CAPÍTULO XIII
Alfonso cruzaba nuevamente las calles de París para asistir al segundo día de juicio por traición.
El trayecto desde la Torre del Temple hasta la sala de la Convención Nacional se repitió con la misma brutalidad que la jornada anterior, pero esta vez el ambiente en los bulevares de la antigua Galia era aún más eléctrico y hostil.
La llovizna invernal se había transformado en un aguanieve cortante que blanqueaba los tejados de pizarra, obligando a los piquetes de sans-culottes a apiñarse alrededor de hogueras improvisadas en las esquinas.
Amarrado con la misma saña por cuerdas de esparto que volvían a cortarle la circulación de las muñecas, Alfonso avanzaba a rastras en mitad del cordón de bayonetas francesas.
A través de sus párpados entornados para protegerse de la cruda luz diurna, contempló el rostro de la multitud que lo abucheaba con el cántico ensordecedor de «¡Muerte al tirano!
». Toda su energía estaba concentrada en asimilar el impacto del día anterior: Magón, su peor enemigo, manejaba los hilos del tribunal revolucionario y pretendía usar la guillotina para borrarlo de la historia.
Quedaban únicamente dos sesiones antes del veredicto definitivo.
Con el pulso desbocado y la angustia sorda de no saber en qué rincón de ese París sangriento se encontraba María, Alfonso enderezó la espalda y entró por los imponentes portones del tribunal, dispuesto a encarar el segundo asalto de un juicio cuya sentencia ya estaba escrita con sangre.
El traslado se inició bajo las órdenes del mismo carcelero desaliñado, quien tiró del cordón de esparto con una saña, provocando que Alfonso tropezara al salir de la Torre del Temple.
El trayecto hasta que llegó a donde estaba el tribunal se convirtió en una marcha fúnebre a través de las entrañas de una ciudad sumida en el Terror.
El aguanieve golpeaba los tejados de pizarra de los edificios y tiñía de un gris plomizo las aguas del Sena, cuyo olor a lodo y a detritos se mezclaba con el humo de las hogueras revolucionarias.
Escoltado por un batallón de la Guardia Nacional con mosquetes al hombro y tambores que marcaban un ritmo monótono y asfixiante, Alfonso fue conducido a rastras por el empedrado irregular de las avenidas.
Las ruedas de los carros de combate crujían sobre el hielo derretido y el barro.
A ambos lados del cordón militar, una muchedumbre compacta de hombres con chaquetas cortas y mujeres que lucían escarapelas tricolor en sus ropajes se agolpaban para escupir a su paso.
Las picas artesanales se alzaban hacia el cielo ceniciento como un bosque de hierro forjado.
Alfonso, en el cuerpo de Luis XVI, apenas podía mantener los ojos abiertos por el dolor de la claridad invernal, pero obligaba a sus piernas a avanzar con paso firme, ignorando el lodo que salpicaba sus ropas de seda gris desgastada.
Cada manzana recorrida era un recordatorio de que se encontraba en el corazón de la antigua Galia, rodeado de bárbaros del norte que jugaban a reescribir la historia con la sangre de su monarca.
Finalmente, el contingente militar se detuvo ante la imponente fachada del Palacio de las Tullerías, donde se congregaba la Convención Nacional.
Alfonso fue empujado con brutalidad a través del patio exterior, franqueando el último anillo de seguridad tomado por los sans-culottes.
Al cruzar el umbral del edificio, las puertas de madera maciza se cerraron tras él con un estruendo pesado, devolviéndolo a la atmósfera cargada de pólvora, tabaco y odio del salón donde Magón aguardaba desde la presidencia para iniciar el segundo asalto de su ejecución legal.
Magón hizo restallar el mazo tres veces contra la mesa de bronce, rompiendo el murmullo de los setecientos cincuenta diputados.
Clavó su gélida mirada de avellana en el acusado y cedió la palabra al ala más radical de los acusadores jacobinos.
Louis de Saint-Just dio un paso al frente, agitando un legajo de cartas amarillentas con una indignación calculada.
—Luis Capeto —tronó la voz de Saint-Just, resonando en las altas bóvedas del palacio—.
El pueblo exige respuestas claras en esta segunda sesión.
Se han hallado copias de vuestros decretos secretos en los archivos de la frontera.
¿Negaréis también haber ordenado a vuestros ministros facilitar el mapa de las fortalezas del norte a las tropas invasoras de Austria y Prusia? ¡Contestad!
Los tres defensores se abalanzaron de inmediato sobre el banco de madera de Alfonso.
Malesherbes, con las manos temblorosas por la pura impotencia, le aferró del antebrazo mientras Raymond Desèze le tapaba la boca a medias con su propio cuerpo para evitar que los guardias le oyeran hablar sin filtro.
—Majestad, recordad el escudo constitucional —le instó Desèze en un susurro cargado de una desesperación febril—. Es una trampa. Esas copias carecen de vuestro sello real. Remitíos al artículo de la inviolabilidad. ¡No les deis el titular que buscan para las gacetas!
Alfonso sintió que una ola de rabia y asfixia le subía por el pecho.
Se zafó del agarre de sus letrados con un movimiento brusco, poniéndose en pie a duras penas con las muñecas atadas y la circulación casi cortada por el esparto.
Miró las gradas repletas de gorros frigios que ya empezaban a rugir pidiendo su sangre, y luego clavó los ojos directamente en Magón, que sonreía con una maldad triunfal en la presidencia.
La impotencia lo devoraba por dentro: él era un estratega militar y un hombre acostumbrado a dirimir los conflictos con el acero en el campo de batalla, y verse allí atrapado, obligado a defender una cabeza prestada usando las leyes de una nación que ni siquiera comprendía, le provocaba un auténtico mareo.
—Yo no he redactado esas órdenes —respondió Alfonso con la voz ronca por el cansancio, conteniendo la desesperación que amenazaba con quebrarle el tono—.
Un rey no rinde sus propias fortalezas a los bárbaros del norte.
Mi deber siempre fue proteger las fronteras de la Galia, no venderlas.
Remitíos a la Constitución que vuestra propia Asamblea ratificó; mi persona es inviolable ante este tribunal.
Un ensordecedor abucheo estalló en las gradas de "La Montaña", rompiendo la disciplina de la sala. Varias picas se agitaron en el aire mientras la turba popular escupía hacia el estrado.
—¡Mentira! ¡Se escuda en palabras vacías! —bramó un diputado jacobino saltando de su asiento—. ¡La Constitución de mil setecientos noventa y uno cayó con las Tullerías! ¡Cortadle la cabeza al tirano! ¡Que ruede su orgullo en la guillotina!
François Tronchet se interpuso entre Alfonso y los milicianos, alzando sus pesados manuales jurídicos con los ojos desencajados por la urgencia legal:
—¡Ciudadanos representantes, protesto! —clamó Tronchet con los labios trémulos—. El careo está vulnerando los derechos más fundamentales de la defensa. No podéis utilizar testimonios no confrontados para dictar sentencia...
—¡Silencio a la defensa! —decretó Magón desde las alturas de la mesa presidencial, haciendo sonar su campana de bronce con un deleite sádico.
El cartaginés gesticuló despacio, disfrutando de cada segundo del colapso psicológico de su archienemigo—.
La Convención Nacional ha escuchado suficiente por hoy.
El ciudadano Capeto sigue negando la soberanía del pueblo que lo juzga.
Queda clausurada esta segunda sesión. ¡Guardias, lleven al cautivo de vuelta a la Torre del Temple!
Mañana se celebrará la tercera e ineludible sesión final, donde este tribunal procederá a la votación definitiva del veredicto.
Retírenlo antes de que la paciencia de la República se agote.
Esa noche Alfonso quedó rendido en la celda, desplomándose sobre el jergón de paja podrida sin fuerzas ni siquiera para desatarse el calzado.
El desgaste psicológico del careo con Magón y la asfixia de defender una identidad que no le pertenecía lo habían dejado al borde del colapso.
Sus sueños fueron una maraña confusa de sombras donde el agua del Pisuerga se teñía de rojo y el rostro de María se desvanecía entre la niebla invernal de París.
Y aun cuando todavía permanecía con los ojos cerrados, atrapado en ese letargo de puro agotamiento donde los párpados le pesaban como el plomo, llegaron a por él para el tercer día de juicio.
El estruendo violento de los cerrojos de hierro y el golpe de la pesada puerta de roble contra la sillería lo trajeron de vuelta a la realidad como una bofetada helada.
Alfonso ni siquiera tuvo tiempo de incorporarse por su propio pie; el carcelero desaliñado y dos milicianos de la Guardia Nacional irrumpieron en la penumbra de la torre, agarrándolo rudamente por los hombros y levantándolo en vilo.
—¡Arriba, Capeto! —ladró el carcelero, soltando una risa áspera mientras le propinaba un fuerte tirón hacia el pasillo—. Se acabó el descanso. Hoy es el gran día. Los ciudadanos de la Convención están ansiosos por escuchar tu última palabra antes de votar.
Alfonso tragó saliva, sintiendo la garganta completamente seca y el cuerpo dolorido por la rigidez de su herida.
Las cuerdas de esparto volvieron a cerrarse alrededor de sus muñecas entumecidas con una fuerza brutal que casi le cortaba la circulación de la sangre de la muñeca.
La cuenta atrás había llegado a su fin. Sin María, sin armas y con Magón dirigiendo el patíbulo legal desde la presidencia, Alfonso estaba vencido.
Enderezó la espalda por puro orgullo y comenzó a descender a trompicones los escalones de caracol de la Torre del Temple.
Iba directo a la tercera y definitiva sesión, donde se decidiría el destino final de su cabeza.
Nada más despertarlo lo llevaron otra vez al juicio para juzgar durante la última sesión que faltaba antes del veredicto.
El traslado a través del París invernal fue el más tenso de todos; el clamor en las avenidas ya no era un simple abucheo, sino un rugido unánime que exigía el final inmediato del proceso.
Al entrar en el recinto de la Convención Nacional por tercera vez, Alfonso fue conducido a rastras hasta el banco de madera.
Las gradas estaban abarrotadas hasta los topes, con los diputados jacobinos de «La Montaña» de pie, agitando documentos y folletos revolucionarios.
Magón esperaba en la mesa presidencial con una solemnidad gélida, sosteniendo el mazo con dedos firmes. En cuanto los milicianos aseguraron a Alfonso en su sitio, el general cartaginés golpeó la madera con fuerza, imponiendo un silencio sepulcral en la gran sala.
—Queda abierta la tercera y última sesión del proceso contra el ciudadano Luis Capeto —decretó Magón, clavando sus ojos en Alfonso con una mueca de maldad—.
Hoy juzgaremos la última sesión que le faltaba a esta corte: las acusaciones de sabotaje financiero interno y las correspondencias de la lista civil destinadas a subvertir el orden constitucional.
Ciudadano Saint-Just, proceda con el careo final.
Los tres abogados defensores se pegaron de inmediato al hombro de Alfonso, con los rostros desencajados y cubiertos por un sudor frío. Malesherbes le retuvo con suavidad, mientras Raymond Desèze le susurraba al oído con una urgencia desesperada:
—Sire, este es el último asalto. Van a presentar los libros de contabilidad del palacio.
La estrategia sigue siendo la misma: vuestra firma no está en los registros de los pagos a los contrarrevolucionarios.
Negad el conocimiento directo de esos fondos y remitiros a la inviolabilidad del cargo.
¡Es la última oportunidad para salvar el cuello!
Alfonso asintió en silencio, apretando los puños dentro de los guantes de esparto.
Miró de reojo la muñeca de Magón, donde la marca cuántica seguía brillando de forma imperceptible bajo la tela.
La impotencia y la desesperación lo atenazaban por dentro; sabía que no importaba cuán perfectas fueran las réplicas legales de Tronchet o la retórica de Desèze.
Frente a él no tenía a un tribunal francés buscando la verdad de 1793, sino a su peor enemigo del pasado utilizando la maquinaria de la Revolución para cortarle la cabeza legalmente.
La suerte estaba echada, y a Alfonso solo le quedaba resistir el interrogatorio final con el orgullo de un soldado que no teme a la muerte, mientras su corazón seguía buscando desesperadamente a María en algún rincón del tiempo.
Después de dos horas, Magón se dirigió a los asistentes indicando que el juicio ya estaba preparado para que el 15 de enero de 1793 se hicieran las votaciones para el castigo.
El general cartaginés se puso en pie ajustándose la banda tricolor sobre el pecho, y miró fijamente a la multitud enardecida antes de volver a clavar sus ojos en el acusado.
El general cartaginés golpeó el mazo de bronce por última vez con una contundencia que reverberó en las paredes de sillería de la sala, interrumpiendo con desprecio el alegato final que Raymond Desèze intentaba pronunciar con la voz ya ronca por el esfuerzo.
—Silencio a la defensa —decretó Magón con voz atronadora, ahogando las últimas palabras del exhausto abogado—.
Las pruebas de la traición de Luis Capeto han quedado expuestas ante el tribunal del pueblo.
El debate ha concluido. Esta Convención se disuelve hasta la fecha señalada, momento en el que cada diputado emitirá su voto nominal e irrevocable para dictar la sentencia definitiva.
¡Guardias, retiren al ciudadano Capeto y llévenlo bajo estricta custodia de vuelta a la Torre del Temple!
Los tres defensores se hundieron en sus asientos con los rostros desencajados por una impotencia absoluta.
Raymond Desèze dejó caer las manos sobre la mesa, con el pecho agitado, mientras Malesherbes contemplaba la escena con los ojos empañados por el desaliento.
Alfonso, en mitad del tumulto de picas y sables que volvía a agitarse en el graderío popular, se incorporó despacio flanqueado por las bayonetas de los milicianos.
La fecha del 15 de enero de 1793 resonaba en su mente como los tambores de una marcha fúnebre; Magón le había concedido unas semanas de tregua en la penumbra de su celda, pero solo para saborear con sadismo la cuenta atrás antes de que la maquinaria de la Revolución Francesa hiciera rodar su cabeza en la guillotina.