La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

María se despertó a las seis de la mañana con un vuelco en el corazón.

Se incorporó bruscamente en la cama, con la respiración entrecortada y la frente empapada en un sudor frío.

Había tenido un sueño raro donde Alfonso estaba en peligro, atrapado en un lugar hostil y rodeado de hombres armados que clamaban por su vida.

Al frotarse los ojos para sacudirse la neblina de la pesadilla, recordó la indumentaria que apareció en su sueño y le recordaba a lo que vio en el museo de París cuando hace un año lo visitó con una amiga del trabajo.

Aquellos gorros de lana roja, las casacas oscuras con bandas tricolores y el desaliño de la turba no eran una invención de su mente.

Eran las vestimentas de la Revolución Francesa.

La certeza la golpeó con la fuerza de una descarga eléctrica en mitad de la penumbra del dormitorio: Alfonso no se había quedado en Castilla; la corriente cuántica lo había arrojado al París de finales del siglo XVIII, y su vida pendía de un hilo.

Intentando contener el pánico, María se obligó a ponerse en marcha, sabiendo que cada minuto contaba.

Se dirigió al baño, se duchó para templar los músculos agarrotados por la angustia y regresó al dormitorio para prepararse.

Se vistió con pantalones vaqueros, una camisa cómoda y cogió una de las batas blancas que tenía en el armario, asumiendo la armadura de su falsa identidad científica.

Se puso unos zapatos planos aptos para las largas horas de pasillo que le esperaban en el pabellón de investigación.

Antes de cerrar el ropero, también vio unas mallas y una camiseta de deporte junto con una mochila.

La cogió para que, cuando terminara de trabajar en el laboratorio, se pasara a entrenar en la dirección que Leonardo le había dejado escrita.

Tenía que saber quién era esa persona que la citaba a las cinco de la tarde y qué papel jugaba en toda aquella red.

Con la mochila al hombro, se fue a la nevera y cogió un par de sándwiches de queso, una botella de agua, zumo y algo de fruta.

Tenía previsto comer en la universidad para poder indagar más sobre ello, dispuesta a aprovechar cada descanso en el propio edificio científico para vigilar a los cuatro técnicos y al doctor Baker.

Pasó la llave al portalón de Wellington Square y se encaminó a paso ligero hacia la facultad; su primer día oficial de trabajo en el laboratorio estaba a punto de comenzar.

María apretó las correas de su mochila contra los hombros y echó a andar a paso rápido por la acera húmeda de Wellington Square.

Con el misterio de la pesadilla sobre París flotando en su mente, ahora cogió el autobús de dos pisos en la parada habitual de camino al laboratorio donde había quedado con Alejandra, su madre.

El trayecto transcurrió en un silencio tenso.

A través de la ventanilla del vehículo, María contemplaba el ir y venir de los Rover y Austin noventeros entre la bruma matinal de Oxford, pero sus ojos apenas registraban el paisaje.

Su atención estaba fija en el reflejo del cristal y en la enorme responsabilidad que cargaba.

Iba a entrar en el santuario científico de su propia madre simulando ser una estudiante en prácticas, con el objetivo de cazar a un espía de la Guerra Fría y desentrañar los secretos matemáticos que dominaban el tiempo.

Cuando el autobús frenó frente al imponente pabellón de ladrillo y piedra gótica y bajó a la calzada con una gran determinación.

María cruzó el vestíbulo del edificio universitario y se fue en dirección al laboratorio donde se encontraba su madre.

El eco de sus propios zapatos planos contra las losas del pasillo la acompañó hasta la gran puerta de doble hoja del ala alta de investigación cuántica.

Al entrar, empujando la madera con suavidad, no vio a Alejandra de inmediato; en su lugar, se encontró primero al doctor Baker, que revisaba unas largas tiras de papel continuo, cubiertas de datos de las computadoras de torre del laboratorio.

El físico levantó la vista y, al reconocerla con su bata blanca y la mochila al hombro, esbozó una sonrisa profesional.

—Ah, la señorita de Wellington. Llegas con una puntualidad británica impecable —dijo el doctor Baker, dejando los papeles sobre la mesa de instrumental—. Bienvenida a tu primer día oficial en el equipo.

—Buenos días, doctor Baker —respondió María, modulando su voz para camuflar el vuelco que le daba el corazón ante la mención de su supuesta dirección—. Estoy lista para empezar. ¿Dónde está la doctora Alejandra?

—Está terminando de calibrar el osciloscopio en la sala de aislamiento —explicó el doctor, señalando con la barbilla hacia el gran ventanal reforzado del fondo—.

Antes de que te unas a ella, quiero dejarte clara una cosa: el proyecto que lideramos aquí es de una sensibilidad extrema.

Manejamos conceptos matemáticos que la mayoría de los departamentos de esta universidad considerarían pura ciencia ficción.

Los datos que vas a procesar en esas terminales informáticas no pueden salir de estas cuatro paredes bajo ningún concepto. ¿Ha quedado claro?

—Absolutamente claro, doctor —contestó María, sosteniendo la mirada con firmeza. Sus palabras guardaban un doble sentido que Baker jamás podría sospechar: ella sabía mejor que nadie el peligro real de que esa tecnología cayera en las manos equivocadas—.

—Excelente —concluyó el doctor Baker, dándole una palmada de aprobación en el hombro—. Ve con Alejandra. Los cuatro técnicos están a punto de iniciar la jornada y nos vendrá bien tu asistencia con el registro de las variables.

María asintió ante las palabras de Baker y se adentró en la sala de aislamiento.

Al cruzar el umbral, María se dirigió a donde estaba Alejandra, dándole un vuelco el corazón al verla de nuevo tan cerca, ajustando los cables de los osciloscopios con concentración.

Se tragó el nudo de emoción que amenazaba con cerrarle la garganta, dio un paso al frente y diciéndole que estaba allí y que podía empezar a hacer, forzó una sonrisa colaborativa.

—Doctora Alejandra, ya estoy aquí. Dígame qué es lo primero que puedo hacer para ayudaros —dijo María, manteniendo la fachada profesional.

Alejandra se giró, apartándose el mechón de pelo de la oreja con el mismo gesto característico que María recordaba de sus fotos, y le dedicó una mirada afectuosa.

—Perfecto, llegas en el momento justo —Alejandra le dijo.

La jefa de investigación señaló con el bolígrafo hacia una mesa auxiliar dispuesta en la esquina de la estancia—.

Primero tienes que sentarte en ese escritorio.

Tienes en el ordenador un informe detallado sobre los trabajos de investigación que estamos haciendo en este momento en el departamento.

Léelo con atención para entender las bases físicas de nuestro proyecto; y a partir de ahí, te facilitaré el trabajo que tienes que hacer con la introducción de los datos de las partículas.

—Entendido. Me pongo a ello de inmediato —respondió María.

Cruzó la sala y se acomodó en la silla frente a la aparatosa terminal informática de pantalla de fósforo verde.

Al encender el monitor con un chasquido sordo, el texto del informe comenzó a desplegarse ante sus ojos.

María fingió concentrarse en la lectura científica, pero su mirada escudriñaba de reojo el reflejo del cristal: a pocos metros, los cuatro técnicos del laboratorio comenzaban a ocupar sus puestos alrededor de la mesa central, murmurando entre ellos.

Tenía cinco horas por delante para analizar ese informe y, sobre todo, para memorizar cada rostro y cada movimiento antes de que el reloj marcara la tarde y tuviera que acudir a su cita organizada por Leonardo.

María fijó la vista en la pantalla del ordenador. Sus ojos recorrieron las líneas del informe confidencial del departamento, el cual detallaba de forma exhaustiva las fases del proyecto que compartían el doctor Baker y su madre, Alejandra:

Trampas y Enfriamiento de Átomos: el documento explicaba cómo el laboratorio utilizaba el enfriamiento por láser (laser cooling), empleando haces de láser afinados con precisión milimétrica para frenar por completo el movimiento térmico de los átomos, reduciendo su temperatura a una fracción de grado por encima del cero absoluto.

Para estabilizarlos, se servían de trampas de iones y átomos (ion traps / optical tweezers), recurriendo a campos eléctricos avanzados y campos ópticos para inmovilizar partículas individuales en el espacio, permitiendo estudiarlas sin interferencias externas de la realidad circundante.

Óptica Cuántica y Fotónica: a continuación, el informe describía la manipulación de la luz mediante cristales no lineales e interferometría, generando pares de fotones entrelazados a través de procesos de conversión paramétrica espontánea en cristales de calcita.

Utilizando interferómetros y polarizadores de precisión, el equipo lograba aislar y guiar el entrelazamiento de fotones individuales.

Circuitos Superconductores y Mesoscópicos: para dotar al sistema de potencia de cálculo, el laboratorio operaba con qubits superconductores integrados en circuitos microelectrónicos de tipo transmon que trabajaban a temperaturas criogénicas extremas, forzando el comportamiento cuántico a escala macroscópica.

Todo esto se complementaba con la microscopía de efecto túnel (STM), indispensable para medir corrientes eléctricas a través de una barrera de potencial a nivel atómico, lo que les permitía visualizar y manipular átomos individuales directamente sobre las superficies de control.