La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XII #2
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CAPÍTULO XII #2

Descalza y con el pecho agitado, María se acercó al hombre tirado en el suelo, preguntándole si estaba bien con una voz en la que ya no quedaba rastro de la fría espía de élite, sino de la joven asustada por su propia fuerza.

—¿Se encuentra bien? —exclamó, acercándose rápidamente en la lona al lado del coloso.

El instructor emitió un quejido sordo y cavernoso.

Sacudió la cabeza con lentitud, parpadeando con dificultad mientras sus ojos negros recuperaban el enfoque.

Se llevó un guante al mentón, dolorido por la tremenda patada ascendente, y escupió un hilo de sangre sobre la lona antes de mirar a María con una mezcla de absoluto asombro y un respeto renovado que no había mostrado al principio.

María se incorporó un poco, facilitándole la mano para levantarse.

Agarró con fuerza el antebrazo del luchador, afianzando los pies en la lona para contrarrestar el enorme peso del hombre mientras este se apoyaba en ella.

El instructor se puso en pie a trompicones, tambaleándose un segundo antes de apoyar la espalda contra las cuerdas del cuadrilátero, resoplando con fuerza.

—Maldita sea, María... —gruñó el hombre moreno, limpiándose los labios con el dorso del guante de cuero y esbozando una sonrisa torcida—.

Leonardo no mentía. Tus reflejos no es que estén a la altura...

es que me habrías matado si no te hubieras contenido.

Definitivamente, estás lista para lo que viene.

María dio un paso atrás, contemplando sus propios puños cubiertos de cuero con una mezcla de fascinación y espanto.

Estaba completamente alucinada. ¿De dónde había sacado esa técnica tan letal y precisa?

En Cartago, o cuando ocupó el cuerpo de Isabel la Católica en el siglo quince, su mente se había tenido que amoldar a las limitaciones y al nombre de la persona histórica que usurpaba.

Pero aquí las reglas del juego eran distintas.

¿Habría elegido el portal cuántico un cuerpo de espía en mil novecientos noventa y uno para ella de forma automática?

La gran paradoja que le hacía estallar la cabeza era su propia identidad: a diferencia de sus anteriores viajes, en este Oxford noventero todos la llamaban María.

Leonardo, el instructor, los papeles del laboratorio...

todos conocían su nombre real. No era una simple sustitución de conciencia; era como si el tejido del tiempo hubiera editado la realidad para encajar su propia existencia física en una red de espionaje preexistente, dotando a sus músculos de una memoria biológica y marcial que su mente del siglo veintiuno jamás había aprendido.

El instructor saltó limpiamente por encima de las cuerdas del cuadrilátero, aterrizando con un golpe sordo sobre el cemento del almacén. Se despojó de los pesados guantes de boxeo y se giró hacia ella con una seriedad puramente profesional en el rostro.

—Baja ya de la lona —le indicó el instructor a María, señalando la escalera del ring—. Han traído un nuevo sistema de apertura de puertas para entrar cuando las puertas están cerradas. Es lo último en tecnología que nos han enviado los analistas del departamento. Sígueme.

María se quitó los guantes de cuero, dejándolos sobre la mesa auxiliar, y saltó del cuadrilátero con el corazón latiéndole a mil por la curiosidad.

La mención de ese dispositivo analógico noventero encajaba como un guante con su plan clandestino.

El hombre moreno le hizo una seña con la mano, le dijo que le siguiera y la llevó a una oficina a la cual se accedía por un pasillo estrecho y mal iluminado en el ala trasera del almacén.

El corredor olía a humedad y a aceite de motor, flanqueado por paredes de ladrillo visto donde colgaban algunos carteles de boxeo antiguos.

Al fondo, el instructor empujó una puerta de madera contrachapada que dio paso a un pequeño despacho repleto de archivadores metálicos, un flexo encendido y planos técnicos desplegados sobre un gran escritorio de oficina.

En el centro de la mesa, reposaba un maletín de cuero rígido abierto.

El instructor cogió los utensilios del maletín, seleccionando con dedos precisos una serie de herramientas metálicas que tintinearon levemente al tacto.

Eran unas ganzúas profesionales de acero templado junto a un tosco tensor de torsión y un pequeño periscopio óptico de mano, la tecnología puntera que usaban los servicios de inteligencia en los noventa para burlar las cerraduras de cilindro tradicionales.

Con las herramientas aseguradas en el puño, salieron de la oficina y regresaron al pasillo en penumbra.

El instructor cerró la puerta con llave, haciendo girar el mecanismo dos veces hasta escuchar el seco chasquido del cerrojo, y se la guardó ostentosamente en el bolsillo de sus pantalones cortos de deporte.

—Presta atención, María —le susurró el hombre moreno, apostándose frente al pomo de madera—. Si te encuentras una puerta blindada así es como debes operar.

El instructor se inclinó sobre la cerradura y volvió a abrirla, en este caso con los utensilios del maletín.

Introdujo primero el tensor para aplicar una presión constante en el cilindro y, con una destreza casi quirúrgica, deslizó la ganzúa fina por la ranura.

María dio un paso al frente y comprobó cómo la técnica y esos utensilios abrían la puerta con una facilidad pasmosa; el hombre iba alineando los pernos internos uno a uno con leves movimientos de muñeca hasta que, en menos de treinta segundos, un crujido metálico liberó el pestillo.

La hoja de madera cedió con suavidad, abriéndose de par en par.

María asimiló la lección con los ojos muy abiertos y una fría determinación en el pecho: esa técnica de apertura analógica era exactamente lo que necesitaba para regresar a la planta baja de su madre y fotografiar el dossier sin dejar el menor rastro de su intrusión.

El instructor retiró las herramientas del cilindro de la cerradura con un movimiento limpio y las guardó en una pequeña funda de lona negra reforzada, del tamaño de un estuche de gafas, que cerró con un seco tirón de velcro. Se giró hacia ella, sosteniendo el paquete en la palma de su mano callosa.

—Toma —le dijo el instructor, extendiendo el brazo para entregarle los utensilios a María—. Llévatelos contigo para que los utilices si los necesitas.

María tomó la funda de lona, sintiendo el peso frío y metálico de las ganzúas a través del tejido.

—Gracias —añadió María, sopesando la funda de lona con las ganzúas. Miró de reojo la hora en el tosco display verde de su móvil y comprendió que no podía perder más tiempo—. Me tengo que ir ya. Tengo algunos asuntos pendientes que resolver antes de que se haga más tarde.

—Entendido —asintió el instructor con una sobria inclinación de cabeza—.

María se dirigió al vestuario donde tenía la mochila, dejando atrás la cruda iluminación del cuadrilátero.

Una vez a resguardo en la pequeña estancia, se despojó rápidamente de las mallas y la camiseta de deporte húmedas por el esfuerzo del combate.

Se cambió volviéndose a poner los pantalones vaqueros, la camisa abrigada y el jersey.

Con las manos aún un poco temblorosas por el subidón de adrenalina, metió los aparatos de la lona en la mochila, asegurando el estuche de las ganzúas metálicas en el fondo, justo debajo de su ropa usada.

Se colgó las correas al hombro, salió al pasillo en penumbra y abandonó el viejo almacén de ladrillo visto.

El pesado portón de metal se cerró tras ella con un eco seco, y María se fue de camino a su casa, apresurando el paso bajo la llovizna nocturna de Oxford en dirección a su piso.

A la mañana siguiente no durmió bien. Apenas logró conciliar un sueño intermitente y agitado, devorada por la ansiedad de los secretos descubiertos en la planta baja de Alejandra.

Tuvo un sueño terrible donde veía a Alfonso a punto de cortarle la cabeza.

En la pesadilla, el sonido de los tambores retumbaba en sus oídos mientras una enorme y afilada hoja de metal reluciente se alzaba bajo un cielo gris.

Distinguió la silueta desaliñada de Alfonso, maniatado y exhausto en mitad de un estrado de madera, rodeado por una turba enardecida armada con picas que aullaba sedienta de sangre. Se levantó muy sobresaltada.

Se incorporó de golpe en la cama con el corazón desbocado golpeándole con violencia el pecho y la frente empapada en un sudor frío.

No había sido una simple fantasía nocturna; la nitidez de la hoja de la guillotina y la desesperación en los ojos de Alfonso se sentían grabadas a fuego en su mente, como si una corriente invisible le hubiera transmitido el peligro de muerte real que acechaba a su amado en el París de mil setecientos noventa y tres.