CAPÍTULO X #3
—Majestad, recordad las instrucciones —le instó Malesherbes en un susurro apresurado—. No busquéis apelar a vuestro honor de soldado ni desafiéis la autoridad de la asamblea. Negadlo todo.
—La estrategia legal es clara, Sire —añadió Desèze en un susurro cortante—. Nuestra única respuesta debe ser remitirnos a la Constitución de mil setecientos noventa y uno. Esa ley declaraba vuestra persona sagrada e inviolable. Dejad que la ley sea vuestro escudo.
Alfonso levantó los ojos con pesadez, venciendo la dolorosa claridad de la sala, y clavó la vista en la mesa presidencial.
Sostuvo el pulso visual con Magón, percatándose de la marca cuántica que asomaba bajo la manga enguantada del cartaginés.
Alfonso apretó los dientes con una impotencia que le desgarraba el pecho: sin María a su lado, la posibilidad de activar las marcas y escapar de allí era una quimera inalcanzable.
El mazo de bronce de Magón restalló contra el estrado con un golpe seco que hizo enmudecer las maderas de la sala. Se acomodó la banda tricolor sobre la casaca revolucionaria y clavó sus ojos avellana en Alfonso con una sonrisa de maldad pura.
—¡Silencio en la Convención Nacional! —bramó Magón, gesticulando con solemnidad hacia las gradas—.
Queda abierta la primera sesión del juicio contra el ciudadano Luis Capeto.
Serán únicamente tres jornadas intensas de comparecencia antes de proceder a la votación definitiva.
Ciudadano Barère, proceda a interrogar al acusado.
Bertrand Barère dio un paso al frente, desplegando el monumental pergamino con los treinta y tres cargos criminales. Miró fijamente a Alfonso y leyó el primer punto con voz atronadora:
—Luis, el pueblo francés os acusa. El veinte de junio de mil setecientos ochenta y nueve intentasteis disolver la Asamblea de los representantes de la nación rodeándolos de tropas golpistas. ¿Qué tenéis que responder?
Los tres abogados se arrimaron al banco de madera. Malesherbes le retuvo firmemente por el hombro mientras Desèze le susurraba con prisa:
—Acordaos, Sire... Negadlo todo y remitiros a la ley.
Alfonso tragó saliva, forzando la dolorosa claridad de las ventanas en sus ojos, y respondió con una calma que descolocó al tribunal:
—No existía ninguna ley en ese momento que me impidiera actuar como lo hice.
Un estallido de furia interrumpió la sesión desde lo alto de las gradas. Un sans-culotte, agitando un sable en el aire, se abalanzó contra la barandilla con el rostro desencajado por el odio:
—¡Traidor! ¡Negando la evidencia! ¡A María Antonieta también hay que juzgarla y cortarle la cabeza! ¡Que la guillotina haga justicia!
La grada entera se contagió del fanatismo, estallando en un rugido unánime de picas y puños alzados:
—¡Cortadle la cabeza! ¡Muerte al rey y viva la República!
Al escuchar el nombre de María, a Alfonso le dio un vuelco violento el corazón. ¿Hablaban de su María? Preso de una angustia sorda, se inclinó hacia delante y agarró por la manga de la casaca a Raymond Desèze:
—¿Dónde está María? —le susurró con un hilo de voz desencajado—. ¡Decidme dónde la tienen!
—Tranquilizaos, Sire, os lo ruego —le contestó el letrado a toda prisa, apartando con suavidad las manos de Alfonso—. Vuestra esposa está a salvo de la turba por ahora en la torre pequeña del Temple, incomunicada. Mantened la entereza, por el bien de la reina.
Magón esperó a que el clamor popular amedrentara a la defensa antes de hacer sonar su campana de bronce con fría condescendencia. Disfrutando de la tortura psicológica de su enemigo, gesticuló hacia Barère:
—Silencio. Ciudadanos, dejemos que la justicia del pueblo acorrale al tirano. Ciudadano secretario, continúe con el interrogatorio.
Barère asintió y clavó de nuevo su mirada en Alfonso para lanzarle la siguiente acusación:
—Siguiente cargo: habéis ocultado las pruebas de vuestra colusión con los tiranos extranjeros en un armario de hierro secreto en vuestro palacio. Las cartas demuestran que instigasteis a las legiones de Austria a invadir Francia. ¿Qué tenéis que responder?
Alfonso, percatándose de la marca cuántica que asomaba bajo la manga enguantada de Magón en la presidencia, apretó los dientes. Sin María a su lado para unir las muñecas estaba atrapado en esa jaula histórica. Miró al secretario y luego a Magón, respondiendo según la estrategia de Tronchet:
—No reconozco esos documentos. Jamás fue mi intención vender la sangre de los franceses. Mi persona, según la Constitución de mil setecientos noventa y uno, es sagrada e inviolable. Ningún tribunal aquí tiene competencia para interrogarme.
Desde lo alto del estrado, Magón ensanchó su risa. Golpeó con fuerza el mazo de bronce, dictaminando con tiranía el final del primer careo en mitad del griterío de las tribunas:
—El acusado se escuda en leyes muertas ante la evidencia indiscutible de su traición.
Queda clausurada esta primera sesión de interrogatorio.
¡Guardias, lleven al ciudadano Capeto de vuelta a su celda de la Torre del Temple!
Aún le quedan dos jornadas de juicio para responder ante esta Convención, si es que le quedan argumentos para salvar el cuello. ¡Retírenlo!