La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XI #3
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CAPÍTULO XI #3

En cuanto el gran vehículo rojo reanudó la marcha y Alejandra se había alejado por completo entre el tráfico, María salió del soportal de la librería.

Se acercó a la planta baja con paso rápido pero sigiloso y, al subir el pequeño peldaño del porche, descubrió un descuido provocado por las prisas: la puerta no se había quedado totalmente cerrada.

El pestillo apenas rozaba el marco, dejando una rendija milimétrica por la que se filtraba la luz del recibidor.

Sintiendo que se adentraba en terreno prohibido, María decidió entrar.

Empujó la madera con la punta de los dedos en un silencio absoluto, colándose en la intimidad de la casa de su madre en 1991.

Sabía que violaba cualquier código de seguridad, pero la urgencia de buscar más información sobre su madre pesaba mucho más en su balanza.

Cerró con suavidad a sus espaldas, conteniendo el aliento mientras sus ojos se habituaban a la penumbra del pasillo, dispuesta a registrar el apartamento antes de que el reloj avanzara hacia las cinco de la tarde.

Al entrar en la casa, María se encontró en un recibidor estrecho y acogedor que olía a papel viejo y a té de jazmín.

La planta baja reflejaba fielmente la personalidad de Alejandra: las paredes estaban pintadas de un tono verde oliva suave y el suelo de madera crujía levemente bajo sus zapatos.

A lo largo del pasillo principal, se abría un salón pequeño inundado por la luz grisácea de Oxford, amueblado con una mesa de comedor circular, un par de sillones de tapicería clásica y una alfombra desgastada de motivos orientales.

En las esquinas se acumulaban archivadores de cartón y carpetas universitarias que delataban la intensa actividad de la científica.

Avanzó con sigilo hacia el salón y encontró un sobre encima de una estantería de madera oscura que albergaba decenas de manuales de física cuántica y álgebra. El sobre, de un papel marrón grueso y sin remitente escrito, desentonaba con el orden académico de los libros.

María se dirigió hacia él con el corazón golpeándole con fuerza en las costillas. Estiró el brazo, lo tomó entre sus dedos entumecidos por el frío y, conteniendo la respiración en mitad del absoluto silencio del piso, lo abrió y sacó lentamente lo que había en su interior.

Era un dossier con conclusiones científicas que resolvían la incógnita que había leído en el ordenador del laboratorio.

Con las manos trémulas, María pasó los folios mecanografiados, devorando los datos que relacionaban el entrelazamiento cuántico con la sangre y los receptores de la piel.

La interfaz orgánica existía; su madre la había descifrado en la intimidad de esa planta baja.

Lo leyó de forma rápida, memorizando los términos clave y las complejas fórmulas estructurales antes de que el pánico a ser descubierta la obligara a detenerse.

Con sumo cuidado para no alterar el polvo de la madera, lo dejó nuevamente en su sitio, colocándolo exactamente en la misma posición sobre la estantería.

Mientras salía sigilosamente de la casa, cerrando la puerta entornada a sus espaldas, una idea fija se instaló en su mente: pensó que tenía que volver al apartamento con una cámara de fotos para poder leer detenidamente lo que contenía.

En una era analógica, sin memorias USB ni teléfonos con cámara integrados, necesitaba un rollo de película de los noventa para inmortalizar cada página de ese dossier secreto sin levantar sospechas.

Salió suavemente de la casa y, una vez en la calle, volvió a coger el camino de vuelta hacia el centro de la ciudad.

El corazón todavía le latía aprisa por la osadía de haber allanado la intimidad de su madre, pero la adrenalina comenzaba a dejar paso a una fría determinación.

Miró el reloj analógico de una cabina telefónica: faltaba poco menos de una hora para la cita.

Con las manos ocupadas por la pesada mochila de deporte, sacó el sándwich de su mochila y se dirigió a la dirección que le había indicado Leonardo.

Fue comiendo a grandes mordiscos mientras caminaba a paso rápido por las aceras adoquinadas, comiéndose el pan de molde con queso cheddar casi sin saborearlo, con la mirada fija en el papel arrugado que llevaba en el puño.

El trayecto la condujo a través de tres manzanas desde Wellington Square, alejándose de los majestuosos colegios mayores góticos para adentrarse en una zona de callejones más industriales y apartados.

La llovizna de Oxford volvía a arreciar, humedeciendo el papel de la nota, pero María no se detuvo.

Al girar en la última esquina, localizó el edificio que coincidía con las coordenadas de Leonardo: un antiguo almacén de ladrillo visto con un portalón de metal desgastado desde cuyo interior se filtraba el eco amortiguado de unos golpes sordos.

Ajustó las mallas y la camiseta de deporte dentro de su mochila y empujó el acceso, lista para descubrir quién era el enigmático compañero que la esperaba al otro lado del umbral.