La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XI #2
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CAPÍTULO XI #2

Técnicas de Medición y Control: finalmente, el informe detallaba el uso de mediciones débiles (weak measurements) para extraer información parcial del sistema sin forzar el colapso total de la función de onda de las partículas.

Estas mediciones se gestionaban mediante control cuántico óptimo y aprendizaje automático, utilizando sofisticados pulsos electromagnéticos calculados de optimización e inteligencia artificial embrionaria para guiar las transiciones de los estados cuánticos con una fidelidad matemática absoluta.

María contuvo el aliento al llegar a las conclusiones finales redactadas por Baker y Alejandra.

Al enlazar todas estas tecnologías —las trampas de iones, el entrelazamiento fotónico, los qubits superconductores y las mediciones débiles dirigidas por algoritmos—, el informe arrojaba un resultado teórico revolucionario: era físicamente posible curvar el espacio-tiempo a nivel subatómico, creando un sistema cuántico capaz de desplazar información y materia a través de las partículas para viajar en el tiempo.

Sin embargo, el documento concluía con una gran incógnita por resolver.

Los ordenadores del laboratorio eran capaces de abrir el conducto temporal a nivel matemático, pero carecían del catalizador biológico necesario para estabilizar el salto en un organismo vivo.

Baker había dejado una anotación manuscrita al pie de la página: «El sistema requiere una interfaz orgánica directa.

Sospechamos que la clave de la estabilidad temporal reside en un componente de la sangre humana —un marcador genético o fluido específico— que reaccione al entrelazamiento cuántico, y cuyo acceso y activación solo pueda realizarse a través de receptores térmicos o electromagnéticos situados en la epidermis, directamente sobre la piel».

A María se le heló la sangre. Separó los dedos del teclado con un escalofrío: esa incógnita sin resolver en 1991 era la explicación exacta de las marcas cuánticas que ella, Alfonso y Magón llevaban grabadas en las muñecas. El laboratorio de su madre estaba a las puertas del gran descubrimiento.

María permaneció absorta frente al monitor, analizando cada línea de las fórmulas cuánticas y las anotaciones sobre la sangre y la piel.

Se sumergió tanto en la lectura que los pasajes se encadenaron durante varias horas hasta que por fin llegó la hora de comer.

El zumbido de las computadoras y el tintineo lejano de las herramientas en la sala de aislamiento habían sido su único hilo musical en todo ese tiempo.

De repente, la figura de su madre apareció junto al escritorio, rompiendo su burbuja de concentración. Alejandra se estaba quitando la bata blanca para colgarla en el perchero y guardaba unos cuadernos en su cartera de cuero.

—Ya es hora de salir a almorzar, María —le dijo Alejandra con una sonrisa amable, mostrando un cansancio lógico en la mirada tras toda la mañana de investigación—. Yo me voy, así que te puedes irte tú también. Mañana seguiremos.

—De acuerdo, doctora Alejandra. Apago la terminal y salgo de inmediato —respondió María, forzando una naturalidad profesional mientras guardaba el contrato duplicado en su bolso y se colgaba la mochila con la ropa de deporte al hombro.

María se puso en pie y echó un vistazo rápido a su alrededor. En ese momento, el doctor Baker ya no estaba trabajando en el laboratorio; su mesa de despacho estaba despejada y la silla vacía, lo que significaba que el director del proyecto también se había retirado para el descanso del mediodía.

Al salir, en lugar de dirigirse directamente al comedor universitario, María tomó una decisión arriesgada.

Se deslizó por el pasillo y se escondió esperando ver cuándo salía su madre para seguirla.

Se resguardó en la penumbra que proyectaba un pesado arco de piedra, a unos veinte metros de la entrada del ala alta, manteniendo la mochila de deporte pegada al pecho para no hacer ruido.

Quería saber dónde vivía por si hubiera algún contratiempo que no podría saber de ella.

Alejandra vivía a cinco manzanas y decidió ir andando.

Salió al exterior bajo el cielo encapotado de Oxford, abriendo su paraguas para protegerse de la fina niebla húmeda.

María la seguía a escondidas, manteniendo una distancia prudencial de seguridad, ocultándose detrás de las cabinas telefónicas rojas y aprovechando los grupos de estudiantes que abarrotaban las aceras.

Cuando pasó las dos primeras manzanas, María se dio cuenta de que había otra persona que también la seguía a ella, o, mejor dicho, que seguía los pasos de Alejandra desde el otro lado de la calzada.

Era una silueta esquiva, un hombre de complexión fuerte camuflado bajo un abrigo oscuro que se movía con una soltura felina y sospechosa, clavando la mirada fijamente en la científica madrileña.

María sintió que un sudor frío le recorría la espalda: la red de espionaje de la que Leonardo le había advertido no era una amenaza futura; el enemigo ya estaba en las calles de Oxford siguiendo a su madre.

A pesar del nerviosismo, María no desvió los ojos de su objetivo principal.

Vio cómo su madre abría la puerta mirando a ambos lados de la calle con un gesto rápido y tenso, denotando que ella también sentía la sutil paranoia que flotaba en el ambiente de Oxford.

Era una planta baja georgiana de ladrillo rojo, con una pequeña verja de hierro y unos escalones desgastados que descendían levemente respecto al nivel de la acera.

Y tal que abrió la puerta, entró y la cerró pasando el cerrojo con un golpe seco que se extinguió en el aire húmedo.

Justo en ese momento, el que la seguía desapareció de su ángulo de visión.

El hombre del abrigo oscuro aceleró el paso de forma natural, cruzó la calzada y se esfumó doblando la esquina de una callejuela contigua, como si la entrada de la científica en el domicilio hubiera dado por concluida su misión de vigilancia matutina.

Cualquiera se habría marchado tras constatar el objetivo, pero María siguió esperando algo más de media hora resguardada en el soportal de una antigua librería.

Permaneció inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo y los ojos fijos en las ventanas de la planta baja, atenta a cualquier movimiento extraño en las cortinas o a la posible reaparición del misterioso individuo.

Tenía tiempo suficiente, ya que todavía le quedaban tres horas hasta las cinco que había quedado para entrenar.

Ese margen temporal era muy valioso y pensaba exprimirlo al máximo; el hambre de su estómago pasó a un segundo plano ante la necesidad absoluta de memorizar cada detalle de la fachada, la seguridad del portal y la disposición de la calle, blindando el refugio de Alejandra ante cualquier contratiempo que pudiera estallar en las próximas horas.

Justo cuando se iba a ir, convencida de que no ocurriría nada más en la plaza, vio cómo su madre volvía a salir apresuradamente de la planta baja.

Alejandra caminaba casi a trompicones, ajustándose la gabardina con nerviosismo y consultando el reloj de pulsera mientras enfilaba la acera a paso de carrera en dirección a la avenida principal.

Con el corazón latiéndole en la garganta, María esperó en su escondite y observó cómo su madre subía a un autobús de línea que acababa de detenerse en la esquina.