La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XII #3
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CAPÍTULO XII #3

Esa mañana se fue muy confusa a la universidad.

La perturbadora nitidez del sueño sobre la guillotina de Alfonso y el enigma del dossier secreto de Alejandra flotaban en su mente como una niebla densa que no lograba disipar.

Sabía que se encontraba en una encrucijada temporal al límite; tenía que ir a casa de su madre para poder fotografiar y revisar lo que había visto la tarde anterior, pero antes debía cumplir con sus obligaciones oficiales para no levantar la menor sospecha.

Por tanto, se levantó muy temprano, apenas dando tiempo a que los dígitos rojos del reloj marcaran las seis de la mañana.

Desayunó mecánicamente una tostada mientras guardaba en el fondo de su mochila el juego de ganzúas que le había entregado el instructor y, tras abrigarse bien contra el gélido viento de Oxford, salió a la plaza de Wellington Square y cogió el autobús que le llevaría al laboratorio.

Mientras el pesado vehículo rojo avanzaba entre el tráfico de los noventa, María clavó la mirada en el cristal empañado, trazando mentalmente el momento exacto en el que usaría las herramientas analíticas para entrar en la planta baja y destapar de una vez por todas la verdad biológica del viaje en el tiempo.

María empujó el pesado portón de madera del ala de investigación y avanzó por el pasillo a paso rápido.

Sin embargo, antes de entrar por la puerta al laboratorio, oyó un ruido extraño.

Se trataba de un sordo traqueteo metálico, el sonido inconfundible de los cajones de un archivador siendo abiertos a la fuerza, seguido por el frustrado susurro de unos papeles al arrugarse en mitad del absoluto silencio de la mañana.

Intuyendo el peligro, María se detuvo en seco, conteniendo la respiración.

Se asomó sigilosamente por la rendija del cristal translúcido de la puerta principal y vio al doctor Baker solo en la estancia.

El director del proyecto estaba completamente demudado, con la frente empapada en sudor y las solapas de su chaqueta descolocadas mientras iba revolviendo los documentos de su madre con desesperación.

Baker abría las carpetas personales de Alejandra, arrojaba los apuntes sobre el escritorio de roble y rebuscaba entre los cajones cerrados con llave con una urgencia casi violenta.

María apretó con fuerza las correas de su mochila contra los hombros; el hombre que lideraba la vanguardia de la computación cuántica en Oxford no estaba trabajando en sus ecuaciones, sino que buscaba desesperadamente algo que tenía Alejandra.

María comprendió de inmediato que tenía que entrar, pero no podía permitirse el lujo de delatar su posición ni de iniciar un enfrentamiento directo.

Con movimientos pausados, se echó para atrás un par de metros a lo largo del pasillo, alejándose de la rendija del cristal para simular que acababa de llegar al ala de investigación.

Para que no viera el doctor que lo había pillado buscando cosas, pisó con fuerza sobre las losas de piedra haciendo resonar sus zapatos planos y habló en voz alta desde la puerta entornada, modulando su tono con una perfecta inocencia estudiada:

—¿Puedo entrar?

El efecto de su voz en el silencio de la mañana fue fulminante.

A través del cristal, María vio cómo el doctor Baker daba un respingo violento, paralizado por el susto.

Con una agilidad desesperada, el físico empujó el cajón del archivador de Alejandra con la cadera, manoteó los folios dispersos sobre el escritorio para apilarlos en un tosco montón y se giró hacia la entrada intentando forzar una sonrisa de normalidad mientras se recolocaba las solapas de la chaqueta.

El doctor Baker terminó de alisarse la chaqueta con dedos nerviosos y carraspeó antes de responder.

—Sí, claro. Pasa, pasa, María —el doctor contestó que sí, forzando un tono cordial que no lograba camuflar el temblor latente de su voz—. Solo estaba... ordenando unos documentos pendientes antes de que empiece la jornada.

María asintió con una estudiada ingenuidad, fingiendo no reparar en la respiración agitada del físico ni en el sutil desorden de las carpetas sobre la mesa de roble. Una vez dentro, María se dirigió al despacho desde el que trabajaba con la doctora Alejandra, su madre.

Cruzó la sala de aislamiento con paso firme, pero por dentro sintió que un nudo asfixiante le cerraba la garganta al sentarse frente a la pantalla del ordenador.

Contempló el escritorio contiguo, donde descansaban los bolígrafos y los cuadernos de notas de Alejandra.

En su línea temporal original, su madre había fallecido un año después de que ella naciera en aquel fatídico accidente de tráfico que truncó su infancia.

Había crecido rodeada únicamente de fotografías estáticas y recuerdos difusos contados por terceros.

Y ahora, por capricho de las corrientes cuánticas, compartía el mismo aire, la misma rutina y el mismo espacio de investigación con ella en mil novecientos noventa y uno.

Aproximadamente una hora después, su madre llegó.

El familiar sonido del picaporte y el aroma a lluvia fresca anunciaron su entrada en el despacho.

Alejandra cruzó el umbral luciendo su gabardina clásica salpicada por las gotas de la mañana y sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo.

Al verla entrar, a María se le encogió el estómago; la visión de la mujer que apenas había conocido en su infancia, moviéndose con tanta vitalidad en este mil novecientos noventa y uno, seguía provocándole un vuelco en el corazón.

—Buenos días, doctor Baker. Buenos días, María. Siento el retraso, el tráfico cerca de St Giles' estaba imposible —dijo Alejandra con una sonrisa cálida mientras colgaba su abrigo en el perchero y se colocaba la bata blanca reglamentaria.

—No se preocupe, doctora Alejandra —respondió María, modulando su voz—. El doctor Baker y yo nos hemos encargado de encender los sistemas y revisar los primeros registros del procesador.

María desvió la mirada de reojo hacia el Doctor Baker que se había tensado visiblemente en su asiento al ver entrar a la científica, pero asintió con una rapidez estudiada, camuflando la desesperación con la que hacía solo una hora revolvía sus documentos privados.

El ambiente en el despacho se volvió denso, cargado de secretos cruzados: el doctor espiaba a Alejandra, Alejandra le ocultaba las conclusiones definitivas del viaje en el tiempo y María jugaba el papel de su vida para proteger el futuro de ambas líneas temporales y encontrar a su amor, al que había perdido al hacer el viaje en el tiempo.