CAPÍTULO XII
Llamó firmemente al portón de metal, cuyo eco resonó con fuerza en el callejón lluvioso. A los pocos segundos, la pesada chapa se deslizó hacia atrás y apareció un hombre moreno con fuertes brazos y pantalones cortos de deporte.
El tipo era imponente, de una estatura media, pero con una constitución física extremadamente compacta y rocosa, esculpida a base de años de disciplina de combate.
Tenía la piel bronceada, el cabello oscuro cortado al rape y unos ojos negros y afilados que destilaban una frialdad militar.
Sus brazos eran gruesos, surcados por venas prominentes que morían en unos nudillos endurecidos y callosos.
Vestía una camiseta de tirantes gris que dejaba al descubierto un torso ancho y unos hombros macizos cubiertos de cicatrices de antiguos entrenamientos, combinada con unos pantalones cortos de boxeo de satén negro con ribetes dorados.
Descalzo sobre el suelo de cemento, el hombre la examinó de arriba abajo con una parsimonia calculadora, deteniendo la mirada un segundo en la mochila de deporte que ella apretaba contra su pecho.
—Llegas tarde, María —dijo el hombre moreno, con una voz grave y rasgada que no admitía réplicas.
—He salido algo mas tarde del laboratorio —respondió María, manteniendo la firmeza.
El luchador esbozó una sutil y dura mueca de aprobación antes de apartarse del umbral y abrir paso.
—Entra de una vez y cierra el portón. Cámbiate de prisa en los vestuarios de la izquierda —le ordenó el hombre, señalando con un movimiento de cabeza la penumbra del almacén—.
En cuanto estés lista, ve a la zona central del cuadrilátero que hay más adentro.
Leonardo me ha dicho que eres buena, pero hoy voy a comprobar yo mismo si tus reflejos están a la altura. No me hagas perder el tiempo.
Al escuchar sus palabras, María se quedó completamente perpleja en mitad del vestíbulo.
Un frío repentino le atenazó el estómago mientras asimilaba la situación.
Leonardo y este misterioso instructor daban por hecho que ella era una combatiente de élite, una agente experimentada con años de adiestramiento a sus espaldas en esta línea temporal.
Pero la cruda realidad de su presente en el siglo XXI era radicalmente distinta: ella solo había estado aprendiendo artes marciales durante un par de años en un gimnasio convencional, como un simple pasatiempo para mantenerse en forma.
Por el contrario, por cómo actuaba este hombre —su mirada asesina, sus nudillos callosos y esa postura felina dispuesta al combate—, María supo de inmediato que no pensaba que iba a estar a la altura de sus expectativas.
Sintió un ramalazo de puro pánico; si subía a esa lona y fingía ser la experta que ellos creían, este trozo de roca andante la iba a destrozar en el primer asalto.
Tragó saliva con dificultad, apretando la mochila contra su cuerpo.
Estaba atrapada: si confesaba que no sabía luchar a ese nivel, destrozaría su tapadera y Leonardo descubriría que era una impostora; pero si se subía al cuadrilátero, corría el riesgo de terminar la tarde en la sección de urgencias de un hospital de Oxford.
Con las piernas temblorosas, caminó hacia los vestuarios de la izquierda, dispuesta a ponerse las mallas y la camiseta de deporte mientras su mente analítica intentaba trazar a contrarreloj una estrategia desesperada para sobrevivir a la paliza inminente.
María se cambió despacio, estirando la tela de las mallas y ajustándose la camiseta de deporte con movimientos deliberadamente lentos para ganar cada segundo posible.
El vestuario, iluminado por un único fluorescente parpadeante que emitía un zumbido eléctrico, olía a humedad y a desinfectante.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que temía que se escuchara fuera.
Mientras se amarraba los cordones de las zapatillas, el silencio del almacén se rompió de golpe.
Desde el fondo del pabellón, la voz grave y rasgada del instructor resonó contra las paredes de ladrillo visto, amortiguada pero imperiosa:
—¿Vas a venir ya? —ladró el hombre, denotando una impaciencia peligrosa en su tono.
El grito hizo que a María se le tensaran todos los músculos del cuerpo.
Dio un hondo suspiro, se miró las manos temblorosas y se obligó a salir del vestuario.
Caminó con paso firme hacia la zona central del almacén, donde el cuadrilátero la esperaba bajo la cruda luz de los focos industriales.
El hombre moreno ya estaba sobre la lona, golpeando rítmicamente sus propios guantes de cuero y clavando sus ojos oscurecidos en ella, listo para comprobar si la supuesta agente de élite era buena luchando.
El hombre detuvo el rítmico golpeo de sus manos al verla aparecer bajo los focos industriales y, apoyando los fuertes brazos sobre la cuerda superior del cuadrilátero, la miró con severidad.
—Ahí tienes los guantes —le dijo el instructor, indicando con un sutil movimiento de la barbilla una mesa de madera desvencijada que estaba a la entrada, justo antes de subir al ring.
Sobre la superficie astillada descansaba un par de pesados guantes de cuero cordobán desgastado por el sudor y el uso.
María se detuvo frente a la mesa, asimilando las palabras del luchador.
Sus dedos rozaron el cuero frío del material; calzarse aquellos guantes significaba cruzar el punto de no retorno y aceptar las brutales reglas de ese adiestramiento de los noventa.
Con el pulso desbocado, introdujo las manos despacio, ajustándose las tiras de velcro con los dientes mientras miraba de reojo la lona.
El hombre la observaba desde arriba con la paciencia de un depredador que aguarda a que su presa termine de prepararse para el asalto.
María terminó de ajustarse el segundo guante con un seco tirón de velcro y, conteniendo el aliento, subió los tres peldaños de madera que conducían a la lona.
Pasó entre las cuerdas tensas del cuadrilátero, sintiendo el tacto elástico del material bajo sus plantas descalzas, y avanzó hacia el centro del ring hasta que se puso frente a él.
La diferencia de envergadura y potencia física se hizo notar de inmediato en las distancias cortas.
El instructor se plantó ante ella a menos de un metro de distancia, exhalando un aire que olía a linimento y sudor, con los brazos flexionados en una guardia baja, pero peligrosamente relajada.
María levantó los puños de cuero desgastado para cubrirse el rostro, imitando la postura básica que había ensayado en sus escasos dos años de clases en el gimnasio del siglo veintiuno.
Sin embargo, por dentro se sentía temblar por completo; sus ojos fijos en los hombros macizos del hombre moreno intentaban adivinar por dónde diablos vendría el primer impacto.
Sabía que un solo golpe de aquellos fuertes brazos la mandaría directa a las lonas.
En ese momento, el hombre hizo un gesto para golpearla lanzando un violento y seco directo de izquierda que buscaba fracturarle la mandíbula.
El puño rasgó el aire con el silbido ensordecedor de un proyectil.
Sin embargo, de forma sorpresiva e instintiva, María lo esquivó.
No lo pensó; su mente no intervino. Fue su cuerpo el que reaccionó solo: flexionó las rodillas con una velocidad milimétrica, inclinó el torso hacia la derecha dejando pasar el guante del instructor a escasos milímetros de su mejilla y aprovechó la inercia para desatar un contraataque brutal.
La timidez de los dos años de gimnasio del siglo veintiuno se evaporó, sustituida por una ferocidad y una técnica perfecta que parecía grabada a fuego en sus músculos.
María rotó la cadera con potencia y descargó un gancho de izquierda directo al hígado del instructor, seguido de un fulminante crochet de derecha que impactó con la fuerza de un mazo en el pómulo del hombre, haciéndolo tambalearse hacia atrás.
Sin darle un solo segundo de tregua, María comenzó a encadenar movimientos fluidos, golpeando con las piernas y los brazos, y saltaba por encima de él como si fuera de goma.
El almacén se convirtió en el escenario de una coreografía letal.
María se impulsó en las cuerdas del ring con un salto acrobático, suspendiéndose un instante en el aire antes de lanzar una devastadora patada giratoria de talón que impactó limpiamente en la sien del luchador.
Al caer de pie sobre la lona, giró sobre su propio eje y barrió la pierna de apoyo del instructor con una zancadilla baja y cortante.
El hombre, jadeando y con el rostro ensangrentado, intentó levantarse rugiendo de rabia, pero María ejecutó una última y perfecta combinación: dos directos de izquierda fulminantes que le descolocaron la guardia y una patada frontal ascendente directa al mentón.
El impacto resonó en todo el recinto. La fuerza del golpe levantó ligeramente al coloso del suelo.
Las piernas del instructor se doblaron por completo, sus ojos avellana se quedaron en blanco hasta el punto de que lo dejó K.O.
Su enorme y musculoso cuerpo se desplomó de bruces contra la lona, levantando una nube de polvo y quedando completamente inmóvil en mitad del cuadrilátero.
María dio un paso atrás, con la respiración desbocada, los puños de cuero aún en alto y los ojos fijos en el hombre derrotado; sus propios músculos habían respondido a una memoria biológica que no le pertenecía, confirmando que la interfaz cuántica de la piel era mucho más poderosa de lo que jamás alcanzó a imaginar.
María permaneció inmóvil unos segundos, contemplando la mole de músculos que yacía inerte a sus pies. El silencio en el almacén era tan espeso que podía escuchar el goteo de la llovizna exterior contra las chapas del techo.