado meticulosamente antes de salir del piso con uno de los carretes de plomo que venían en la caja, garantizando el secreto absoluto del revelado.
Esperó enfrente de la casa de su madre más de cuatro horas, resguardada en el soportal de la antigua librería y sintiendo cómo el gélido frío de Oxford le calaba los huesos.
El reloj avanzaba implacable y el nerviosismo la devoraba por dentro.
Ya pensaba que no iba a poder entrar porque casi se había hecho de noche, y las sombras de la plaza comenzaban a sepultar la fachada georgiana bajo una densa penumbra invernal.
Justo en ese momento, vio cómo la puerta se abría y su madre salía caminando en dirección a la parada de autobús, abrigada con su gabardina.
María contuvo el aliento, midiendo las distancias.
Una vez que vio que se subió al autobús y que este reanudó la marcha perdiéndose entre el tráfico nocturno de los noventa, María se dirigió a la casa de su madre cruzando la calzada desierta a paso rápido.
Subió los pequeños escalones del porche y, sin perder un solo segundo, sacó de la mochila las herramientas.
Sus dedos, firmes deslizaron el tensor y la fina ganzúa de acero templado en el cilindro.
Aplicó la presión exacta que le había enseñado el instructor y logró abrir la puerta con total facilidad.
Un leve y seco chasquido metálico liberó el pestillo en menos de diez segundos, y la madera cedió hacia el pasillo a oscuras.
María se coló en el recibidor y cerró suavemente a sus espaldas; estaba dentro, la casa estaba desierta y la cámara de su bolso estaba lista para capturar el contenido de esos documentos.
Una vez entró, buscó intensamente por todas las habitaciones de la planta baja.
Conectó la Minox en su puño para que ayudada por la mínima claridad que entraba de las farolas de la calle, registró los cajones del escritorio, los archivos del salón y los armarios del dormitorio en un tenso y ordenado silencio.
Sin embargo, el dossier no estaba en ninguna parte.
La frustración y el sudor frío comenzaron a apoderarse de ella hasta que vio cómo un cuadro estaba girado levemente, rompiendo la simetría perfecta de las molduras de la pared del pasillo.
Era un óleo clásico con una marina gótica de Oxford.
María se detuvo en seco, agudizando la vista en la penumbra.
Fue hacia él, lo movió y encontró en la parte trasera del cuadro el sobre con la información, oculto en un doble fondo artesanal del lienzo.
Con los dedos temblorosos por la adrenalina, María extrajo el grueso envoltorio marrón, echo fotos a cada una de las páginas, las dejo donde estaba y salió apresurada de la casa.
Cuando llevaba varias manzanas lejos de la casa de su madre, descubrió a lo lejos a Leonardo hablando junto con el doctor Baker.
Ambos hombres estaban parados bajo la mortecina luz amarilla de una farola, resguardados de la llovizna por el ala de sus sombreros y gesticulando con una seriedad cortante que delataba la gravedad de su conversación.
A María le sorprendió tanto que decidió seguirlos desde lejos, ocultando la Minox en el bolso y camuflándose entre las densas sombras de los soportales.
Su protector y el principal sospechoso del laboratorio compartían confidencias en mitad de la noche.
Al cruzar una esquina, se pararon. Leonardo y el doctor Baker detuvieron su marcha abruptamente en la entrada de un callejón ciego flanqueado por los imponentes muros de sillería de una antigua biblioteca.
Las farolas apenas proyectaban luz allí, dejando la zona sumida en una penumbra densa y neblinosa.
María, con el pulso desbocado y la respiración contenida, se deslizó como una exhalación por la acera húmeda.
María se acercó a menos de dos metros, separados por una pared que no permitía descubrirla.
Se pegó materialmente contra el frío ladrillo de la esquina, sintiendo la rugosidad de la piedra contra la espalda de su abrigo y apretando la mochila de deporte contra el pecho para evitar que cualquier hebilla metálica tintineara.
Estaba tan cerca que podía percibir el denso olor al tabaco de pipa del doctor Baker y el siseo del paraguas de Leonardo al escurrir el agua de la llovizna.
La luz de la avenida principal dibujaba las siluetas alargadas de ambos hombres sobre el suelo adoquinado, justo a escasos centímetros de las botas de María.
Arriesgándolo todo y aguzando el oído al máximo en mitad del absoluto silencio de la noche, María contuvo el aliento; las voces de su supuesto protector y del director del laboratorio comenzaron a filtrarse desde el otro lado del muro con una nitidez escalofriante.
El silencio del callejón se rasgó cuando la voz de Leonardo, despojada de toda la cordialidad aristocrática que le había mostrado a María, resonó con una frialdad y una codicia escalofriantes.
—No me interesan tus excusas de laboratorio, Baker —siseó Leonardo, y María pudo escuchar el seco golpe de su puño enguantado contra la pared del callejón—.
Registra el despacho de Alejandra de arriba abajo si es necesario, o revienta sus archivos personales.
Necesito ese dossier con las conclusiones definitivas ya.
Están esperando los rusos para pagar millones de dólares por esa tecnología, y el contacto en la embajada no va a mantener la oferta abierta eternamente.
Al otro lado del muro, a menos de dos metros de distancia, a María se le heló la sangre y las piernas le flaquearon.
La verdad la golpeó con la fuerza de un mazazo: el espía ruso no era un técnico anónimo ni un científico secundario; era Leonardo.
Apretó la Minox en su bolso con rabia; ahora la vida de Alejandra, el secreto biológico de la piel y el paradero de Alfonso dependían únicamente de su capacidad para burlar a los dos hombres que conspiraban a escasos centímetros de su escondite.
María apretó los dientes en mitad de la oscuridad, controlando la respiración con un esfuerzo sobre humano mientras las siluetas de Leonardo y Baker se alejaban finalmente en direcciones opuestas, perdiéndose entre la niebla del callejón.
Tenía que proteger a su madre porque sabía que no pararían hasta encontrar la solución que les permitiera viajar en el tiempo.
La codicia de los millones de dólares de la Unión Soviética y la ambición de dominar el mapa de la historia convertían a Alejandra en un objetivo directo de muerte.
María se fue rápidamente a su apartamento en esa noche fría.
Se subió las solapas del abrigo de lana y enfiló las avenidas de Oxford con el paso apresurado de quien se sabe perseguido por demonios invisibles.
El viento del norte soplaba con una hostilidad cortante, haciendo que la llovizna se congelara sobre las aceras de piedra y calara sus guantes, pero el frío exterior no era nada comparado con el hielo que sentía en el estómago tras escuchar la traición de Leonardo.
Cruzó las calles vacías a contrarreloj, esquivando las mortecinas luces amarillas de las farolas y manteniéndose apegada a las sombras de los edificios universitarios.
No se detuvo hasta franquear el portalón del edificio y subir los escalones de tramo en tramo.
Al entrar en el piso de Wellington Square, pasó los recios cerrojos de hierro con un chasquido metálico y se apoyó contra la madera, jadeando en la penumbra.
Estaba a salvo por unas horas, pero el tablero de ajedrez de 1991 se había vuelto mortal: la vida de su madre dependía ahora de ella.